En 1817, las tropas portuguesas del brigadier Francisco das Chagas Santos cruzaron el río Uruguay desde São Borja y dejaron Santo Tomé 'reducida a cenizas y escombros', según las crónicas. Hoy un puente internacional une en paz a esas dos mismas orillas, y esa ironía resume cuánto se jugó en esta frontera. Porque la historia de la región de Santo Tomé es inseparable del gran experimento de las misiones jesuíticas guaraníes: entre comienzos del siglo XVII y mediados del XVIII, la Compañía de Jesús organizó en la cuenca del Plata —en territorios que hoy se reparten entre Argentina, Paraguay y Brasil— una red de pueblos conocidos como los 'Treinta Pueblos de las Misiones'. En ellos, los misioneros jesuitas reunieron y evangelizaron a miles de indígenas guaraníes, organizando comunidades con su propia economía, sus talleres, su música y una particular estructura social.
Estas reducciones fueron pueblos planificados, con su iglesia, su plaza central, viviendas, escuelas y talleres de oficios. Los guaraníes aprendieron artes, música europea, escultura y construcción, y desarrollaron una agricultura y una ganadería notables, especialmente en torno a la yerba mate y el ganado. El conjunto de las misiones llamó la atención de la Europa de la época por su organización y por el grado de autonomía que alcanzaron las comunidades.
Dos de estas reducciones están ligadas directamente a la actual Santo Tomé: la propia reducción de Santo Tomé, que dio nombre a la ciudad, y la cercana San Carlos. Como muchos pueblos misioneros, fueron fundados, trasladados y reubicados a lo largo de los conflictos de la región —entre ellos las invasiones de los bandeirantes paulistas que cazaban indígenas para esclavizarlos—, lo que explica que sus emplazamientos cambiaran con el tiempo.
La reducción de San Carlos, cercana a la actual Santo Tomé, fue uno de los pueblos jesuítico-guaraníes que alcanzó cierta prosperidad, con su iglesia, sus talleres y su población guaraní dedicada a la agricultura, la ganadería y los oficios. Su ubicación, en la zona de frontera entre los dominios de las coronas española y portuguesa, la hizo testigo de los conflictos que sacudieron a las misiones durante el siglo XVIII.
El golpe decisivo llegó en 1767, cuando el rey Carlos III de España ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus dominios, incluida América. Sin los jesuitas que las habían organizado, las misiones quedaron a cargo de otras administraciones y comenzaron una lenta decadencia. Muchos guaraníes se dispersaron, los pueblos perdieron población y las construcciones empezaron a deteriorarse y a ser abandonadas o reutilizadas.
A esta decadencia se sumaron, ya en el siglo XIX, las guerras y conflictos por el control de la región, que terminaron de despoblar y arruinar buena parte de las antiguas reducciones. Hoy, de aquellos pueblos quedan ruinas evocadoras —como las de San Carlos, con sus muros de piedra y ladrillo entre el monte— que recuerdan aquel capítulo singular de la historia americana. Las misiones mejor conservadas de la región fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
La propia Santo Tomé nació como reducción jesuítica: fue fundada el 13 de julio de 1632 por los padres Luis Ernotte y Manuel Berthold junto al río Yaguary, en la región del Tape, y trasladada el 9 de julio de 1639 a su emplazamiento definitivo sobre el río Uruguay, huyendo de una epidemia de viruela y de las incursiones de los bandeirantes. Llegó a albergar a unos 1.500 guaraníes dedicados a la agricultura y la ganadería. Tras la expulsión de los jesuitas vino la decadencia, y el golpe final llegó en 1817, cuando las fuerzas portuguesas del brigadier Francisco das Chagas Santos, llegadas desde la vecina São Borja, saquearon e incendiaron el pueblo. Recién el 27 de agosto de 1863, por decreto del gobernador correntino Manuel Lagraña, la ciudad fue refundada oficialmente sobre los cimientos de la antigua reducción, y desde entonces creció ligada a las actividades del campo correntino: la ganadería, el cultivo de la yerba mate y, más tarde, la forestación.
Su condición de localidad fronteriza marcó su carácter. El río Uruguay, lejos de ser una barrera, funcionó siempre como vía de comunicación e intercambio con el lado brasileño. La cercanía con São Borja —una ciudad históricamente importante, cuna de presidentes brasileños— vinculó a ambas comunidades por lazos comerciales, familiares y culturales, en una zona donde se mezclan el español, el portugués y el guaraní.
El vínculo se reforzó en la década de 1990 con la construcción del Puente Internacional de la Integración, que conectó físicamente Santo Tomé con São Borja y se integró a los corredores de transporte del Mercosur. Hoy Santo Tomé combina su rol de paso fronterizo y centro agrícola con un creciente interés por su patrimonio jesuítico y su entorno fluvial, en una región del Litoral profundo donde conviven historia, río y frontera.
En las últimas décadas, la mirada sobre el pasado misionero de Santo Tomé cambió: lo que durante mucho tiempo fueron ruinas casi olvidadas en el monte pasó a ser valorado como un patrimonio histórico y cultural de primer orden. La provincia de Corrientes impulsó la puesta en valor de las ruinas de San Carlos, con un Centro de Atención al Visitante y un museo de sitio que conservan y exhiben los restos arquitectónicos y los objetos de la vida guaraní, integrando el sitio al llamado Corredor Jesuítico-Guaraní que recorre los pueblos misioneros de Argentina, Paraguay y Brasil.
Este circuito regional conecta a Santo Tomé y San Carlos con destinos mayores como San Ignacio Miní (en Misiones, Patrimonio de la Humanidad) y las misiones brasileñas de São Miguel das Missões, entre otras. Para el viajero, recorrer estas reducciones —algunas monumentales, otras íntimas y solitarias como San Carlos— permite reconstruir la historia de aquel singular experimento social y religioso y comprender la profunda huella guaraní de toda la región.
Hoy, Santo Tomé busca equilibrar su rol tradicional de ciudad agrícola y de paso fronterizo con un turismo emergente centrado en la historia jesuítica, la naturaleza del río Uruguay y la pesca deportiva. Su perfil tranquilo, su identidad de frontera trilingüe (español, portugués y guaraní) y la cercanía de las ruinas la convierten en una parada con encanto para quienes recorren el Litoral profundo y la ruta de las misiones, lejos de los grandes circuitos masivos.
La pesca del dorado, en particular, fue ganando peso propio como atractivo. El tramo del río Uruguay que bordea Santo Tomé forma parte de uno de los corredores más reconocidos de la cuenca para la pesca con devolución, con guías locales que conocen los pesqueros según la época del año y la altura del río. Esa actividad, sumada al turismo de frontera con São Borja —una ciudad que por sí sola atrae a los argentinos por sus precios y su identidad gaúcha— completa un perfil de destino múltiple: historia jesuítica, río y cruce internacional, todo a poca distancia entre sí, algo poco común en un mismo punto del mapa correntino.