Durante miles de años, mucho antes de que existiera cualquier ciudad, el norte de Tierra del Fuego perteneció a los selk'nam (onas): un pueblo de cazadores altos y resistentes que recorría a pie la estepa barrida por el viento, siguiendo las manadas de guanacos, cubiertos apenas por capas de piel y grasa contra un frío que parecía imposible de vencer. Cuando los primeros europeos los vieron, no podían creer que sobrevivieran casi desnudos en aquel clima. En pocas décadas, ese mundo entero fue borrado del mapa.
La colonización de fines del siglo XIX —estancieros, buscadores de oro y luego misioneros— trastocó violentamente su universo. La instalación de las grandes estancias laneras y el avance de la ganadería ovina sobre sus territorios de caza generaron conflictos trágicos: como los selk'nam cazaban ovejas creyéndolas un nuevo animal de la estepa, se desató una cacería humana. Hubo quienes pagaban por cada selk'nam muerto, y a eso se sumaron las enfermedades traídas por los recién llegados, contra las que el pueblo no tenía defensas. En pocas generaciones, una cultura milenaria quedó al borde de la extinción.
En ese contexto, el salesiano monseñor José Fagnano fundó en 1893 la Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria, a orillas del río Grande. Su objetivo declarado era evangelizar y 'proteger' a los selk'nam reuniéndolos en la misión, enseñándoles oficios y sedentarizándolos. La iniciativa, ambigua en sus resultados, no logró evitar la catástrofe demográfica: hacinados y expuestos a epidemias, muchos murieron dentro de la propia misión. Hoy, la antigua Misión —Monumento Histórico Nacional— es un museo que conserva la memoria de aquel encuentro trágico entre culturas y del pueblo que habitó la isla mucho antes que nadie. Visitarla es esencial para comprender los orígenes de Río Grande y una de las páginas más oscuras de la historia patagónica.
El 11 de julio de 1921, el presidente Hipólito Yrigoyen firmó el decreto que creaba oficialmente la Colonia Agrícola y Pastoril de Río Grande: esa es la fecha que la ciudad celebra como su fundación. Durante la primera mitad del siglo XX, la economía del norte fueguino giró en torno a la ganadería ovina. Las enormes estancias laneras de la estepa, algunas de ellas históricas y de gran extensión, producían lana que se exportaba, y Río Grande creció como centro de servicios de esa actividad rural. El paisaje de estepa, viento y ovejas definió durante décadas el carácter de la región, muy distinto del sur boscoso de la isla.
El gran salto demográfico y económico de Río Grande llegó en la segunda mitad del siglo XX con la industrialización. La provincia de Tierra del Fuego se benefició de un régimen de promoción industrial que ofrecía importantes beneficios fiscales para radicar fábricas en la isla. Esto atrajo a numerosas industrias, especialmente del sector electrónico y textil, que se instalaron sobre todo en Río Grande, convirtiéndola en un polo industrial.
Ese impulso industrial provocó una fuerte migración hacia la ciudad, que creció rápidamente hasta convertirse en la más poblada de Tierra del Fuego. Hoy, Río Grande combina su perfil industrial y comercial con su tradición ganadera, su patrimonio histórico salesiano y su fama mundial como destino de pesca de la trucha marrón, en un mosaico que refleja las distintas capas de la historia fueguina.
Una de las historias más curiosas de Río Grande es la de su fauna ictícola: los peces que hicieron mundialmente famosa a la ciudad no son nativos. En 1935, el inglés John Goodall —gerente del frigorífico de Río Grande— sembró los primeros huevos de trucha marrón (Salmo trutta), originaria de Europa: una primera partida de unos 60.000 huevos llegó desde Puerto Montt, en Chile, y se plantó en los ríos Candelaria y McLennan, tributarios del río Grande. Aquellas truchas encontraron en el río condiciones excepcionales y, con los inviernos rigurosos, terminaron descendiendo al mar. Así desarrollaron un comportamiento anádromo: como los salmones, bajan al Atlántico para alimentarse y regresan al río a desovar, ganando en el proceso un tamaño extraordinario.
Esa población de trucha marrón de mar (sea-run brown trout) convirtió al río Grande, con el correr de las décadas, en un destino mítico para los pescadores con mosca de todo el mundo. La fama de sus ejemplares récord —algunos de más de diez kilos— atrajo a aficionados y profesionales del fly fishing internacional, que reservan con mucha anticipación las jornadas en los exclusivos lodges y estancias ribereñas. La pesca se practica de manera regulada y, en buena medida, con devolución, para preservar el recurso.
La pesca deportiva se transformó así en una actividad económica de primer orden y en una marca identitaria de la ciudad, que se promociona como la 'capital mundial de la trucha marrón'. Cada temporada, Río Grande recibe a viajeros de alto poder adquisitivo que llegan exclusivamente a pescar, lo que generó una industria turística especializada que convive con el perfil industrial y ganadero de la ciudad, y que aporta un sello internacional a este rincón del norte fueguino.
Por su ubicación en el extremo sur del país, frente al Atlántico, Río Grande tiene un vínculo especial con la causa de las Islas Malvinas. La ciudad fue base de operaciones durante la guerra de 1982 y mantiene viva la memoria del conflicto a través de monumentos, homenajes y, muy especialmente, de la 'Vigilia de Malvinas', una multitudinaria ceremonia que se realiza espontáneamente desde 1984 en la noche del 1 al 2 de abril y que recuerda a los caídos y reafirma el reclamo de soberanía. Ese protagonismo le valió ser reconocida en 2013, por la Ley Nacional 26.846, como la 'Capital Nacional de la Vigilia'.
En las últimas décadas, Río Grande consolidó su perfil de ciudad industrial gracias al régimen de promoción de Tierra del Fuego, que mantuvo radicadas numerosas fábricas, sobre todo electrónicas y textiles. Ese polo industrial sostiene buena parte del empleo y la economía local, y explica el crecimiento poblacional que la convirtió en la ciudad más habitada de la provincia, por encima incluso de la capital, Ushuaia.
Hoy, Río Grande es una ciudad de múltiples capas: industrial y comercial, ganadera por tradición, marcada por la memoria de los selk'nam y de la misión salesiana, célebre por su pesca de fama mundial y comprometida con la causa de Malvinas. Asomada a la estepa y al viento del Atlántico, ofrece al visitante una mirada distinta de Tierra del Fuego, lejos de la postal turística de Ushuaia, más cruda y más auténtica del norte de la isla grande.