Durante buena parte del siglo XX, en las chacras de Sarmiento se escuchó hablar afrikáans: era la lengua de los boers sudafricanos que, derrotados por el Imperio Británico, cruzaron el Atlántico para empezar de nuevo en la estepa del Chubut. Esa es apenas una de las historias improbables de este oasis patagónico. A fines del siglo XIX, el Estado argentino impulsaba la ocupación efectiva de la Patagonia tras las campañas militares de las décadas de 1870 y 1880, y en ese contexto el fértil valle del río Senguer, en el centro-sur del actual Chubut, fue elegido para establecer una colonia agrícola que aprovechara el agua del río para hacer producir la estepa.
La Colonia Sarmiento fue fundada oficialmente en 1897 y recibió su nombre en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, el educador y presidente argentino. A diferencia de otras colonias patagónicas, Sarmiento se distinguió por la enorme diversidad de orígenes de sus pobladores. Entre los primeros colonos hubo familias galesas provenientes del valle inferior del Chubut, criollos, chilenos y, de manera muy característica, un contingente de boers, agricultores de origen neerlandés que emigraron del sur de África tras la Guerra Anglo-Bóer.
Más tarde se sumaron también inmigrantes lituanos y de otras procedencias, configurando una comunidad multicultural poco común. El trabajo de canalización y riego del río Senguer transformó la tierra árida en chacras productivas, dando origen al oasis verde rodeado de estepa que caracteriza a Sarmiento hasta hoy.
El caso de los colonos boers es, quizás, el más singular de toda la colonización patagónica. Tras la derrota frente a los británicos en la Guerra Anglo-Bóer (1899-1902), varios centenares de familias boers, principalmente de Sudáfrica, buscaron nuevas tierras donde continuar su vida agrícola sin la presencia del Imperio Británico. El gobierno argentino les ofreció tierras en el valle del Senguer, y así llegaron a instalarse en la zona, trayendo consigo su idioma (el afrikáans, que se habló en la colonia durante generaciones), su religión calvinista y sus técnicas de cultivo. Con el tiempo, gran parte de esa comunidad boer emigró nuevamente, muchos de regreso a Sudáfrica tras el fin del apartheid, pero su huella cultural y arquitectónica permanece en el pueblo.
El gran patrimonio natural de Sarmiento se remonta a un tiempo muchísimo más antiguo que la colonia. Hace decenas de millones de años, durante el período Terciario, la región tenía un clima cálido y húmedo, muy distinto del actual, y estaba cubierta por extensos bosques. La intensa actividad volcánica de la cordillera de los Andes en formación enterró esos bosques bajo cenizas y sedimentos.
En ese ambiente, los troncos caídos sufrieron un proceso de permineralización: el agua cargada de minerales se infiltró en la madera y, célula por célula, fue reemplazando la materia orgánica por sílice y otros compuestos, conservando con asombroso detalle la estructura de los árboles. El resultado son troncos petrificados, literalmente convertidos en piedra, que conservan los anillos de crecimiento y la textura de la corteza.
Con el paso de las eras, el levantamiento del terreno y la erosión del viento y el agua fueron exponiendo estos fósiles en superficie, dejándolos a la vista en un paisaje espectacular de barrancas multicolores y cañadones. Para proteger este patrimonio se crearon las áreas naturales del Bosque Petrificado José Ormachea y el Bosque Petrificado Víctor Szlápelis, que hoy permiten al visitante caminar entre vestigios de selvas desaparecidas hace millones de años.
A lo largo del siglo XX, Sarmiento consolidó su perfil agrícola gracias al riego del Senguer. La producción de cerezas, frutas finas, hortalizas y forrajes hizo del valle un polo productivo dentro de la árida Patagonia central. La cercanía a Comodoro Rivadavia, capital del petróleo argentino, vinculó además a la zona con la economía hidrocarburífera regional.
El entorno natural completa la identidad del lugar. Los lagos Musters y Colhué Huapi, alimentados por el Senguer, son cuerpos de agua de gran importancia: el Musters abastece de agua potable a buena parte de la región y ofrece pesca y deportes náuticos, mientras que el Colhué Huapi, más somero, experimenta marcadas variaciones según los aportes de agua, llegando en años de sequía a reducirse drásticamente y dejar al descubierto amplias playas de barro que luego vuelven a cubrirse cuando el caudal del río se recupera.
En las últimas décadas, el turismo se sumó como actividad relevante, atraído sobre todo por los bosques petrificados, los lagos y la singular historia multicultural del pueblo. Sarmiento mantiene su carácter de pueblo agrícola tranquilo, con su museo regional, sus chacras cereceras —la cosecha va de noviembre a fines de enero— y sus fiestas populares, entre ellas el tradicional Festival de Doma y Folclore que cada febrero convoca a cientos de visitantes, a la vez que se posiciona como una parada de interés geológico y paisajístico en los recorridos por la Patagonia central, entre la costa atlántica y la cordillera. La combinación de agua, historia de inmigración y fósiles milenarios convierte a Sarmiento en un destino que resume, en pocos kilómetros cuadrados, buena parte de las capas geológicas y humanas que conforman la Patagonia.
Mucho antes de la colonia, el valle del Senguer y los lagos Musters y Colhué Huapi fueron territorio de los pueblos tehuelches (aónikenk), cazadores-recolectores que recorrían la estepa patagónica y aprovechaban estos cuerpos de agua como sitios de campamento y caza de guanacos y ñandúes. Los propios nombres de los lagos remiten a esa época de exploración: el lago Musters recuerda al oficial británico George Chaworth Musters, que en 1869-1870 cruzó la Patagonia de sur a norte acompañando a grupos tehuelches y dejó uno de los primeros relatos detallados de la región.
El gran patrimonio paleontológico del área —los troncos petrificados— fue conocido por los pobladores locales desde temprano, pero su estudio y puesta en valor se consolidaron en el siglo XX. El nombre de uno de los bosques, José Ormachea, honra a quien se asocia a su descubrimiento y difusión, mientras que el Víctor Szlápelis recuerda a otro vecino vinculado a la zona. Con el tiempo, geólogos y paleontólogos identificaron en estos yacimientos restos de una flora del período Cretácico-Paleógeno (de alrededor de 65 millones de años), lo que convirtió a Sarmiento en un punto de referencia para entender los antiguos bosques subtropicales que cubrieron la Patagonia antes del levantamiento de los Andes.
Para proteger este tesoro se establecieron las áreas naturales del Bosque Petrificado José Ormachea y el Bosque Petrificado Víctor Szlápelis, hoy integradas como Monumento Natural Provincial. El Museo Regional Desiderio Torres, en el pueblo, completa este relato reuniendo fósiles, materiales arqueológicos tehuelches y testimonios de la colonización, de modo que la historia natural y la historia humana de Sarmiento se cuentan juntas.