En una bahía perdida al sur del mundo, un almirante portugués al servicio de España mandó decapitar y descuartizar a dos de sus propios capitanes, en el mismo lugar donde, semanas antes, se había arrodillado a rezar la primera misa de toda la actual Argentina. Ese contraste brutal —fe y violencia, esperanza y motín— es la carta de presentación de Puerto San Julián, uno de los escenarios más cargados de historia de toda la costa patagónica, y sin embargo uno de los menos conocidos.
La bahía de San Julián ocupa un lugar destacado en la historia de la exploración del extremo sur del continente. En 1520, la expedición comandada por Fernando de Magallanes, que buscaba un paso hacia el océano Pacífico, llegó a estas costas y decidió invernar aquí durante varios meses, a la espera de mejores condiciones para continuar viaje hacia el sur. Fue una permanencia larga y difícil, en un entorno hostil y desconocido, con las provisiones menguando y una tripulación cada vez más inquieta por el rumbo incierto de la expedición.
Durante esa estadía ocurrió un hecho de profundo significado simbólico: el 1 de abril de 1520, domingo de Pascua, se celebró la que se considera la primera misa en el actual territorio argentino, un acontecimiento que la ciudad reivindica como parte fundamental de su identidad histórica y que hoy se recuerda con una cruz conmemorativa en la costanera. La bahía de San Julián quedó así ligada a los orígenes de la presencia europea en estas tierras australes, varios siglos antes de que existiera la Argentina como nación.
La invernada no estuvo exenta de dramatismo. Esa misma noche de Pascua estalló un motín encabezado por tres de los cinco capitanes de la flota, descontentos con las penurias del viaje y las decisiones del comandante, que insistía en continuar hacia el sur pese a la incertidumbre. La represión fue durísima: el capitán Luis de Mendoza murió en la recuperación de su nave; Gaspar de Quesada fue decapitado y descuartizado como escarmiento; y Juan de Cartagena, el veedor real, fue abandonado en la costa junto a un sacerdote cuando la expedición finalmente zarpó — nunca más se supo de ellos. También aquí, según las crónicas, los europeos tuvieron sus primeros encuentros con los habitantes originarios de la región, los tehuelches, a quienes describieron con asombro por su altura y corpulencia. La bahía fue, en suma, escenario de algunos de los episodios más memorables y sangrientos de la primera circunnavegación del mundo.
Mucho antes de que Magallanes invernara en su bahía, la región de San Julián era territorio de los tehuelches (aónikenk en el sur), pueblos cazadores-recolectores de la estepa patagónica que se desplazaban siguiendo al guanaco y al ñandú y aprovechaban los recursos de la costa. Eran de gran estatura y vestían pieles, lo que impresionó vivamente a los expedicionarios europeos.
Según la tradición, fue precisamente en estas costas donde la expedición de Magallanes tuvo sus encuentros con estos habitantes originarios, a los que los europeos llamaron 'patagones'. El cronista de la expedición, Antonio Pigafetta, dejó registro de aquellos encuentros, que mezclaban asombro, curiosidad y desconfianza. De ese nombre derivaría el topónimo 'Patagonia' para toda la vasta región austral, una de las huellas más duraderas de aquel viaje.
Los tehuelches mantuvieron su modo de vida nómade durante siglos, hasta que el avance de la colonización y del Estado argentino, a fines del siglo XIX, transformó radicalmente su mundo. Su legado pervive en la toponimia, en el conocimiento del territorio y en la memoria de la región, que reconoce en ellos a sus primeros habitantes, mucho anteriores a cualquier navegante europeo.
La bahía de San Julián volvió a la historia de la navegación 58 años después de Magallanes, y de la manera más inquietante. En junio de 1578 recaló aquí el corsario inglés Francis Drake, en plena expedición de circunnavegación, y la historia se repitió con una simetría escalofriante: Drake acusó de traición y conspiración a Thomas Doughty, uno de los gentilhombres de su flota, lo sometió a juicio en esta misma bahía y lo hizo decapitar en julio de 1578. Según las crónicas de la expedición, los ingleses encontraron todavía en la costa los restos del cadalso donde Magallanes había ejecutado a sus amotinados. Dos vueltas al mundo, dos juicios sangrientos, la misma bahía: pocos lugares del planeta concentran semejante carga simbólica de la era de los descubrimientos.
Durante siglos, la bahía permaneció como un punto de referencia para los navegantes, pero el poblamiento estable llegaría mucho más tarde. La ciudad moderna de Puerto San Julián se consolidó a comienzos del siglo XX, en el marco de la colonización de la estepa santacruceña y el auge de la ganadería ovina. El puerto sirvió como salida para la lana de las estancias del interior, principal riqueza de la región.
Con el tiempo, a la economía lanera y portuaria se sumaron otras actividades, como la minería en el entorno santacruceño. Hoy, Puerto San Julián combina su rol de ciudad de la Ruta Nacional 3 con la reivindicación de su excepcional patrimonio histórico —simbolizado por la réplica de la nao Victoria— y con un turismo de naturaleza basado en la fauna de su bahía y reserva, donde pingüinos y toninas overas atraen a los visitantes.
La bahía guarda otro capítulo casi desconocido: el de una utopía ilustrada en plena Patagonia del siglo XVIII. El 19 de abril de 1780, en el marco del plan de la Corona española para poblar y defender la costa patagónica, Antonio de Viedma fundó cerca de la bahía la Nueva Colonia y Fuerte de Floridablanca, bautizada en honor al ministro de Carlos III. No era un simple fuerte: fue el ensayo de un modelo de sociedad inspirado en los ideales de la Ilustración, un poblado agrícola organizado en torno a una plaza, con viviendas iguales de adobe y teja para unas 150 personas, labradores traídos con sus familias y un proyecto de vida comunitaria en el confín del mundo.
La utopía duró poco: en 1784, por orden real y en plena revisión de los costosos establecimientos patagónicos, la colonia fue abandonada y sus edificios desmantelados. Pero el sitio quedó, enterrado en la estepa a unos 10 kilómetros del actual Puerto San Julián. Declarado Lugar Histórico Nacional en 1949, es hoy uno de los yacimientos arqueológicos coloniales más estudiados de la Argentina: desde 1998, un equipo del Conicet dirigido por la arqueóloga María Ximena Senatore excavó el poblado y reconstruyó la vida cotidiana de aquellos colonos, y su colección arqueológica regresó a San Julián, donde se exhibe como parte del patrimonio local.
Medio siglo después del abandono de Floridablanca, la bahía recibió a otro visitante ilustre: en enero de 1834, el HMS Beagle fondeó en San Julián y un joven Charles Darwin exploró sus barrancas. Allí hizo uno de los hallazgos clave de su viaje: los huesos fósiles de la Macrauchenia, un extraño mamífero extinto con aspecto de camello de cuello largo. Aquellos fósiles patagónicos, que lo obligaron a preguntarse por qué las especies desaparecen y son reemplazadas por otras parecidas, fueron una de las semillas de la teoría de la evolución. San Julián puede así presumir de algo insólito: en su bahía se cruzan Magallanes, Drake, una utopía ilustrada y el origen de la idea más influyente de la biología moderna.
A lo largo del siglo XX, Puerto San Julián fue creciendo como ciudad de servicios sobre la Ruta Nacional 3, sostenida por la ganadería ovina, el puerto, la pesca y, más tarde, la actividad minera de la región (con yacimientos auríferos como Cerro Vanguardia en su área de influencia). El puerto y la lana dieron sustento a la población durante décadas, en una localidad marcada por el aislamiento y el clima riguroso de la meseta santacruceña.
En las últimas décadas, la ciudad apostó decididamente por poner en valor su excepcional patrimonio histórico. El hito de esa estrategia fue la construcción, sobre la costanera, de una réplica a escala real de la nao Victoria —la única de las naves de Magallanes que completó la primera vuelta al mundo—, convertida en museo temático. Junto a los monumentos a la primera misa, al motín y a los encuentros con los tehuelches, la nao Victoria transformó a San Julián en un destino de turismo histórico singular en la Patagonia.
A ese patrimonio se sumó el turismo de naturaleza, basado en la Reserva Natural Península San Julián y la fauna de la bahía: la gran colonia de pingüinos de Magallanes, los cormoranes de Banco Justicia y las toninas overas que se avistan en las navegaciones. Hoy, Puerto San Julián combina su rol de escala de la RN3 con una propuesta que une la épica de la primera circunnavegación del mundo con la riqueza de la fauna marina patagónica.