El 4 de febrero de 1982, un grupo de adolescentes de un pueblo pesquero de la Patagonia encontró en el fondo de su ría lo que los arqueólogos de medio mundo llevaban décadas soñando: una corbeta de guerra inglesa del siglo XVIII, hundida en 1770 y olvidada durante 212 años, con su vajilla, sus botellas y hasta sus relojes de arena intactos en el barro. Ese pueblo es Puerto Deseado, y el hallazgo de la Swift es apenas el capítulo más novelesco de una historia que incluye a Magallanes, a un corsario inglés que le puso nombre, a Charles Darwin y a un tren que nunca llegó a destino. Pero para contarla desde el principio hay que retroceder mucho más: miles de años antes de cualquier mapa.
Mucho antes de la llegada de los navegantes europeos, la costa de la actual Santa Cruz estuvo habitada por pueblos cazadores-recolectores. Los tehuelches (aonikenk en el sur, y grupos vinculados en el norte santacruceño) recorrían estas mesetas y costas siguiendo al guanaco y al ñandú, y aprovechaban los recursos del mar y de los estuarios. La región del Deseado, con su ría profunda y su abundante fauna, formaba parte de ese vasto territorio de movilidad estacional.
Los vestigios arqueológicos del centro y norte de Santa Cruz —aleros con pinturas rupestres, sitios de talla de piedra y restos de campamentos— dan cuenta de una ocupación humana milenaria que se remonta a varios miles de años. Estos grupos desarrollaron un profundo conocimiento del clima riguroso, del viento patagónico y de los ciclos de la fauna, mucho antes de que cualquier mapa europeo registrara la existencia de la ría.
El contacto con los europeos, a partir del siglo XVI, y más tarde la ocupación efectiva del Estado argentino en el siglo XIX, transformaron radicalmente ese mundo. La llamada Conquista del Desierto y el avance de la ganadería ovina redujeron drásticamente a las poblaciones originarias, cuyo legado, sin embargo, persiste en la toponimia, en el arte rupestre regional y en la memoria del territorio.
La Ría Deseado figura entre los puntos más visitados por los navegantes europeos en la gran era de la exploración del extremo sur americano. En 1520, la expedición de Fernando de Magallanes, en su célebre viaje en busca del paso interoceánico, entró al estuario empujada por un temporal; el navegante lo bautizó, elocuentemente, 'Bahía de los Trabajos Forzosos', por los penosos trabajos que le costaron los malos tiempos. El estuario, profundo y resguardado, ofrecía un fondeadero natural en un litoral inhóspito y ventoso, raro en una costa donde abundan las playas abiertas y los acantilados batidos por el viento.
El nombre definitivo llegó el 16 de diciembre de 1586, cuando el corsario inglés Thomas Cavendish entró a la ría con sus tres naves —la Desire, la Hugh Gallant y la Content— y llamó al fondeadero Port Desire, en honor a su nave capitana. De ese barco —'Deseo' en español— derivó el topónimo que aún lleva el lugar: la Ría Deseado y, más tarde, la ciudad de Puerto Deseado. Así, el nombre guarda la memoria de aquellos viajes de exploración y corso por los mares del sur, en plena disputa entre las potencias europeas por las rutas hacia el Pacífico.
Siglos después, en 1833, otro visitante ilustre exploró la ría: el joven naturalista Charles Darwin, a bordo del HMS Beagle al mando del capitán Robert FitzRoy, durante el viaje que daría lugar a sus revolucionarias teorías sobre la evolución. Darwin estudió la geología, la flora y la fauna de la zona, fascinado por su naturaleza austera y por la abundancia de vida marina. Esa rica historia de navegantes y naturalistas es parte del patrimonio que hoy reivindica Puerto Deseado, cuya empresa náutica más conocida lleva, no por casualidad, el nombre de Darwin.
El 13 de marzo de 1770, la corbeta de guerra británica HMS Swift, destacada en las Islas Malvinas, buscó refugio en la ría durante una campaña de reconocimiento y chocó contra una roca sumergida. El barco se hundió en pocas horas; de sus 91 tripulantes murieron 3, y los sobrevivientes —entre ellos el teniente Erasmus Gower, que años más tarde llegaría a almirante— lograron alcanzar la costa y sobrevivir a la intemperie patagónica hasta ser rescatados por otra nave enviada desde Malvinas. Después, el olvido: durante más de dos siglos, nadie en Puerto Deseado supo que tenía un barco de guerra del siglo XVIII durmiendo en el fondo de su ría.
La historia despertó en 1975, cuando llegó al pueblo Patrick Rodney Gower, descendiente de aquel oficial sobreviviente, con los documentos familiares del naufragio. El dato quedó dando vueltas hasta que en 1980 un profesor de matemática, Ricardo Locarnini, se lo contó a sus alumnos. Un grupo de adolescentes —entre ellos Marcelo Rosas y Mario Brozoski— se tomó el desafío en serio: formaron una 'Subcomisión de Búsqueda y Rescate de la Corbeta Swift', aprendieron buceo, estudiaron cartas antiguas y rastrearon la ría. El 4 de febrero de 1982 la encontraron, a metros de la costa, cubierta por el barro que la había preservado de manera asombrosa.
El hallazgo fundó la arqueología subacuática argentina. Las más de 600 piezas recuperadas en sucesivas campañas —porcelana, botellas de vidrio, calzado, instrumentos de navegación e incluso restos óseos de uno de los tripulantes, que fue sepultado con honores en el cementerio local— se exhiben hoy en el Museo Municipal Mario Brozoski, bautizado en honor a uno de aquellos jóvenes buzos, fallecido poco después del descubrimiento. Es el único museo de arqueología subacuática y conservación del país, y la razón por la que Puerto Deseado figura en los manuales de arqueología de todo el continente.
Durante gran parte de la era colonial e independiente, la Ría Deseado siguió siendo un fondeadero ocasional, sin población estable. Recién en el siglo XIX, con el avance del Estado argentino hacia la Patagonia y la necesidad de afirmar la soberanía frente a otras potencias, el lugar comenzó a cobrar importancia estratégica. La costa santacruceña fue escenario de intentos de colonización, instalación de subprefecturas y exploraciones oficiales.
La fundación oficial de la localidad se asocia al 15 de julio de 1884, cuando se estableció el asentamiento en el marco de la organización del entonces Territorio Nacional de Santa Cruz. La ganadería ovina, que se expandió por toda la Patagonia a fines del siglo XIX, dio un primer impulso económico a la región, con grandes estancias que producían lana para exportación.
El estuario, navegable y resguardado, convirtió al lugar en un punto natural de embarque de la producción regional. Esa función portuaria sería decisiva pocas décadas después, cuando el ferrocarril buscara conectar el interior santacruceño con la salida al mar a través de Puerto Deseado.
La ciudad moderna de Puerto Deseado se consolidó a comienzos del siglo XX, impulsada por el desarrollo del puerto, la pesca y la llegada del ferrocarril. A partir de 1909 se construyó un ramal férreo que debía conectar Puerto Deseado con el interior santacruceño, en dirección a la zona de Las Heras y la cordillera, buscando dar salida a la producción regional —lana, minerales y ganado— por el estuario. La obra, ambiciosa, nunca llegó a completarse hasta su destino original, pero dejó una marca profunda en la ciudad.
De aquella época quedan edificios históricos de notable valor, como la antigua estación del ferrocarril, el Vagón Histórico y construcciones de estilo inglés vinculadas a la actividad ferroviaria y portuaria. Estos sitios son hoy parte del patrimonio que la ciudad exhibe a los visitantes y testimonio de un proyecto de desarrollo que marcó al norte de Santa Cruz.
La actividad pesquera se volvió central para la economía local, aprovechando la riqueza del mar patagónico: langostinos, merluza, calamar y otras especies. El puerto y la pesca dieron sustento a la población y forjaron el carácter trabajador y marinero de la ciudad, asentada sobre uno de los litorales más ricos en fauna de toda la Patagonia.
En las últimas décadas, el entorno natural excepcional de Puerto Deseado convirtió a la ciudad en un destino de turismo de naturaleza de primer nivel. La Ría Deseado fue declarada Reserva Natural Provincial en 1977, protegiendo un ecosistema único: un valle fluvial invadido por el mar que penetra unos 40 kilómetros tierra adentro, hogar de toninas overas, cinco especies de cormoranes, lobos marinos y una rica avifauna.
La creación del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral y, especialmente, del Parque Interjurisdiccional Marino Isla Pingüino —que protege la Reserva Provincial Isla Pingüino— consolidó la vocación conservacionista de la zona. La isla alberga la única colonia de pingüinos de penacho amarillo (rockhopper) accesible en el continente argentino, además de pingüinos de Magallanes, lobos y elefantes marinos y un faro histórico.
Hoy Puerto Deseado combina su histórico puerto pesquero con un turismo que pone en valor la fauna marina y el legado de los exploradores. Las navegaciones por la ría, las excursiones a Isla Pingüino y a Cabo Blanco, y los sitios históricos de la ciudad hacen que aquel 'puerto deseado' por los navegantes del siglo XVI siga atrayendo viajeros, ahora en busca de naturaleza y aventura en el confín del mundo.