Hace mil años, los alfareros de este valle modelaban urnas funerarias tan extraordinarias que hoy llevan su nombre en los museos de medio mundo: se llaman 'santamarianas', y son uno de los íconos de la arqueología sudamericana. Mucho antes de que el vino de altura y la Ruta 40 pusieran a Santa María en el mapa turístico, el valle que los pueblos originarios llamaban Yokavil ya era uno de los grandes centros de desarrollo del noroeste argentino: durante siglos, sus tierras fértiles, regadas por los ríos que bajan de las montañas, sostuvieron a sociedades agrícolas con una vida compleja y un arte refinado. El valle dio nombre, de hecho, a una de las culturas arqueológicas más importantes de la región: la cultura santamariana.
La cultura santamariana floreció aproximadamente entre los siglos X y XV de nuestra era, en el período conocido como Tardío o de Desarrollos Regionales. Es célebre, sobre todo, por sus urnas funerarias de cerámica: grandes vasijas profusamente decoradas con motivos geométricos, figuras humanas estilizadas, serpientes, sapos y otros símbolos que reflejan una rica vida espiritual. Estas urnas, que solían usarse para enterrar a niños, son hoy uno de los íconos de la arqueología del NOA y se exhiben en el museo del pueblo y en colecciones de todo el país.
Los pueblos del valle, integrantes del gran complejo cultural diaguita, vivían en poblados, cultivaban en terrazas, construían pucarás (fortalezas) en lo alto de los cerros y mantenían una compleja organización social. La densidad de sitios arqueológicos en todo el valle de Santa María da cuenta de cuán poblada y desarrollada estaba la región antes de la llegada de los conquistadores.
Los habitantes del valle de Santa María formaban parte del pueblo diaguita, el gran conjunto de comunidades de lengua kakán que ocupaba los valles y quebradas del noroeste argentino. Los diaguitas eran agricultores y pastores, organizados en señoríos o parcialidades, con una notable producción cerámica y textil, una arquitectura de piedra y barro, y una rica vida ceremonial vinculada a la tierra, el agua y los astros.
Hacia el final de la era prehispánica, aproximadamente en el siglo XV, el Imperio inca expandió su dominio hacia el sur e incorporó la región a su vasto Estado, el Tawantinsuyu. La presencia incaica se manifestó en la red de caminos (el Qhapaq Ñan), en instalaciones administrativas y en la reorganización de algunos aspectos de la vida local, aunque las comunidades diaguitas conservaron buena parte de su identidad. El dominio inca fue relativamente breve, ya que poco después llegarían los españoles.
La herencia diaguita es la raíz profunda de la identidad de Santa María y de todos los Valles Calchaquíes. A diferencia de otras regiones donde la población originaria fue casi totalmente desplazada, en el valle de Santa María y sus alrededores las comunidades indígenas mantuvieron una continuidad notable, que llega hasta hoy en los pueblos de raíz diaguita de la zona, como las comunidades de Amaicha del Valle y de la propia región santamariana.
La llegada de los españoles al noroeste argentino, en el siglo XVI, encontró en los pueblos diaguitas una de las resistencias más tenaces y prolongadas de toda la conquista del continente. El valle de Santa María y los Valles Calchaquíes fueron escenario central de las llamadas guerras calchaquíes, una serie de levantamientos y enfrentamientos que se extendieron, con intervalos, a lo largo de más de un siglo (desde mediados del siglo XVI hasta la segunda mitad del XVII).
Los diaguitas-calchaquíes defendieron sus valles con enorme determinación, aprovechando el terreno montañoso y sus pucarás. Líderes como Juan Calchaquí y, más tarde, el cacique Chelemín y el carismático Pedro Bohórquez (un español que se hizo pasar por descendiente de los incas) encabezaron grandes alzamientos. Finalmente, el poderío militar español terminó por imponerse, y la represión fue durísima: las comunidades fueron sometidas, dispersadas y, en muchos casos, desarraigadas de sus tierras.
El episodio más trágico y emblemático fue el de los quilmes. Tras su derrota, este pueblo diaguita —que habitaba la ciudadela cuyas ruinas hoy se visitan cerca de Santa María— fue desarticulado y sus habitantes trasladados forzosamente a pie, recorriendo cientos de kilómetros, hasta un pueblo de indios cerca de Buenos Aires. De aquel desarraigo deriva el nombre del actual partido de Quilmes, en el conurbano bonaerense. La memoria de esa tragedia, y de la heroica resistencia calchaquí, sigue viva en la identidad del valle.
Tras el sometimiento de los pueblos originarios, la región del valle de Yokavil se reorganizó bajo el dominio español. Sobre el sustrato indígena se consolidó un asentamiento hispano-criollo que recibió el nombre de Santa María, en honor a la advocación mariana, conservando sin embargo el viejo nombre Yokavil como testimonio de su raíz. La población siguió siendo, en buena medida, de origen y ascendencia indígena, lo que explica la fuerte continuidad cultural de la zona.
Durante la etapa colonial y luego republicana, Santa María se desarrolló como un pueblo agrícola del valle, sostenido por el cultivo de la vid, los frutales, los nogales, el pimiento para pimentón y otros productos, además de la ganadería. El sistema de acequias para regar los cultivos con el agua de los ríos, heredado de tiempos prehispánicos, siguió siendo la base de la vida del oasis. La región quedó integrada a la provincia de Catamarca, como cabecera de su departamento, en el extremo norte provincial, en el cruce de caminos con Tucumán y Salta.
La ubicación de Santa María, en el corazón de los Valles Calchaquíes y en el eje de lo que hoy es la Ruta 40, la mantuvo conectada con los demás pueblos del valle y con las rutas que unían las provincias del noroeste. La vida transcurrió durante generaciones con el ritmo del campo y la montaña, conservando las tradiciones, las artesanías y la identidad calchaquí que son, hoy, su sello distintivo.
En las últimas décadas, Santa María consolidó su perfil como uno de los centros arqueológicos, culturales y turísticos de los Valles Calchaquíes. La puesta en valor de su patrimonio prehispánico —con el Museo Arqueológico Eric Boman, que resguarda las célebres urnas santamarianas, y la cercanía de las imponentes Ruinas de Quilmes— hizo del pueblo una parada clave para quienes quieren conocer la profunda historia indígena del noroeste.
Al mismo tiempo, la región se sumó al auge de la vitivinicultura de altura de los Valles Calchaquíes. Los viñedos del valle, a casi 2.000 metros, producen vinos de carácter intenso, con el Torrontés como cepa emblemática, que se suman al atractivo turístico junto con las artesanías de raíz diaguita —tejidos, cerámica— y los productos regionales del oasis.
La identidad indígena viva es otro de los grandes valores de la zona. La vecina Amaicha del Valle, con su Fiesta Nacional de la Pachamama y su comunidad organizada, mantiene encendida la llama de la cultura diaguita-calchaquí, en una región donde el pasado prehispánico no es solo arqueología, sino una herencia presente en la gente. Así, Santa María se ofrece hoy como un destino auténtico y profundo, donde la historia milenaria, la naturaleza de los valles, el vino y la cultura viva se combinan lejos del turismo masivo.