Antes de Pinamar no había ciudad ni bosque: solo médanos. Toda esta franja de la costa atlántica bonaerense era un desierto de dunas vivas que el viento del mar empujaba sin descanso tierra adentro, sepultando lo que encontraba a su paso. Era un paisaje agreste y bellísimo, pero hostil para cualquier asentamiento estable.
Estas tierras tuvieron dueños célebres. Pertenecieron a Martín de Alzaga, un terrateniente que en 1862 se casó con Felicitas Guerrero, una de las mujeres más recordadas de la historia argentina del siglo XIX, tanto por su belleza como por su trágico final. Al morir Alzaga en 1870, Felicitas heredó estos campos costeros. Su figura quedó para siempre asociada a la zona, y su apellido —Guerrero— reaparecería luego en los nombres de las localidades y de las protagonistas de la fundación de Pinamar.
Tras la muerte de Felicitas, las tierras pasaron a sus herederos, la familia Guerrero. Durante décadas siguieron siendo médanos improductivos frente al mar. Pero a comienzos del siglo XX empezó a gestarse una idea que cambiaría todo: domesticar las dunas plantando árboles. Esa intuición, que primero se ensayó en lo que hoy es Cariló, sería la semilla de la futura ciudad jardín junto al mar.
El primer intento de crear un balneario en esta costa no fue Pinamar, sino Ostende, hoy una de las localidades del partido. En 1908 llegaron a estas playas los belgas Fernando Robette y Agustín Poli, que compraron tierras con la idea de levantar una sofisticada ciudad balnearia inspirada en Ostende, el famoso balneario de Bélgica cuyo nombre evoca el 'fin del este'. El 6 de abril de 1913 se celebró la ceremonia fundacional y se lanzó una gran campaña para vender los lotes.
El proyecto avanzó con entusiasmo: se construyó un muelle, el Hotel Termas —hoy conocido como Viejo Hotel Ostende— y se comenzó la Rambla Sur, un extenso paseo costero con escalinatas al mar y vestuarios, pensado al estilo de los grandes balnearios europeos. Por sus instalaciones pasaron personajes ilustres; el viejo hotel llegó a hospedar, en distintas épocas, a figuras como el escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry y al escritor argentino Adolfo Bioy Casares.
La Primera Guerra Mundial frustró aquel sueño: muchos de los inmigrantes europeos involucrados regresaron al viejo continente y el ambicioso proyecto quedó en pausa. Ostende sobrevivió como un balneario tranquilo y con historia, hoy valorado justamente por su perfil apacible y sus vestigios de aquella época pionera. Años más tarde, ya en otro contexto, la fundación de la vecina Pinamar le daría a toda la zona el impulso definitivo.
La gran transformación de los médanos en ciudad fue obra de un hombre con una idea clara: el ingeniero y arquitecto Jorge Bunge. Formado en Europa —se graduó en el Politécnico Real de Múnich, en Alemania— y considerado uno de los primeros urbanistas profesionales de la Argentina, Bunge conocía las técnicas europeas para fijar dunas mediante la forestación. La intuición no era del todo nueva en la zona: ya hacia 1918 Héctor Guerrero, sobrino de Felicitas, había empezado a fijar y forestar las dunas de su estancia, en lo que con el tiempo sería Cariló (cuyo nombre significa 'médano verde' en mapuche).
En agosto de 1940, Bunge presentó en su estudio porteño el primer anteproyecto de su gran plan urbanístico. Su idea era crear una 'ciudad jardín' que respetara la topografía: en lugar de aplanar las dunas, el trazado de calles y manzanas se adaptaría a las ondulaciones naturales de los médanos. Para concretarlo formó la sociedad Pinamar S.A. junto a Valeria Guerrero —dueña de las dunas— y un grupo de socios, empresarios y profesionales que creyeron en el proyecto.
Los primeros pasos se dieron en 1940 con estudios y obras esenciales, y a partir de 1941 comenzó a gran escala la fijación y forestación de los médanos, con métodos sin precedentes en el país. Se plantaron pinos y otras especies para frenar el avance de la arena, una tarea que llevó años: las dunas, libradas a su suerte, se movían con el viento hacia el interior. De aquella batalla paciente contra la arena nació el bosque que hoy define a Pinamar y a Cariló, y que le dio al lugar su carácter inconfundible de pinar junto al mar.
El 14 de febrero de 1943, con buena parte de los médanos ya fijados y el bosque en marcha, Pinamar fue inaugurada oficialmente como balneario, y poco después se aprobó el Plan Maestro de Urbanización diseñado por Jorge Bunge. El nombre lo decía todo: 'pino' y 'mar', las dos almas de un lugar que había nacido literalmente de plantar árboles sobre la arena frente al océano. El trazado curvo de sus calles, que serpentea siguiendo las ondulaciones del terreno, es la huella visible de aquella idea de respetar la naturaleza del médano.
Con los años, la apuesta dio fruto. Pinamar fue creciendo como destino de veraneo, atrayendo a familias y, con el tiempo, a un público que la convirtió en uno de los balnearios más elegidos —y en parte más exclusivos— de la costa atlántica argentina. Cariló, con sus calles de arena sin asfalto y sus casas entre los pinos, se consolidó como el rincón más sofisticado; Valeria del Mar y Ostende mantuvieron su perfil familiar y tranquilo, y el centro de Pinamar, en torno a la Avenida Bunge —llamada así en homenaje al fundador—, se volvió el corazón comercial y social.
En 1978, Pinamar se constituyó en partido propio, separándose de General Madariaga, y quedó integrado por Pinamar, Ostende, Valeria del Mar y Cariló. Hoy, ese conjunto de localidades entre el bosque y el mar es la prueba viva de una idea audaz: que se podía construir una ciudad donde antes solo había dunas movedizas. El bosque que fijó la arena sigue creciendo, y cada verano miles de visitantes disfrutan, muchas veces sin saberlo, del sueño que Jorge Bunge y sus socios plantaron sobre los médanos hace más de ochenta años.
Desde los años 90, Pinamar y sobre todo Cariló sumaron además un capítulo de notoriedad mediática: se convirtieron en el destino de veraneo elegido por buena parte de la clase política, empresarial y artística argentina, lo que multiplicó la cobertura periodística de sus calles arboladas cada enero y consolidó una imagen de balneario 'top' dentro de la costa atlántica. Esa fama convivió siempre con la otra cara de Pinamar, menos citada en los programas de espectáculos: la de un destino familiar, deportivo y accesible en temporada baja, cuando el bosque queda en silencio y las playas, casi vacías, recuperan el aire agreste que tenían los médanos originales antes de que Bunge y sus socios decidieran domesticarlos.