Al pie del cerro Alto del Rey, en el sur de los Valles Calchaquíes tucumanos, se levanta lo que fue una de las ciudades indígenas más grandes y pobladas de todo el actual territorio argentino. La llamada Ciudad Sagrada de Quilmes se extiende por unas cien hectáreas y, en su apogeo, habría albergado varios miles de habitantes. Sus pobladores, los quilmes, eran una parcialidad de los diaguitas-calchaquíes: pueblos de lengua cacana, agricultores y alfareros que dominaban el cultivo en terrazas, la cerámica, el tejido y la metalurgia.
La ciudad no se ubicó allí por casualidad. Estaba construida en la ladera del cerro, con sus recintos de piedra encajados en la montaña y, en la cima, un pucará: una fortaleza natural reforzada con construcciones defensivas que les permitía vigilar el valle y resguardarse ante cualquier invasión. Ese emplazamiento estratégico, sumado a un ingenioso sistema de terrazas de cultivo y canales para aprovechar el agua escasa, explica cómo una población tan numerosa pudo sostenerse en una región seca y de altura. Cuando llegaron los incas, en el siglo XV, los quilmes quedaron integrados al Tahuantinsuyo, pero conservaron buena parte de su identidad.
Cuando los españoles avanzaron sobre los Valles Calchaquíes, encontraron una de las resistencias indígenas más largas y tenaces del actual territorio argentino. Las llamadas guerras calchaquíes se prolongaron por cerca de un siglo, en varias etapas. La primera gran ofensiva la lideró el cacique Juan Calchaquí hacia 1562; más tarde hubo nuevos levantamientos, como el de Juan Chelemín en la década de 1630. A lo largo de todo ese tiempo, los quilmes fueron uno de los bastiones más combativos de la resistencia, parapetados en su pucará.
La tercera y última gran guerra calchaquí, a mediados del siglo XVII, fue la más dura. Tras el levantamiento encabezado por el líder quilme Felipe Calchaquí, el gobernador del Tucumán, Alonso de Mercado y Villacorta, lanzó una campaña feroz que terminó por quebrar la resistencia. Hacia 1665 los quilmes fueron sometidos por las tropas españolas, poniendo fin a más de cien años de lucha. La derrota, sin embargo, fue apenas el comienzo de un castigo todavía mayor: la desnaturalización y el destierro del pueblo entero.
Vencidos, los quilmes sufrieron una de las decisiones más crueles de la conquista: la desnaturalización, es decir, el desarraigo forzado de comunidades enteras lejos de su tierra para quebrar definitivamente cualquier foco de rebelión. En 1666, la Real Audiencia de Buenos Aires decretó la deportación de los Valles Calchaquíes de unos dos mil indígenas quilmes hacia una reducción ubicada al sureste de Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata.
El traslado fue una marcha brutal de más de mil kilómetros, a pie y encadenados, a través de la puna, los llanos y la pampa. Muchísimos murieron en el camino por el hambre, el frío, el agotamiento y las enfermedades. Las crónicas y la memoria del pueblo coinciden en que solo una fracción de los que salieron llegó con vida. En 1667 se sumó al destierro un grupo de familias acalianas, también de los valles. Con los sobrevivientes se fundó, al sur del Riachuelo, la Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Indios Kilmes: el primer poblado de la zona y el origen del nombre del actual partido y ciudad de Quilmes, en el conurbano bonaerense.
Lejos de su valle, de su clima y de su forma de vida, el pueblo quilme se fue apagando. La reducción se mantuvo durante más de un siglo, pero la comunidad se diluyó y, en 1812, ya prácticamente extinguida, fue declarada disuelta. Así, la cervecería y la ciudad que hoy llevan el nombre de Quilmes en Buenos Aires deben su denominación a un pueblo del noroeste que fue arrancado de su tierra y desaparecido como tal. En su valle de origen, sus casas de piedra quedaron en silencio durante siglos.
La historia reciente de las ruinas también tuvo su conflicto. En 1992, durante la gobernación de Ramón 'Palito' Ortega, la provincia de Tucumán otorgó la concesión del sitio arqueológico al empresario Héctor Cruz por diez años, a cambio de un canon mensual módico que —según los registros— no se terminó de pagar. Bajo esa concesión se levantó un hotel y otras instalaciones en pleno territorio sagrado, algo que los descendientes del pueblo, la Comunidad India Quilmes, denunciaron como hecho sin su consentimiento y sin los debidos estudios de impacto.
Vencido el plazo en 2002, el contrato fue rescindido, pero el explotante siguió usufructuando el lugar durante varios años más. El reclamo de la comunidad fue creciendo hasta que, el 28 de noviembre de 2007, los descendientes de los quilmes cortaron el acceso al sitio en una asamblea permanente, exigiendo la restitución de su Ciudad Sagrada. El 13 de diciembre de ese año la fuerza pública desalojó al concesionario y, el 9 de enero de 2008, la comunidad realizó la 'toma espiritual' del lugar con una ceremonia a la Pachamama, reabriendo el sitio al día siguiente bajo su propia administración. Desde entonces, tras un largo proceso judicial, la gestión quedó en manos de la comunidad (en distintos momentos, en forma compartida con el Estado provincial), y los recorridos suelen estar guiados por sus propios miembros. El relato del lugar dejó de ser únicamente arqueológico para volverse, sobre todo, la voz viva de un pueblo que reclama su territorio ancestral.
Hoy la Ciudad Sagrada de Quilmes es a la vez un sitio arqueológico de primer orden y un territorio vivo. Quienes lo visitan recorren los recintos de piedra, suben hacia el pucará y recorren el Centro de Interpretación inaugurado en 2018, con sus salas temáticas, su microcine y sus piezas de cerámica original. Pero, sobre todo, escuchan la historia de boca de los guías de la propia comunidad, que enlazan el pasado diaguita-calchaquí con la resistencia, el destierro y el largo camino de regreso.
La Comunidad India Quilmes, asentada en parajes cercanos como Colalao del Valle, Amaicha y los alrededores del sitio, mantiene viva una identidad que la conquista intentó borrar. Visitar Quilmes con esa conciencia cambia la experiencia: no se trata solo de admirar piedras antiguas, sino de reconocer que detrás de cada muro hay un pueblo que fue castigado, deportado y declarado extinguido, y que sin embargo volvió a su tierra a contar su propia historia. Esa combinación de paisaje monumental, arqueología y memoria viva es lo que hace de Quilmes uno de los lugares más conmovedores del noroeste argentino.