Cinco años. Eso fue todo lo que duró la misión que le dio nombre a uno de los rincones más verdes de la costa bonaerense. El 13 de noviembre de 1746, dos jesuitas —uno cartógrafo, el otro médico inglés converso— clavaron una cruz junto a una laguna que los pueblos originarios llamaban Vuulcan, decididos a fundar allí una reducción en pleno territorio de frontera. Cinco años después, la misión ya no existía. Pero el nombre sobrevivió a la misión: hoy, casi 280 años más tarde, la sierra y la laguna siguen llamándose 'de los Padres' en memoria de aquel intento fallido de evangelización.
La Reducción de Nuestra Señora del Pilar fue una de las tres misiones que la Compañía de Jesús intentó levantar en la pampa bonaerense a mediados del siglo XVIII —junto a la de Concepción de los Pampas, sobre el río Salado (1740), y la de Nuestra Señora de los Desamparados (1750)—, en un esfuerzo por congregar y cristianizar a los pueblos nómades del sur de la frontera colonial. El Pilar buscaba asentar a los puelches y a los grupos serranos de la región en torno a la laguna, a semanas de viaje de Buenos Aires, sin caminos, sin guarniciones y sin más respaldo que el propio empeño de los misioneros.
Como casi todas las misiones de frontera abierta, la experiencia fue dura y breve: la reducción nunca alcanzó el desarrollo de las grandes misiones guaraníes del nordeste y terminó abandonándose. De aquella presencia de los 'padres' jesuitas quedó, sin embargo, el nombre que perdura hasta hoy y un puñado de sitios y referencias históricas junto a la laguna, que integran el pasado colonial al paisaje serrano actual de Sierra de los Padres.
La Reducción de Nuestra Señora del Pilar fue obra de dos jesuitas notables. El padre José Cardiel, misionero y cartógrafo cuyos mapas fueron clave para el conocimiento de la Patagonia y la pampa, y el padre Tomás Falkner, médico inglés convertido al catolicismo y autor de una célebre 'Descripción de la Patagonia' (1774), llegaron a las márgenes de la laguna que los nativos llamaban Vuulcan. Allí, el 13 de noviembre de 1746, plantaron la cruz y dieron inicio a la misión, destinada a congregar y evangelizar a los puelches y a los grupos serranos de la región.
La empresa fue ardua desde el primer día. El territorio era frontera abierta, alejado de Buenos Aires, y la población indígena era seminómade y poco propensa a la vida sedentaria que exigían las reducciones. A las dificultades de abastecimiento y al aislamiento se sumó la creciente hostilidad de los caciques de la región —entre ellos el poderoso Cangapol, llamado 'el Bravo', señor de las tolderías del río Negro y del sur bonaerense—, que veían en las misiones una avanzada de la colonización española sobre sus territorios y sus rutas de comercio de ganado. Hacia 1751, apenas cinco años después de su fundación, la Reducción del Pilar fue abandonada.
Pese a su brevedad, la misión dejó una huella perdurable. La laguna y la sierra pasaron a llamarse 'de los Padres' en recuerdo de aquellos jesuitas, y los relatos de Cardiel y Falkner constituyen testimonios tempranos y valiosísimos sobre la geografía, la fauna y los pueblos del sudeste bonaerense en el siglo XVIII: durante décadas, buena parte de lo que Europa supo de estas tierras salió de las plumas de aquellos dos misioneros.
Un siglo después de los jesuitas, estas tierras vieron crecer al autor del libro más famoso de la literatura argentina. En 1846, tras la muerte de su madre, un chico de once años llamado José Hernández llegó a los campos del sudeste bonaerense junto a su hermano Rafael: su padre trabajaba como mayordomo de estancias en la zona —Laguna de los Padres, Camarones, el Tuyú— y se llevó a sus hijos a vivir a la frontera. Según contó el propio Rafael, su primer biógrafo, en esos años José 'se hizo gaucho': aprendió a dominar el caballo y conoció todas las faenas de una estancia pampeana.
Aquella infancia a caballo entre peones, fogones y pulperías fue la materia prima de la que saldría, décadas más tarde, el 'Martín Fierro' (1872), el poema gauchesco fundamental de la literatura argentina. La experiencia directa de la vida rural bonaerense —el idioma de los paisanos, los trabajos del campo, la relación con la frontera indígena— que Hernández absorbió de chico en estos pagos es inseparable de la voz de su gaucho perseguido.
La estancia Laguna de los Padres siguió su propia historia: el casco que hoy se visita fue construido en 1882, cuando la propiedad pertenecía a Eusebio Zubiaurre, y con el tiempo pasó al dominio público junto con las tierras que rodean la laguna. En memoria de los años del poeta en estos campos, el museo que funciona en el casco lleva su nombre, y la figura de Hernández quedó soldada para siempre al paisaje de sierras, arboledas y espejo de agua de Laguna de los Padres.
La Sierra de los Padres que hoy conocemos —el barrio parque de calles arboladas, quintas y jardines— nació un día muy preciso: el 6 de enero de 1950. Ese día se creó oficialmente el 'Barrio Residencial o Ciudad Jardín Sierra de los Padres', un emprendimiento de los hermanos Alfredo y Francisco Cobos y de Roberto Natalio Bonzo, que habían comprado las tierras serranas para desarrollar una urbanización inspirada en el modelo de las ciudades jardín: lotes amplios, forestación intensa, trazado adaptado al relieve de la sierra y un reglamento que protegía el carácter verde del conjunto.
Los primeros años fueron de pionerismo puro. La empresa desarrolladora, Alfranco S.A., construyó una torre tanque en la parte más alta de la urbanización y una usina que proveía la energía para bombear el agua y alumbrar las incipientes propiedades y los pocos comercios que abastecían a los primeros vecinos. Tanto el agua como la electricidad se brindaban gratuitamente... y a las doce de la noche se cortaba el suministro. Recién a fines de 1958 el gobierno provincial tendió una línea de alta tensión desde Mar del Plata hacia Balcarce que pasaba por la zona, y el 4 de octubre de ese año un grupo de vecinos fundó la Cooperativa de Electricidad que aún hoy presta servicios en la localidad.
Con las décadas, el barrio parque se consolidó como localidad serrana y de quintas del partido de General Pueyrredón, con perfil residencial, viveros y producción de plantas y flores, y una oferta gastronómica de campo —parrillas, casas de té, restaurantes— que la convirtió en la escapada verde clásica de los marplatenses y sus visitantes.
Durante mucho tiempo el sitio de la antigua reducción quedó marcado solo por la memoria y por algunos vestigios. La recuperación de ese patrimonio llegó recién en el siglo XX. El 11 de marzo de 1960, la Asociación Museo Tradicionalista Argentino José Hernández fundó en el viejo casco de la estancia (el edificio de 1882) el museo dedicado a la vida rural, las tradiciones gauchescas y la historia local, hoy Museo Municipal José Hernández: aperos, mobiliario criollo, herramientas de campo y piezas que recrean la cultura del sudeste bonaerense.
Pocos años después, a partir de 1968, se encararon obras de reconstrucción cerca del emplazamiento original de la misión jesuítica, que dieron lugar a la capilla y las construcciones que hoy puede visitar el público. Por eso, lo que se ve en la Reducción de Nuestra Señora del Pilar son reconstrucciones modernas que evocan el espíritu de la misión de 1746, no las edificaciones originales del siglo XVIII. Cada 13 de noviembre, aniversario de la fundación, el sitio es escenario de celebraciones religiosas y peregrinaciones que mantienen viva esa memoria.
Todo este patrimonio se concentra en la Reserva Forestal Laguna de los Padres, un parque municipal de unas 687 hectáreas en torno al espejo de agua, que combina naturaleza, historia colonial, tradición gauchesca y recreación: pícnic bajo las arboledas, pesca de pejerrey, cabalgatas, avistaje de aves. Así, la Laguna y la Sierra de los Padres conjugan hoy, a apenas veinte minutos de Mar del Plata, casi tres siglos de historia en un mismo paisaje verde.