Hay un río en Sudamérica que transporta tantos sedimentos que se entierra a sí mismo: el Pilcomayo, que baja de los Andes bolivianos cargado de arena y limo, pierde su cauce en la llanura chaqueña y se desparrama en bañados, esteros y lagunas que cambian de lugar con los años. Es uno de los pocos grandes ríos del mundo que no llega entero a destino —buena parte de sus aguas se evapora o se infiltra en el Chaco— y ese comportamiento anárquico creó, en el extremo noreste de Formosa, el paraíso de humedales que hoy protege el Parque Nacional Río Pilcomayo.
El parque se encuentra en la región del Chaco húmedo oriental, una franja de la gran llanura chaqueña donde las lluvias —más de 1.200 mm anuales— y los desbordes de los ríos generan un mosaico de esteros, lagunas, sabanas de palmeras caranday y montes. Es un ambiente de transición, de enorme riqueza biológica, modelado por el agua y el clima subtropical: el mismo río que da nombre al parque marca aquí la frontera de la Argentina con el Paraguay.
Este territorio fue, durante milenios, hábitat de pueblos originarios del Chaco y una región de difícil acceso, lo que ayudó a preservar su carácter natural. Su valor ecológico —como muestra del Chaco húmedo y como refugio de fauna— sería la razón que, a mediados del siglo XX, llevaría a protegerlo bajo la figura de parque nacional.
El Parque Nacional Río Pilcomayo fue creado por la Ley 14.073, sancionada el 29 de septiembre de 1951, en el marco de la expansión del sistema de parques nacionales argentinos que buscaba proteger muestras representativas de los distintos ambientes del país. Mientras los primeros parques se habían concentrado en la cordillera patagónica y en las cataratas del Iguazú, la creación de Río Pilcomayo respondía a la necesidad de conservar también los ecosistemas del norte y del Chaco, hasta entonces poco representados.
El parque original era un gigante: abarcaba unas 285.000 hectáreas del noreste formoseño. Pero en 1968, presiones por el uso productivo de las tierras llevaron a una drástica reducción a las 51.889 hectáreas actuales, menos de una quinta parte de la superficie inicial. Aun así, el área conservada resguarda un sector típico del Chaco húmedo oriental, con sus esteros, lagunas, palmares y montes, y la fauna asociada, en una región donde el avance de la agricultura, la ganadería y la explotación forestal (especialmente del quebracho) transformó casi todo el paisaje circundante. El parque se convirtió así en un refugio para especies amenazadas y en un testimonio de lo que fue la región.
El reconocimiento internacional llegó el 4 de mayo de 1992, cuando sus humedales fueron declarados Humedal de Importancia Internacional por la Convención Ramsar —uno de los primeros sitios Ramsar de la Argentina—. Con el tiempo, el parque se organizó en dos áreas de uso público —Laguna Blanca y Estero Poí— que permiten al visitante conocer sus ambientes sin comprometer su conservación, con la gestión de la Administración de Parques Nacionales y el trabajo cotidiano de los guardaparques.
El Parque Nacional Río Pilcomayo cumple un papel fundamental en la conservación de la biodiversidad del Chaco húmedo, una de las regiones más amenazadas del país por el avance de la frontera agropecuaria y la deforestación. Dentro de sus límites encuentran refugio numerosas especies, entre ellas mamíferos emblemáticos y amenazados como el aguará guazú —el gran cánido de crin de los esteros—, el oso hormiguero gigante, el tatú carreta (el armadillo más grande del mundo) y diversos felinos, además de las dos especies de yacaré (overo y negro), carpinchos, monos carayá y una fauna chaqueña diversa. La laguna Blanca, con sus aguas someras y cálidas, concentra una de las poblaciones de yacarés más visibles del país: verlos asolearse junto a las pasarelas es casi una garantía.
El parque es especialmente reconocido por su avifauna: la combinación de ambientes acuáticos y terrestres lo convierte en uno de los grandes destinos de observación de aves de la Argentina, con alrededor de 300 especies registradas, desde garzas, cigüeñas y chajás hasta el ñandú y las rapaces de la sabana. Esta riqueza ha hecho que sea valorado tanto por la comunidad científica como por los observadores de aves de todo el mundo, y explica su designación como sitio Ramsar en 1992.
En las últimas décadas, el parque se ha ido integrando a la oferta de turismo de naturaleza de la provincia de Formosa, junto con otros atractivos como el Bañado La Estrella. Su carácter remoto y poco masivo es, justamente, parte de su encanto: ofrece una experiencia de inmersión en el Chaco profundo, con la posibilidad de observar fauna en libertad y de conocer un ambiente que, fuera de las áreas protegidas, está cada vez más amenazado. Río Pilcomayo es, en ese sentido, un testimonio vivo del valor de conservar la naturaleza del norte argentino.
La región donde hoy se encuentra el parque fue, durante milenios, territorio de pueblos originarios del Gran Chaco, en especial los qom (tobas), los pilagá y los wichí, comunidades cazadoras-recolectoras y pescadoras que vivían en estrecha relación con los ríos, los esteros y los montes. El río Pilcomayo y sus bañados eran fuente de pesca, agua y recursos, y estructuraban la vida de estas sociedades, que conocían a fondo los ciclos del agua y la fauna de la región.
Estos pueblos desarrollaron un profundo conocimiento del ambiente chaqueño: las plantas útiles, los comportamientos de los animales, los tiempos de las crecidas. Su forma de vida, adaptada a un entorno exigente y cambiante, dejó una huella cultural que perdura hasta hoy en las comunidades originarias de Formosa, muchas de las cuales habitan en las cercanías del parque.
La colonización, el avance de la frontera agropecuaria, la explotación forestal del quebracho y la conformación del Estado argentino en la región, entre fines del siglo XIX y el XX, transformaron drásticamente este territorio y la vida de sus habitantes originarios, en un proceso a menudo violento. El parque nacional, al conservar una muestra del Chaco húmedo en su estado natural, preserva también el paisaje ancestral que estos pueblos habitaron durante miles de años.