En septiembre de 1996, un avión privado aterrizó en Mendoza con el hombre más famoso de Hollywood a bordo. Brad Pitt venía a pasar cuatro meses en un pueblo de montaña de 3.000 habitantes que la mayoría de los argentinos apenas ubicaba en el mapa: Uspallata. El director Jean-Jacques Annaud había recorrido medio mundo buscando un lugar que pudiera hacer de Tíbet para filmar 'Siete años en el Tíbet' —China le había prohibido la entrada por el contenido político de la película— y lo encontró en este valle mendocino a 1.900 metros de altura, cuyos cerros áridos y cielos violentamente azules son casi indistinguibles del Himalaya. La producción trajo 413 técnicos extranjeros, 58 monjes tibetanos y hasta 12 yaks; levantó una réplica de Lhasa en pleno valle y dejó unos 20 millones de dólares en la región. Varias escenas se rodaron al pie del cerro Tunduqueral, un sitio sagrado indígena con petroglifos de mil años.
La anécdota parece un capricho de la globalización, pero en realidad es la última escena de un guion que se repite hace siglos: Uspallata siempre fue un lugar de paso entre mundos. Por este valle cruzaron los caminos del imperio inca, las mulas cargadas de plata de la colonia, el ejército libertador de San Martín, el primer tren que unió el Atlántico con el Pacífico y, finalmente, las cámaras de Hollywood. Pocos pueblos tan chicos acumulan tanta historia por metro cuadrado.
La historia profunda del valle empieza mucho antes que cualquier imperio: hace unos 230 millones de años, cuando Uspallata era un bosque de araucarias gigantes. Ese bosque quedó sepultado por cenizas volcánicas y se convirtió en piedra. En marzo de 1835, un joven naturalista inglés que cruzaba los Andes a lomo de mula se topó con decenas de troncos fósiles erguidos en la ladera y quedó fascinado: era Charles Darwin, en plena travesía del Beagle, y el hallazgo del hoy llamado Bosque de Darwin —medio centenar de araucarias petrificadas que aún se conservan— le sirvió como evidencia de que la cordillera se había levantado desde el fondo del mar.
Los primeros habitantes humanos del valle llegaron hace miles de años. Los pueblos originarios de la región —cazadores, recolectores y luego agricultores vinculados a la cultura de Agrelo y a los huarpes— dejaron su testimonio más impactante en el cerro Tunduqueral: petroglifos de alrededor de mil años de antigüedad con figuras humanas, animales y máscaras talladas en la roca, en un sitio que la arqueología interpreta como ceremonial.
Hacia el siglo XV, el imperio inca extendió su frontera sur hasta estas latitudes y convirtió a Uspallata en un nudo de su red vial, el Qhapaq Ñan. En el valle se conservan tambos incaicos —postas de piedra como Ranchillos y Tambillos— que integraban el camino hacia los pasos cordilleranos, parte del sistema que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 2014. El propio nombre 'Uspallata' es de raíz indígena, y el famoso Puente del Inca, la formación natural de aguas termales sobre el río Las Cuevas, recuerda en su nombre esa presencia: la tradición dice que los incas lo usaban como paso y que sus aguas curativas ya eran conocidas por ellos.
Con la conquista española, el valle sumó a su rol de corredor una actividad que marcaría su paisaje: la minería. En los Paramillos de Uspallata, unos 2.800 metros de altura sobre la precordillera, se explotaron desde el siglo XVII vetas de plata, plomo y zinc que están entre las minas más antiguas del actual territorio argentino. Los jesuitas trabajaron esas minas hasta su expulsión en 1767, y el mineral bajaba al valle para ser fundido.
El testimonio más visible de esa época son las Bóvedas de Uspallata: singulares construcciones de adobe coronadas por cúpulas cónicas, asociadas a los antiguos hornos de fundición de metales. Su silueta, única en la arquitectura colonial argentina, se volvió el emblema del pueblo. La tradición las vincula además con la gesta de la Independencia: se cuenta que en la época del Ejército de los Andes sirvieron de apoyo a la fundición de pertrechos que dirigía el fraile Luis Beltrán, el genial artesano de la artillería sanmartiniana. Restauradas y convertidas en museo de sitio, hoy son parada obligada para entender el pasado productivo del valle.
La minería nunca desapareció del todo del horizonte de Uspallata: todavía en el siglo XXI la posible explotación de cobre en la zona genera debates encendidos entre el desarrollo económico y la protección del agua y el paisaje, señal de que la relación del valle con sus metales sigue viva.
En enero de 1817, el valle de Uspallata vivió los días más trascendentes de su historia. El general José de San Martín lanzaba el cruce de los Andes, una de las mayores proezas logísticas de la historia militar: unos 5.000 hombres, miles de mulas y caballos atravesando la cordillera por seis rutas simultáneas para liberar Chile. Mientras el grueso del ejército marchaba por el paso de Los Patos, al norte, la columna del coronel Juan Gregorio de Las Heras —alrededor de 800 hombres— tomó el camino de Uspallata, el más directo, con una carga preciosa: la artillería del ejército, los cañones fundidos por el fraile Luis Beltrán que no podían pasar por las rutas más escarpadas.
El avance no fue tranquilo. A fines de enero de 1817, partidas realistas que bajaron desde Chile chocaron con las avanzadas patriotas en los combates de Picheuta y Potrerillos, en pleno corredor de Uspallata: fueron de las primeras acciones de fuego de toda la campaña libertadora. Las Heras se impuso, aseguró el paso y el 8 de febrero se reunió con el resto del ejército del otro lado de la cordillera. Cuatro días después, la victoria de Chacabuco abría las puertas de Santiago.
El paisaje que vieron aquellos soldados es prácticamente el mismo que ve hoy el viajero de la RN 7: los mismos cerros ocres, el mismo viento, la misma inmensidad. Por eso la región integra los circuitos de la Ruta Sanmartiniana, y sitios como la guardia de Picheuta —donde sobrevive un puente histórico de piedra— mantienen viva la memoria de la gesta.
La segunda revolución que atravesó Uspallata llegó sobre rieles. En 1887, impulsada por los hermanos chilenos Juan y Mateo Clark, comenzó desde Mendoza la construcción del Ferrocarril Trasandino, un proyecto faraónico para unir Buenos Aires con Valparaíso —el Atlántico con el Pacífico— cruzando los Andes a casi 3.200 metros de altura. El 22 de febrero de 1891 se habilitó el primer tramo, de Mendoza a Uspallata, y el pueblo se convirtió en estación clave del camino. Tras dos décadas de obras titánicas, cremalleras para trepar las pendientes y un túnel internacional perforado bajo la cumbre, la línea completa se inauguró el 5 de abril de 1910, en pleno festejo de los centenarios de Argentina y Chile.
Durante décadas, el Trasandino fue una de las grandes aventuras ferroviarias del mundo: viajeros, cargas y correo cruzaban la cordillera en un día, con paradas en Uspallata, Polvaredas, Punta de Vacas y Puente del Inca, donde un elegante hotel termal —construido a principios del siglo XX y destruido por un alud en 1965— recibía a la aristocracia de ambos países. Pero los aludes, los costos y la competencia del camión fueron desgastando el servicio: los trenes de pasajeros dejaron de correr en 1979, y el 3 de julio de 1984 una avalancha destruyó parte de la vía del lado chileno. Nunca se reparó.
Hoy las estaciones de piedra y las vías oxidadas que se ven junto a la RN 7 son una de las postales melancólicas del valle, y cada tanto revive el sueño de un corredor bioceánico que vuelva a unir los dos océanos por Uspallata.
El Uspallata de hoy vive de su ubicación, como siempre. La RN 7, uno de los corredores internacionales más transitados de Sudamérica, lo convirtió en la última localidad de servicios antes de la alta montaña: acá cargan nafta los camiones que van a Chile, paran los buses Mendoza–Santiago y se abastecen los andinistas que sueñan con el Aconcagua, el techo de América con sus 6.961 metros, cuyo parque provincial queda 80 km al oeste. El turismo transformó al pueblo en base de excursiones: trekking, cabalgatas, rafting en el río Mendoza, travesías 4x4 y el clásico circuito de alta montaña que enhebra Puente del Inca, la laguna de Horcones y el Cristo Redentor.
El rodaje de 'Siete años en el Tíbet' dejó una marca duradera en la identidad local: todavía hoy los guías muestran los escenarios del filme y el pueblo explota con orgullo su parecido con el Himalaya. Otras producciones siguieron aprovechando estos paisajes, consolidando a Uspallata como locación natural de cine.
Para el viajero, el valle ofrece algo cada vez más raro: capas de historia auténtica —petroglifos, tambos incas, bóvedas coloniales, campos de batalla de la Independencia, estaciones de tren fantasma y sets de Hollywood— en un radio de pocos kilómetros, envueltas en uno de los paisajes de montaña más imponentes de la Argentina. Uspallata ya no es solo un lugar de paso: es un destino donde la cordillera cuenta su propia biografía.