Casi todos los días, cuando el sol pega de lleno sobre la Garganta del Diablo, un arcoíris se enciende sobre la nube de vapor. Para la ciencia es óptica elemental; para los guaraníes, que vivieron junto a estos saltos durante siglos antes de que ningún europeo los viera, era otra cosa: la prueba de que dos amantes castigados por un dios seguían encontrándose. Porque las Cataratas del Iguazú, antes de ser Patrimonio de la Humanidad y Maravilla Natural del Mundo, fueron el escenario de una historia de amor y furia divina.
Según la leyenda, en el río habitaba M'Boi, una deidad con forma de serpiente que exigía sacrificios. Una joven hermosa, Naipí, estaba destinada a serle ofrendada, pero huyó en una canoa con su amado, el guerrero Tarobá. Furiosa, la deidad hendió el curso del río provocando una enorme grieta y precipicio —las Cataratas—, separando para siempre a los amantes: él convertido en un árbol al borde del salto, ella en una roca azotada por las aguas. El arcoíris que une el árbol con la roca sería la prueba de que su amor sobrevive al castigo.
Los dueños originales de este paisaje eran los pueblos guaraníes, que habitaban la selva paranaense y conocían bien los grandes saltos del río. De su lengua proviene el nombre del lugar: 'Iguazú', que se interpreta como 'agua grande' (de 'y', agua, y 'guasú', grande). Para los guaraníes, la selva no era un obstáculo sino su mundo: de ella obtenían alimento, medicinas, materiales y un universo simbólico que impregnaba su cosmovisión.
Esa herencia guaraní sigue presente en la región: en la toponimia, en las comunidades originarias que aún habitan Misiones, en la lengua, en la cultura y en el profundo vínculo con la selva. Comprender Iguazú empieza por reconocer que estos saltos tenían nombre, historias y dueños mucho antes de aparecer en los mapas europeos.
El primer europeo que dejó testimonio de las Cataratas fue el conquistador y explorador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien en 1542, en su travesía desde la costa atlántica hacia Asunción del Paraguay, se topó con los imponentes saltos. Los bautizó 'Saltos de Santa María', aunque el nombre no perduró frente al de raíz guaraní. Su crónica fue la primera mención escrita de una de las maravillas naturales del continente, que durante siglos permanecería remota y poco visitada.
Durante los siglos XVII y XVIII, la región quedó vinculada al extraordinario experimento de las misiones jesuíticas guaraníes. La Compañía de Jesús estableció en la zona del Alto Paraná y el río Uruguay un conjunto de 'reducciones' o pueblos donde miles de guaraníes vivían bajo la organización de los misioneros, dedicados a la agricultura, las artes y los oficios, con notables logros culturales y arquitectónicos. Las ruinas de San Ignacio Miní y otras misiones, hoy Patrimonio de la Humanidad, son el legado más visible de aquella época, que terminó con la expulsión de los jesuitas en 1767 y la decadencia de los pueblos.
Tras la independencia, Misiones fue durante mucho tiempo un territorio de fronteras disputadas y selva profunda, ligado a la explotación de la yerba mate (la 'caá' guaraní) y de la madera, que atrajo a obrajeros y trabajadores en condiciones a menudo durísimas. La región, fronteriza con Brasil y Paraguay, se fue poblando lentamente, y las Cataratas siguieron siendo un destino lejano y difícil de alcanzar, conocido por pocos viajeros y exploradores.
Las Cataratas del Iguazú son el resultado de un proceso geológico que comenzó hace más de 130 millones de años. Durante el período Cretácico, enormes coladas de lava basáltica cubrieron buena parte del centro-sur de Sudamérica, formando una gruesa meseta de roca volcánica conocida como el basalto de Serra Geral. Esa roca dura, fracturada en bloques, sería la responsable de la forma actual de los saltos.
El río Iguazú nace en la Serra do Mar, en el estado brasileño de Paraná, y recorre unos 1.300 kilómetros hacia el oeste antes de desembocar en el río Paraná. En su tramo final, el río atraviesa la antigua meseta basáltica. Donde la corriente encontró una gran falla o escalón en la roca, el agua comenzó a precipitarse, y la erosión fue tallando a lo largo de milenios la espectacular herradura que hoy conocemos como la Garganta del Diablo. El conjunto reúne entre 150 y 300 saltos —según el caudal—, repartidos en un frente de casi tres kilómetros, con caídas de hasta unos 80 metros.
Las Cataratas siguen 'vivas' desde el punto de vista geológico: la erosión continúa, y el borde de los saltos retrocede lentamente río arriba, año tras año. El caudal varía enormemente según las lluvias en la cuenca: en épocas de crecida el espectáculo es atronador y a veces obliga a cerrar pasarelas, mientras que en sequías extremas el flujo puede reducirse drásticamente. Esta dinámica natural, sumada a la biodiversidad de la selva paranaense que las rodea, es lo que llevó a la Unesco a reconocer su valor universal excepcional.
La fundación de Puerto Iguazú tiene fecha, nombre y una protagonista inesperada: el 10 de septiembre de 1901 llegó al lugar la primera excursión turística argentina a las Cataratas, y una de sus integrantes, la filántropa porteña Victoria Aguirre, donó ese mismo día 3.000 pesos para abrir un camino entre el puerto sobre el río Iguazú y los saltos. Con su aporte —sumado al de otros donantes y al trabajo del Batallón 12— el camino de unos 20 kilómetros se inauguró en 1902, y el incipiente poblado fue bautizado Puerto Aguirre en su honor (recién décadas más tarde adoptaría el nombre actual). Esa fecha de 1901 es la que la ciudad celebra hoy como su aniversario: pocas ciudades del mundo pueden decir que las fundó, literalmente, el turismo. La localidad creció luego ligada a la actividad fluvial, la madera y la yerba, en una zona fronteriza y selvática que recién comenzaba a integrarse.
Un hito decisivo fue la creación del Parque Nacional Iguazú en 1934, que puso bajo protección las Cataratas y la selva circundante, siguiendo la corriente de creación de parques nacionales que vivía la Argentina. La protección oficial sentó las bases para el desarrollo del turismo y para la conservación de uno de los paisajes más extraordinarios del país. Con el tiempo se construyeron accesos, pasarelas y servicios que permitieron a cada vez más visitantes contemplar los saltos de cerca.
El reconocimiento internacional llegó en 1984, cuando la Unesco declaró las Cataratas del Iguazú (lado argentino) Patrimonio de la Humanidad —el lado brasileño recibió la misma distinción poco después—, y se consolidó en 2011, cuando fueron elegidas una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo en una votación global. Estos hitos dispararon definitivamente el turismo, y Puerto Iguazú se transformó en una ciudad turística, con hoteles, restaurantes y servicios al servicio de los millones de visitantes que llegan de todo el planeta. Hoy, la ciudad vive del asombro que generan las Cataratas, custodia la selva que las rodea y mantiene viva la herencia guaraní y misionera que dio nombre y alma a este rincón del Litoral argentino.