Antes de los hoteles alpinos, del chocolate y de las aerosillas, este lago inmenso ya tenía nombre de felino: Nahuel Huapi, 'isla del tigre' en mapudungun —de 'nahuel', el felino (el yaguareté o, más probablemente en estas latitudes, el puma), y 'huapi', isla—. Los pueblos originarios que habitaron sus costas durante milenios, mapuches y antes otros cazadores-recolectores, conocían cada brazo, cada península y cada paso cordillerano de este territorio de aguas, bosques y montañas, y dejaron su lengua grabada en todo el mapa de la región.
El gran lago de origen glaciar, con sus numerosos brazos e islas, era el eje de la vida: vía de comunicación, fuente de recursos y referencia del paisaje. Los bosques que lo rodean —de coihues, lengas, cipreses y los singulares arrayanes— y las montañas nevadas conformaban un entorno de gran riqueza natural, y la zona fue durante siglos un paso entre las vertientes argentina y chilena de la cordillera, transitado por los pueblos andinos.
La primera presencia europea llegó por el oeste y en nombre de la fe: en el siglo XVII, jesuitas provenientes de Chile —atraídos también por la leyenda de la 'Ciudad de los Césares', una ciudad fabulosa que se creía escondida en la Patagonia— alcanzaron el lago. En 1670, el padre Nicolás Mascardi fundó una misión en la península Huemul del Nahuel Huapi; murió pocos años después en tierras tehuelches, y la misión terminó destruida a comienzos del siglo XVIII. Su nombre quedó en el mapa: el lago Mascardi, camino al Tronador, lo recuerda. Con el avance del Estado argentino sobre la Patagonia a fines del siglo XIX —la llamada 'Conquista del Desierto'—, la región se integró al país, en un proceso que tuvo un fuerte costo para los pueblos originarios, cuyas comunidades siguen presentes y reivindican hoy su vínculo ancestral con el territorio.
Hacia fines del siglo XIX, la región del Nahuel Huapi fue objeto de exploraciones científicas y de un incipiente poblamiento. El perito Francisco Pascasio Moreno llegó al lago por primera vez en 1876 —fue el primer explorador argentino en alcanzarlo desde el Atlántico— y volvió una y otra vez en sus expediciones patagónicas, dejando testimonio del valor paisajístico y científico del lago y sus alrededores. Su trabajo en la demarcación de límites con Chile, a comienzos del siglo XX, lo vinculó para siempre con este territorio.
Al mismo tiempo, llegaron colonos de distintos orígenes —chilenos, alemanes, suizos, italianos, españoles— que se asentaron en torno al lago. En 1902 quedó formalmente fundada San Carlos de Bariloche, que empezó como un pequeño poblado vinculado al comercio a través de la cordillera con Chile: la primitiva casa de comercio del alemán Carlos Wiederhold, 'San Carlos', le dio la mitad del nombre. La impronta centroeuropea de aquellos colonos marcaría para siempre la arquitectura, la gastronomía (el chocolate, las casas de té) y la identidad de la ciudad.
La llegada del ferrocarril en 1934, que conectó Bariloche con el resto del país, fue decisiva: transformó al pueblo remoto en un destino accesible y disparó su desarrollo turístico. Ese mismo año, la creación formal del parque nacional pondría a la región en el centro de un proyecto de Estado sin precedentes en Sudamérica.
El origen del Parque Nacional Nahuel Huapi —y del sistema de parques nacionales argentino en su conjunto— se remonta a un gesto fundacional. El 6 de noviembre de 1903, el explorador y naturalista Francisco Pascasio Moreno donó al Estado nacional tres leguas cuadradas de las tierras que había recibido como recompensa por sus servicios en la demarcación de límites con Chile, con la expresa voluntad de que se conservaran como 'parque público natural' para el disfrute de las generaciones futuras. Moreno se inspiraba en el modelo de Yellowstone, el primer parque nacional del mundo (1872): con su donación, la Argentina se convirtió en pionera de la conservación en América Latina.
Aquella donación en la zona del brazo Blest del lago Nahuel Huapi es considerada el germen de los parques nacionales argentinos. A partir de ella se conformó, primero, el llamado Parque Nacional del Sud, creado por decreto en 1922 sobre una superficie mucho mayor, antecedente directo del parque actual.
En 1934, con la sanción de la Ley 12.103 —que creó la Dirección de Parques Nacionales y dio marco legal a la institución—, el área fue establecida formalmente como Parque Nacional Nahuel Huapi, junto con Iguazú. Esto lo convierte en el parque nacional más antiguo del país. Moreno, que había muerto pobre en 1919, no llegó a ver el resultado de su gesto; sus restos descansan hoy en la Isla Centinela del lago Nahuel Huapi, frente a los paisajes que quiso proteger, y los catamaranes que navegan hacia Puerto Blest lo saludan al pasar.
El primer presidente de la Dirección de Parques Nacionales, el abogado Exequiel Bustillo, entendió el parque como una herramienta de desarrollo y de soberanía: había que poblar, construir y atraer turismo a la frontera andina. Bajo su gestión (1934-1944), el Estado desplegó en Nahuel Huapi un plan de obras monumental que definió la imagen 'alpina' de Bariloche que hoy conocemos: caminos panorámicos como el Circuito Chico, hosterías, capillas, puentes y el trazado urbano de la ciudad.
La joya del proyecto fue el Hotel Llao Llao, diseñado por Alejandro Bustillo —hermano del director— sobre una colina entre los lagos Moreno y Nahuel Huapi: inaugurado en 1938, construido en madera y piedra, se incendió por completo en octubre de 1939 y fue reconstruido y reabierto en 1940, ya con materiales incombustibles. El Centro Cívico de Bariloche, inaugurado en 1940 con su piedra verde local y sus arcadas, y los primeros medios de elevación del Cerro Catedral —pionero del esquí sudamericano— completaron el conjunto. Pocas veces en la historia argentina un parque nacional moldeó tanto una ciudad.
Ese impulso convirtió a Bariloche en 'la Suiza argentina' y al Nahuel Huapi en el destino de naturaleza más famoso del país, meta de los viajes de egresados, del turismo social de mediados del siglo XX y, más tarde, del turismo internacional. La arquitectura de esa época —el estilo 'Bustillo' de piedra, madera y techos empinados— sigue siendo la postal de la región.
Desde su creación, el Parque Nacional Nahuel Huapi creció junto con Bariloche hasta transformarse en el destino patagónico por excelencia. Con más de 700.000 hectáreas, protege un mosaico de ambientes que va del bosque andino-patagónico húmedo y la selva valdiviana, en el oeste, a la estepa en el este, pasando por lagos, glaciares, ríos y altas cumbres como el Tronador, de 3.478 metros. Alberga especies emblemáticas como el huemul, el pudú, el huillín (una nutria nativa en peligro), el cóndor andino y bosques de coihue, lenga, ciprés de la cordillera y el singular arrayán.
En 1971, la península de Quetrihué —con su célebre bosque de arrayanes centenarios de troncos color canela— fue separada del Nahuel Huapi para crear el Parque Nacional Los Arrayanes, un parque propio de poco más de 1.700 hectáreas que funciona en la práctica como un anexo del conjunto y se visita por navegación desde Villa La Angostura o Bariloche. La Isla Victoria, la mayor del lago, guarda además su propia historia: fue estación forestal desde principios del siglo XX y conserva pinturas rupestres y bosques implantados que conviven con los nativos.
Hoy, el principal desafío del Nahuel Huapi es equilibrar la conservación de su patrimonio natural con la presión de un turismo masivo y el crecimiento urbano de Bariloche y Villa La Angostura. Los incendios forestales —como los que afectaron miles de hectáreas en veranos recientes—, las especies exóticas invasoras (el ciervo colorado, el visón americano, la trucha en sus ríos) y la urbanización son sus principales amenazas. La Administración de Parques Nacionales, junto con comunidades mapuches que reivindican su presencia ancestral en el territorio, gestiona un área que es, a la vez, un tesoro natural y el corazón turístico de la Patagonia argentina.