Mucho antes de que existiera la ciudad, la Isla Grande de Tierra del Fuego estuvo habitada durante miles de años por pueblos originarios perfectamente adaptados a uno de los climas más extremos del planeta. En las costas e islas del Canal Beagle vivían los yámanas o yaganes, un pueblo canoero que se desplazaba en embarcaciones de corteza, mantenía siempre encendido el fuego —incluso dentro de las canoas— y se alimentaba de moluscos, peces, lobos marinos y aves. Su asombrosa resistencia al frío, casi desnudos en el agua helada, dejó atónitos a los exploradores europeos.
En el interior de la isla, en cambio, vivían los selk'nam u onas, cazadores nómadas terrestres que perseguían guanacos con arco y flecha y cuyo cuerpo pintado para ceremonias como el Hain se volvió una de las imágenes más reconocibles de la Patagonia. Al sudeste, vecinos de los selk'nam, vivían los haush (mánekenk), y hacia el oeste, en los canales chilenos, los kawésqar o alacalufes, también canoeros. Eran pueblos pacíficos, con mitologías y rituales milenarios, presentados injustamente como 'salvajes' por la mirada colonial.
De la lengua yámana proviene el propio nombre de la ciudad. 'Ushuaia' suele traducirse como 'bahía que penetra hacia el poniente' o 'puerto interior hacia el poniente', en alusión a la forma de la bahía que se mete hacia el oeste sobre el Canal Beagle. Es un detalle hermoso y poco recordado: la ciudad más austral de la Argentina lleva el nombre que le dio el pueblo que la habitó muchísimo antes que cualquier europeo.
El primer europeo en cruzar estas aguas fue Fernando de Magallanes, que en 1520 navegó el estrecho que hoy lleva su nombre y bautizó la región como 'Tierra de los Fuegos' por las numerosas fogatas que los originarios encendían en las costas. Pero el nombre del canal sobre el que se asienta Ushuaia vino después: el HMS Beagle, un buque de la Marina Real británica, exploró estos canales en la década de 1830 bajo el mando de Robert FitzRoy, llevando a bordo a un joven naturalista llamado Charles Darwin, cuyas observaciones fueguinas dejaron huella en su obra.
A mediados del siglo XIX llegó el otro gran protagonista: la South American Missionary Society, una sociedad misionera anglicana decidida a evangelizar a los pueblos fueguinos. Tras intentos previos trágicos, en 1869 el obispo Waite Hockin Stirling se instaló en la bahía de Ushuaia, conviviendo con los yámanas. Y en 1871 el reverendo Thomas Bridges fundó formalmente la Misión Anglicana de Ushuaia, convirtiéndose, junto a su familia, en la primera familia europea afincada de manera permanente en Tierra del Fuego.
Bridges es una figura clave: aprendió la lengua yámana y compiló un extraordinario diccionario yagán-inglés con miles de palabras, salvando para siempre buena parte de una cultura que estaba por desaparecer. Su hijo Lucas Bridges escribió más tarde 'El último confín de la Tierra', un testimonio fundamental sobre los pueblos originarios. La familia Bridges fundó luego la Estancia Harberton (1886), la más antigua de Tierra del Fuego, hoy visitable. La Misión fue, en los hechos, el primer núcleo poblado estable de lo que sería Ushuaia.
La presencia de la Misión Anglicana, con bandera británica, en un territorio que la Argentina y Chile recién terminaban de repartirse por el Tratado de Límites de 1881, encendió las alarmas en Buenos Aires. La Argentina necesitaba hacer efectiva su soberanía sobre Tierra del Fuego, un territorio remoto y disputado, todavía marcado por las tensiones derivadas de la cuestión de las Malvinas.
En septiembre de 1884, la Armada Argentina encomendó al comodoro Augusto Lasserre el mando de la División Expedicionaria del Atlántico Sur, una flota de varios buques con destino a Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Lasserre desembarcó en la bahía de Ushuaia y encontró allí al reverendo Thomas Bridges con la Misión Anglicana y unos 350 yámanas. Tras conversar con Bridges, el 12 de octubre de 1884 se arrió la bandera británica de la misión y se izó por primera vez la bandera argentina en la zona, en un acto realizado en términos amistosos y reconocido por los habitantes de la misión.
Ese mismo día se fundó la Subprefectura, dependiente de la Marina, y Ushuaia quedó establecida como cabecera del nuevo Territorio Nacional de Tierra del Fuego. Por eso el 12 de octubre de 1884 se toma como fecha de fundación de la ciudad. Lasserre mandó construir edificios públicos e instaló balizas para la navegación. Aquel acto de soberanía, hecho en buenos términos pero con todo el peso simbólico del izamiento de la bandera, marcó el comienzo de la Ushuaia argentina.
A comienzos del siglo XX, el Estado argentino decidió usar la lejanía de Ushuaia para lo que parecía su destino natural: el castigo. Siguiendo modelos como el de la Isla del Diablo francesa o Australia, se construyó en Ushuaia un presidio para reincidentes y reos peligrosos, una cárcel pensada para los criminales más temidos del país y para presos políticos. El edificio, de pabellones radiales que confluían en un punto central, se terminó hacia 1920 y se volvió sinónimo de la 'cárcel del fin del mundo'.
La genialidad sombría del lugar era que la propia geografía oficiaba de muralla: no hacían falta muros altísimos, porque fugarse significaba enfrentar el bosque, el frío extremo y la inmensidad de la isla, donde un evadido moría congelado o de hambre. Por las celdas pasaron presos célebres, anarquistas, asesinos famosos y reclusos comunes que, con su trabajo forzado, levantaron buena parte de la Ushuaia de entonces: edificios, calles y servicios.
De ese trabajo nació el tren. Para abastecer de leña a las salamandras del penal y a la ciudad, los presos construyeron y operaron un ferrocarril de trocha angosta que entraba al bosque a buscar madera: el célebre 'tren de los presos', que funcionó entre 1902 y 1947. Cuando el presidio cerró en 1947, por orden del presidente Perón y por razones humanitarias, el tren quedó en desuso. En 1994 renació con fines turísticos como el Tren del Fin del Mundo, que hoy recorre los últimos kilómetros de aquel trazado histórico. El viejo penal, por su parte, se convirtió en el Museo del Presidio y Marítimo, uno de los sitios más visitados de la ciudad.
Si la historia humana de Ushuaia es intensa, su naturaleza no le va en zaga. Al oeste de la ciudad, sobre la frontera con Chile, se extiende un mosaico de bosques de lenga y ñire, turbales, lagos, ríos y costa marina que en 1960 quedó protegido con la creación del Parque Nacional Tierra del Fuego, el más austral de la Argentina y el único que combina cordillera, bosque subantártico y mar.
El parque fue creado por la ley nº 15.554, sancionada el 30 de septiembre de 1960. Hoy protege decenas de miles de hectáreas que llegan hasta la costa del Canal Beagle y alcanzan el extremo sur del Lago Fagnano. Allí termina, además, la Ruta Nacional 3 en Bahía Lapataia, marcada por el famoso cartel que recuerda que se está a 3.063 km de Buenos Aires y en el 'fin' de la carretera: una de las fotos más buscadas del país.
Entre sus paisajes están el Lago Acigami (antes llamado Roca), la Bahía Ensenada con vistas a las islas chilenas, los senderos costeros y de montaña, y una fauna de zorros, cauquenes y aves. Una nota curiosa y problemática: los castores, introducidos desde Canadá en 1946 para producir pieles, se reprodujeron sin control y hoy son una especie invasora que altera el bosque fueguino, con sus represas visibles en muchos rincones del parque. El Parque Nacional es, junto con el Beagle, el gran escenario natural que define la experiencia de visitar Ushuaia.
La Ushuaia contemporánea es una ciudad pujante y cosmopolita que poco tiene que ver con el remoto poblado penal de principios del siglo XX. La promoción industrial sancionada en 1972 atrajo fábricas y población, y la ciudad creció con fuerza; en 1991 Tierra del Fuego dejó de ser Territorio Nacional para convertirse en la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, con Ushuaia como capital. Pero el gran motor de su identidad actual es el turismo.
Hoy Ushuaia vive de su condición de 'fin del mundo'. Llegan viajeros de todo el planeta para navegar el Beagle, ver pingüinos, recorrer el Parque Nacional, subir al Tren del Fin del Mundo, esquiar en Cerro Castor y conocer la dura historia del presidio. La marca 'fin del mundo' está en todas partes, desde los souvenirs hasta el sello del pasaporte, y se ha vuelto un poderoso atractivo en sí mismo.
Pero quizás su rol más singular sea otro: Ushuaia es la principal puerta de entrada a la Antártida. Desde su puerto zarpan, cada temporada de verano austral, los cruceros de expedición que cruzan el Pasaje de Drake hacia la Península Antártica, lo que convierte a la ciudad en una base logística clave para la ciencia y el turismo polar. Así, la antigua bahía yámana 'que penetra hacia el poniente', la misión anglicana, la cárcel del fin del mundo y el tren de los presos conviven hoy con barcos rumbo al continente blanco: capas de una historia que sigue mirando, como siempre, hacia el extremo sur del planeta.