Imaginá caminar por una playa bonaerense con la marea baja y pisar, sin saberlo, la huella de un perezoso gigante de seis metros que pasó por ahí hace 12.000 años. Eso es exactamente lo que ocurre en Pehuén Co: cada bajamar puede dejar al descubierto pisadas fosilizadas de animales extinguidos, y por eso este balneario tranquilo del sudoeste bonaerense es también uno de los yacimientos de huellas fósiles más importantes de Sudamérica. Durante el Pleistoceno —la última gran edad de hielo, que terminó hace unos diez mil años—, por estas tierras caminaban animales hoy extinguidos de tamaño extraordinario: megaterios (perezosos gigantes del tamaño de un elefante), gliptodontes (parientes acorazados de los armadillos), macrauquenias, toxodontes, grandes aves y otros representantes de una fauna asombrosa. Al desplazarse sobre suelos blandos y húmedos cercanos a la costa, dejaron sus pisadas marcadas en el barro.
Con el paso del tiempo, esas huellas se cubrieron de sedimentos y se fosilizaron, convirtiéndose en icnitas: huellas fósiles que registran no los huesos del animal, sino su rastro, su paso por el paisaje. La erosión costera, milenios después, fue dejando al descubierto estos rastros en la franja de playa de Pehuén Co, revelando un verdadero archivo del pasado en el que se pueden 'leer' los movimientos de animales que desaparecieron hace miles de años.
El yacimiento de Pehuén Co —que se extiende hacia el vecino Monte Hermoso— es considerado uno de los sitios de huellas fósiles más importantes de Sudamérica, de valor científico internacional. Junto a las pisadas de la megafauna se han hallado, en sectores cercanos, huellas humanas muy antiguas, lo que aumenta aún más su interés. Es un libro abierto de la prehistoria, expuesto entre la arena y el mar.
La historia humana reciente de Pehuén Co es la de un balneario joven, surgido en el siglo XX en la costa del sudoeste bonaerense, dentro del Partido de Coronel Rosales. Como otros núcleos de la costa atlántica de la provincia, se desarrolló sobre un cordón de médanos que fueron forestados con pinos y tamariscos para fijar las dunas, dar reparo del viento y crear un entorno habitable. De ahí su característico bosque sobre la arena, que da identidad y sombra a la villa.
Su nombre, Pehuén Co, proviene del mapuche y alude al pehuén —la araucaria— aunque, paradójicamente, la forestación local se hizo con pinos y otras especies, no con araucarias. El balneario se consolidó como un destino tranquilo y familiar, de baja densidad, alejado del bullicio de los grandes centros turísticos, atractivo precisamente por su serenidad y su contacto con la naturaleza.
El reconocimiento del enorme valor del yacimiento de huellas fósiles llevó a la creación de la reserva natural que protege el sitio paleontológico, geológico y arqueológico de la zona costera de Pehuén Co y Monte Hermoso. Esa protección convirtió al balneario en un destino doble: por un lado, playa, médanos y bosque para el descanso; por otro, una ventana excepcional a la prehistoria sudamericana. Esa combinación —rara en cualquier playa del mundo— es hoy el mayor distintivo de Pehuén Co.
El estudio sistemático de las huellas fósiles de Pehuén Co y Monte Hermoso cobró impulso en las últimas décadas del siglo XX, cuando paleontólogos e investigadores de universidades y museos —en particular del ámbito de Bahía Blanca y la Universidad Nacional del Sur— comenzaron a relevar, documentar y datar los rastros que la erosión costera iba dejando al descubierto. Lo que para muchos veraneantes eran simples marcas en la roca de la playa resultó ser un archivo paleontológico de relevancia mundial.
Uno de los hallazgos más emocionantes fue el de huellas humanas antiguas en el área de Monte Hermoso, con una antigüedad estimada en torno a los 7.000 años, que se cuentan entre los registros de pisadas humanas más antiguos de la Argentina. Junto a las icnitas de la megafauna —megaterios, gliptodontes, macrauquenias, aves y carnívoros—, estas huellas humanas convierten al yacimiento en un testimonio excepcional de la coexistencia y la sucesión de la vida en la región a lo largo de milenios.
La fragilidad del sitio es uno de sus grandes desafíos: las huellas, expuestas a las mareas, el oleaje, el viento y la acción humana, se deterioran con facilidad. Por eso la investigación va de la mano de la conservación: se documentan con réplicas y registros detallados, y las visitas se realizan de forma guiada y controlada para protegerlas. El yacimiento es, así, un laboratorio al aire libre donde la ciencia corre una carrera contra la erosión para preservar la memoria del Pleistoceno sudamericano.
Hoy, Pehuén Co vive el equilibrio entre dos vocaciones: la de balneario tranquilo de descanso y la de custodio de un patrimonio paleontológico único. La Reserva Natural Provincial Pehuén Co-Monte Hermoso protege legalmente el yacimiento, y su gestión —ligada al Museo de Ciencias Naturales Vicente Di Martino de Monte Hermoso— combina la investigación, la educación ambiental y un turismo científico de bajo impacto. Las visitas guiadas, con cupos reducidos y horarios sujetos a las mareas, buscan acercar a los visitantes a este tesoro sin ponerlo en riesgo.
Ese perfil de turismo responsable es coherente con la identidad del balneario: pequeño, arbolado, de baja edificación y baja densidad, pensado para el veraneo familiar antes que para el turismo masivo. Las playas amplias, el bosque de pinos y tamariscos sobre los médanos y la cercanía de Monte Hermoso completan una oferta serena, en la que el mayor lujo es la tranquilidad y el contacto con la naturaleza.
La figura de Pehuén Co como destino combina, entonces, lo recreativo y lo educativo de un modo poco común. Quien lo visita puede pasar la mañana caminando entre huellas de animales que se extinguieron hace milenios y la tarde disfrutando del mar y el bosque. Esa síntesis de playa y prehistoria —avalada por la ciencia y protegida por una reserva— hace de este rincón del sudoeste bonaerense un lugar verdaderamente singular en el panorama turístico argentino.
Esa combinación explica también por qué, a diferencia de otros balnearios bonaerenses que crecieron en altura y densidad de edificación, Pehuén Co mantuvo un perfil bajo casi por decisión implícita: construir en exceso hubiera puesto en riesgo tanto la estabilidad de los médanos como el propio yacimiento paleontológico que la erosión va revelando año tras año en la costa. Esa tensión entre desarrollo turístico y conservación es, de hecho, uno de los debates permanentes en la gestión de la reserva, y explica por qué el acceso a las huellas sigue siendo guiado, acotado y sujeto a las mareas en lugar de abierto y masivo.
Para quien planea la visita, vale la pena coordinar la salida a la reserva con la marea baja —los propios guías del Museo Di Martino ajustan los horarios según la tabla de mareas de cada semana— y complementarla con una caminata por el bosque de pinos o una tarde de pesca en la costa. Así, un par de días en Pehuén Co alcanzan para conocer, en un mismo viaje, un capítulo de la prehistoria sudamericana y un rincón tranquilo del litoral atlántico argentino, dos caras de una misma costa que sigue, literalmente, revelando su pasado con cada marea.