¿Sabías que el nombre de esta tierra nació de una fogata? Cuando la expedición de Magallanes cruzó el estrecho en 1520, los marineros vieron decenas de fuegos ardiendo en la costa: eran las fogatas de los yámanas, que las mantenían encendidas día y noche para sobrevivir al frío extremo, incluso navegando desnudos en canoas de corteza en pleno invierno austral. De ahí, «Tierra del Fuego». Hoy, quien camina la Senda Costera del parque pisa literalmente el mismo litoral donde ese pueblo vivió durante miles de años.
Mucho antes de que existiera el parque, las costas del canal Beagle estuvieron habitadas durante miles de años por los yámanas (también llamados yaganes), uno de los pueblos canoeros más australes del planeta. Junto con los selk'nam (onas) del interior y los kawésqar y haush, formaban parte de los pueblos originarios de Tierra del Fuego, adaptados a uno de los climas más rigurosos de la Tierra.
Los yámanas eran navegantes excepcionales: recorrían los canales fueguinos en canoas de corteza, mantenían el fuego encendido a bordo (de ahí, en parte, el nombre 'Tierra del Fuego' que le dieron los navegantes europeos al ver las fogatas desde el mar) y vivían de la pesca, la caza de lobos marinos y la recolección de mariscos. A lo largo de la actual Senda Costera del parque aún se conservan 'concheros', montículos de valvas de moluscos acumuladas durante generaciones, testimonio silencioso de esa presencia milenaria.
La llegada de europeos, misioneros y colonos en el siglo XIX trajo enfermedades y desplazamientos que diezmaron trágicamente a estos pueblos en pocas décadas. Hoy, la memoria yámana es parte esencial del relato del parque y del extremo sur fueguino, y los sitios arqueológicos costeros recuerdan a quienes fueron los verdaderos primeros habitantes de estas tierras.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el Estado argentino impulsó la colonización del extremo sur instalando en Ushuaia un presidio para reincidentes y reos peligrosos. La cárcel del fin del mundo, inaugurada formalmente a comienzos del siglo XX, se convirtió en el motor económico y poblacional de la incipiente Ushuaia: los presos eran mano de obra para construir edificios, caminos y obras públicas.
Una de las tareas más características fue la explotación de leña en los bosques cercanos. Para transportarla hasta la ciudad, los presos construyeron y operaron un ferrocarril de trocha angosta que se internaba en el valle del río Pipo, dentro de lo que hoy es el parque nacional. Aquel 'tren de los presos' funcionó durante décadas vinculado a la vida del penal.
El presidio cerró a mediados del siglo XX, pero su legado quedó marcado en el paisaje y en la historia fueguina. El antiguo trazado ferroviario fue recuperado más tarde como atracción turística: el actual Tren del Fin del Mundo recorre parte de aquel recorrido histórico, permitiendo al visitante asomarse a esta dura página del poblamiento patagónico mientras atraviesa los bosques del parque.
El Parque Nacional Tierra del Fuego fue creado por ley en 1960, con el objetivo de proteger el extremo sur del bosque andino-patagónico y los ecosistemas costeros del canal Beagle. Es el único parque nacional argentino que combina bosque subantártico, turbales, montañas y litoral marino, y el más austral de todo el sistema de áreas protegidas del país.
Su territorio abarca cerca de 69.000 hectáreas, de las cuales solo una porción está habilitada al uso público; el resto se mantiene como reserva estricta para la conservación. El parque protege especies emblemáticas de la flora fueguina, como la lenga, el ñire y el guindo (coihue de Magallanes), y de la fauna, como el cauquén, el carpintero gigante, el zorro colorado fueguino y diversas aves marinas y costeras.
Uno de los grandes desafíos de conservación del parque es el castor canadiense, introducido en la isla en 1946 con fines peleteros. Sin depredadores naturales, los castores se multiplicaron y sus diques inundan y matan grandes extensiones de bosque, alterando profundamente los ríos. Hoy el manejo de esta especie invasora es una de las prioridades ambientales de Tierra del Fuego, y sus huellas son visibles en varios senderos del parque, como el Paseo de la Castorera.
El nombre 'Tierra del Fuego' nació en 1520, cuando la expedición de Fernando de Magallanes avistó, desde el estrecho que hoy lleva su nombre, las numerosas fogatas que los pueblos originarios mantenían encendidas en la costa. Los navegantes la llamaron primero 'Tierra de los Humos' y luego 'Tierra del Fuego', un nombre que quedaría para siempre asociado a este archipiélago del extremo austral de América.
Durante siglos, la región fue un territorio temido y poco conocido por los europeos, de mares bravíos y clima inhóspito. En el siglo XIX, las expediciones científicas británicas a bordo del HMS Beagle —que da nombre al canal que bordea el parque— cartografiaron estas costas. En el segundo viaje del Beagle, entre 1831 y 1836, participó un joven naturalista llamado Charles Darwin, cuyas observaciones sobre los pueblos fueguinos y la naturaleza de la región tendrían honda influencia en su pensamiento posterior.
Más tarde llegaron misioneros anglicanos y, hacia fines del siglo XIX, la presencia del Estado argentino y chileno, que se repartieron la isla. La fundación de la Misión y luego de Ushuaia, la instalación del presidio y la colonización transformaron definitivamente la región. El canal Beagle, los topónimos ingleses y la memoria de aquellas exploraciones siguen presentes en el paisaje del parque, que conserva el carácter remoto y sobrecogedor que impresionó a los primeros navegantes.
Visitar hoy el Parque Nacional Tierra del Fuego es recorrer, sin saberlo del todo, varias capas de historia superpuestas. El punto más fotografiado, Bahía Lapataia, no es solo el final geográfico de la Ruta Nacional 3 —a 3.063 km de Buenos Aires— sino también, siglos atrás, un sitio de asentamiento yámana: los concheros que se ven a lo largo de la Senda Costera son basureros arqueológicos de miles de años, formados por generaciones que descartaban allí las valvas de los mariscos que comían.
Quien camina la Senda Costera, unos 8 km entre Bahía Ensenada y Lapataia, recorre en 3 o 4 horas bosques de lenga y guindo, playas de conchilla y pequeñas bahías donde anidan aves marinas. Es, junto con el ascenso al Cerro Guanaco —una jornada completa de trekking exigente con vistas al Lago Roca (Acigami), el canal Beagle y la frontera con Chile—, la experiencia más completa para entender por qué este paisaje fue a la vez refugio de pueblos originarios, condena para presos y hoy destino de miles de visitantes por año.
El Tren del Fin del Mundo cierra el círculo histórico: recorre parte del trazado original que los presos del penal de Ushuaia usaban para extraer leña del valle del río Pipo a comienzos del siglo XX. Lo que empezó como una vía de trabajo forzado es hoy una experiencia turística de unos 50 minutos por trayecto, con guías que narran esa historia mientras el tren avanza entre el mismo bosque que vieron los presos hace más de cien años. Pocas experiencias en Argentina condensan tanto —pueblos originarios, exploración europea, castigo estatal y conservación ambiental— en un espacio tan acotado y remoto.