Pocas ciudades del mundo pueden contar una redención semejante en su partida de nacimiento: durante sus primeras décadas de vida, este pueblo de las barrancas del Paraná se llamó, lisa y llanamente, 'La Matanza'. El nombre venía de un episodio sangriento de la época colonial: según la tradición, en un cerro cercano fueron masacrados indígenas minuanes en un enfrentamiento con fuerzas españolas, y el lugar quedó marcado por esa memoria — todavía hoy el Cerro La Matanza conserva el nombre. Recién en 1829, el gobernador entrerriano Juan León Sola decidió que el pago merecía un destino mejor y lo rebautizó con la palabra opuesta: Victoria.
El cambio de nombre resultó profético. La ciudad que nació de una matanza se convirtió en uno de los rincones más serenos y encantadores del Litoral: un pueblo de casonas patrimoniales desparramado sobre siete colinas —por algo le dicen 'la Roma argentina'—, mirando el delta más grande del país, con un monasterio benedictino que perfuma el aire con licores artesanales y un puente monumental que la conectó con Rosario. Esta es la historia de esa metamorfosis de dos siglos.
La fecha fundacional de Victoria es curiosamente doble: el 13 de mayo de 1810, apenas días antes de la Revolución de Mayo, se celebró la primera misa en el oratorio del pago de La Matanza, levantado por los vecinos a instancias de don Salvador Joaquín de Ezpeleta, un hacendado de origen vasco al que se considera el fundador de la ciudad. Ezpeleta era ferviente devoto de Nuestra Señora de Aránzazu —la Virgen que, según la tradición, se apareció sobre un espino en las montañas de Guipúzcoa— y puso al oratorio bajo su advocación. Esa impronta vasca quedó sellada para siempre: Aránzazu sigue siendo la patrona de Victoria y su basílica, frente a la plaza principal, el corazón del casco histórico.
El caserío creció rápido al ritmo del río y del campo. El 26 de agosto de 1826, una ley del Congreso provincial —sancionada a propuesta de un joven diputado llamado Justo José de Urquiza— elevó el pueblo al rango de villa. Un cuarto de siglo después, el mismo Urquiza, ya gobernador y a meses de derrocar a Rosas en Caseros, le otorgó el título de ciudad por decreto del 8 de noviembre de 1851. Victoria quedó así ligada a la figura del gran caudillo entrerriano y al momento más protagónico de Entre Ríos en la historia argentina, cuando la provincia fue el motor de la organización nacional.
La Victoria del siglo XIX vivió de espaldas a los caminos y de cara al río. Su puerto sobre el riacho Victoria movía la producción de la zona —cueros, carnes, cereales, frutos del país— hacia el Paraná y de ahí a Buenos Aires, y por esa vía llegaba también todo lo demás: noticias, mercaderías y pasajeros. La geografía hizo el resto: rodeada por el delta al frente y las lomadas a la espalda, la ciudad creció compacta sobre sus colinas, con un trazado que sube y baja y regala miradores naturales sobre los humedales.
Como casi todo el Litoral, Victoria se transformó con la inmigración de fines del siglo XIX y comienzos del XX. A la base criolla y vasca se sumaron italianos y españoles que dejaron su marca en los oficios, el comercio y, sobre todo, en la arquitectura: las casonas de rejas artísticas y herrería trabajada del casco histórico —uno de los conjuntos patrimoniales mejor conservados de Entre Ríos— son hijas de esa época de prosperidad agropecuaria. La vida ribereña completó la identidad local: los pescadores del riacho, las quintas frutales de las orillas y una cocina de pescado de río —surubí, dorado, boga— que sigue siendo uno de los placeres de la visita.
A fines del siglo XIX, el clima anticlerical de la Tercera República francesa empujó a muchas congregaciones religiosas a buscar refugio en América. Así llegaron a Victoria, en 1899, monjes benedictinos provenientes de la abadía de Santa María de Belloc, en el País Vasco francés, para fundar el monasterio del Niño Dios: el primer monasterio benedictino de la Argentina. La elección del lugar no fue casual — la fuerte comunidad vasca de Victoria, la tranquilidad del paisaje y la generosidad de los donantes locales ofrecían el entorno ideal para una vida de oración y trabajo.
Desde entonces, la abadía marca el pulso espiritual de la ciudad. Los monjes viven según la regla de San Benito —'ora et labora', reza y trabaja— y esa segunda mitad del lema se volvió deliciosamente famosa: los licores, dulces, quesos y productos artesanales que elaboran para sostener el monasterio son un clásico que los visitantes se llevan por cajas. Los oficios con canto gregoriano en la iglesia abacial, abiertos al público, son una de las experiencias más serenas que ofrece el Litoral argentino. Más que un atractivo turístico, la Abadía del Niño Dios es el alma mansa de Victoria: un pedazo de la Europa monástica medieval trasplantado a las barrancas del Paraná hace más de 125 años.
Durante casi dos siglos, Victoria tuvo enfrente a una de las ciudades más grandes de la Argentina... y no podía llegar a ella. Rosario está a solo 60 kilómetros en línea recta, pero en el medio se interpone el delta del Paraná: un laberinto de islas, riachos y humedales que convertía el viaje entre ambas orillas en una odisea de balsas o en un rodeo de cientos de kilómetros por Paraná o Zárate. El sueño de unirlas se discutió durante décadas, hasta que la obra monumental se concretó: el 22 de mayo de 2003 se inauguró la conexión vial Rosario–Victoria, casi 60 kilómetros de puentes y terraplenes sobre el delta, coronados por un elegante puente atirantado sobre el canal principal del Paraná.
Para Victoria fue un antes y un después. De la noche a la mañana, más de un millón de rosarinos quedaron a una hora de viaje, y la tranquila ciudad de las siete colinas se convirtió en su escapada favorita de fin de semana. El turismo floreció en todas sus formas: el hotel-casino frente al acceso, el parque termal Victoria del Agua, los paseos náuticos y la pesca en el delta, las posadas isleñas, la gastronomía de pescado de río. El desafío de las últimas décadas es equilibrar ese boom con el cuidado de los humedales —las quemas y la bajante histórica del Paraná pusieron el tema en agenda— y con la preservación del encanto pausado que hace única a Victoria: una ciudad que tardó dos siglos en ser descubierta y que, por suerte, todavía no se dejó cambiar del todo.