¿Por qué un lago que nace en la Argentina termina sus aguas en el océano Pacífico, del otro lado del continente? Esa rareza geográfica del lago Lácar —que desagua hacia Chile a través del río Hua Hum— no es un simple dato de manual: fue, como se verá, el origen de un conflicto de límites que terminó dándole nombre y razón de ser a la ciudad de San Martín de los Andes. Pero mucho antes de que esa disputa existiera, y mucho antes de que hubiera una sola calle trazada, esta cuenca ya era un territorio vivido, cruzado y disputado por los pueblos que la habitaban.
La región del lago Lácar, al pie del volcán Lanín, estuvo poblada durante siglos por comunidades que vivían de la caza, la pesca y la recolección en un territorio de bosques andino-patagónicos, lagos glaciares y montañas nevadas gran parte del año. Los lagos y los pasos cordilleranos —como el propio paso de Hua Hum— no eran barreras sino vías de comunicación: rutas de intercambio de bienes, personas y noticias entre ambos lados de la cordillera de los Andes, mucho antes de que existiera una frontera trazada en un mapa.
Entre los siglos XVIII y XIX se desarrolló el proceso que los historiadores llaman araucanización: comunidades mapuches —originarias del otro lado de la cordillera, en lo que hoy es territorio chileno— fueron cruzando y estableciéndose progresivamente en estos territorios, integrándose con los pueblos preexistentes (como los pehuenches, recolectores del piñón de araucaria) y extendiendo su lengua, el mapudungun, y su cultura por toda la región andino-patagónica. La huella de esa presencia originaria es profunda y todavía se percibe con fuerza en la zona, mucho más allá del folclore turístico.
La toponimia local conserva ese legado en cada nombre que hoy aparece en los carteles de ruta: Lácar ('lugar de sequedad o desaparición', según algunas interpretaciones), Lolog, Quila Quina ('lugar de cañas y espinas'), Chapelco o el propio Lanín, palabra que aludiría a algo 'agonizante' o 'muerto' en referencia al volcán extinto. Comunidades mapuches como la Curruhuinca siguen viviendo en el área —por ejemplo en Quila Quina y en las inmediaciones de la ciudad, sobre tierras reconocidas legalmente tras largas luchas por la propiedad comunitaria—, manteniendo viva su identidad, su lengua y sus prácticas, y compartiendo hoy, a través del turismo comunitario y las ferias artesanales, una parte de esa cultura con los visitantes que llegan buscando solo paisaje.
San Martín de los Andes fue fundada oficialmente el 4 de febrero de 1898 por el coronel Celestino Pérez, por orden del jefe del Ejército, el general Rudecindo Roca. A diferencia de muchos pueblos surgidos del comercio o de la colonización agrícola, su origen fue eminentemente militar y estratégico: se trataba de establecer un puesto del Ejército que afirmara la presencia y la soberanía argentina en una zona entonces en plena disputa de límites con Chile.
El punto en conflicto tenía que ver con la geografía. Durante gran parte del siglo XIX rigió, como criterio para fijar el límite, la divisoria de aguas: las tierras cuyos ríos desaguaban hacia el Pacífico tenderían a quedar del lado chileno, y las que drenaban hacia el Atlántico, del lado argentino. El problema es que el lago Lácar desagua hacia el Pacífico, por lo que las autoridades chilenas sostenían que el área de San Martín de los Andes debía pertenecerles. Fundar allí una población argentina era, por lo tanto, una manera de marcar soberanía sobre un territorio reclamado.
La disputa terminó resolviéndose por la vía diplomática y el arbitraje internacional de comienzos del siglo XX, que combinó el criterio de las altas cumbres con el de la divisoria de aguas y dejó la región del lago Lácar del lado argentino. Así, el pueblo nacido como avanzada militar quedó definitivamente integrado a la Patagonia argentina, sobre la que crecería con el tiempo.
Tras la fundación, San Martín de los Andes fue creciendo lentamente como un pueblo de montaña aislado, de inviernos rigurosos y comunicaciones difíciles. A los soldados y primeros pobladores se sumaron familias criollas, pobladores mapuches e inmigrantes europeos que se instalaron en el valle del lago Lácar y en los parajes vecinos, buscando trabajo y tierras.
Durante sus primeras décadas, la economía local se sostuvo sobre todo en la explotación forestal y la ganadería. Los bosques de la zona proveían madera, que se trabajaba en aserraderos, mientras que la cría de animales aprovechaba los campos y valles cordilleranos. Era una vida de esfuerzo, marcada por el clima y por la lejanía respecto de los grandes centros del país.
Esos pioneros sentaron las bases de la sociedad local y le dieron al pueblo su primer perfil productivo. Con el tiempo, sin embargo, la conservación de la naturaleza y el atractivo de los lagos y montañas empezarían a pesar más que la madera y el ganado, abriendo el camino hacia la vocación turística que define hoy a la ciudad.
El gran punto de inflexión en la historia de San Martín de los Andes llegó con la creación del Parque Nacional Lanín, en 1937. La protección de los bosques de araucarias, coihues y lengas, de los lagos y del imponente volcán Lanín transformó por completo el destino del pueblo: de centro forestal y ganadero pasó, poco a poco, a convertirse en un destino turístico.
El parque dotó a la región de un marco de conservación y de infraestructura, y puso en valor un paisaje excepcional. A ello se sumaron, con el correr de las décadas, el desarrollo del esquí en el cerro Chapelco, la popularización de la Ruta de los Siete Lagos hacia Villa La Angostura y el auge del turismo de naturaleza, la pesca deportiva y el trekking. San Martín de los Andes se fue consolidando como uno de los centros turísticos más importantes de la Patagonia.
Un rasgo distintivo de su crecimiento fue el cuidado de la fisonomía urbana. La ciudad adoptó un código de construcción que privilegia la arquitectura de montaña en piedra y madera, con alturas y estilos controlados, lo que le valió fama de pueblo prolijo y armónico con el entorno. Así, conservando su escala y su carácter, San Martín de los Andes llegó al presente como uno de los destinos más queridos del sur argentino, puerta de entrada al Parque Nacional Lanín y extremo norte de la mítica Ruta de los Siete Lagos.