Cuando los egipcios levantaban las primeras pirámides, cuando Roma todavía no existía ni como aldea, un árbol ya crecía, lentísimo, en un rincón húmedo de la cordillera patagónica. Ese árbol —hoy lo llamamos el 'Abuelo'— sigue en pie. Es, probablemente, uno de los seres vivos más antiguos que un ser humano puede tocar con la mano en toda la Argentina, y está a pocas horas de Esquel.
El protagonista absoluto del parque es el alerce (Fitzroya cupressoides), llamado lahuán por los pueblos originarios, una conífera nativa de los bosques templados de la Patagonia andina y el sur de Chile. Es uno de los árboles más longevos del planeta: algunos ejemplares superan los 2.000 e incluso los 3.000 años de edad, lo que los convierte en seres vivos contemporáneos de civilizaciones antiquísimas. Crecen muy lentamente, alcanzan grandes alturas y diámetros, y forman bosques húmedos de extraordinario valor ecológico.
Precisamente por su longevidad, su porte y la calidad de su madera —resistente, duradera y muy apreciada—, el alerce fue históricamente objeto de una intensa explotación maderera. Durante décadas, la tala se cebó con estos bosques milenarios, talando ejemplares que habían tardado siglos o milenios en crecer y que no se recuperarían en muchas generaciones humanas. La presión sobre el alerce puso en riesgo a la especie y a sus bosques, alertando sobre la necesidad de protegerlos.
Ese valor —y esa amenaza— fue el motor de la creación del parque. Proteger los últimos grandes bosques de alerce, en especial los alerzales milenarios como el del lago Menéndez, se volvió una prioridad de conservación. Hoy el alerce es una especie protegida, símbolo de la lucha por preservar el patrimonio natural patagónico, y el 'Abuelo' —un ejemplar de más de dos milenios— es el emblema viviente del parque y de esa causa.
La amenaza sobre el alerce no era nueva ni exclusivamente argentina: desde la época colonial, en el sur de Chile, la extracción de esta madera —extremadamente resistente a la putrefacción y muy codiciada para tablas y tejuelas— ya había arrasado los alerzales costeros, obligando a los madereros a internarse cada vez más lejos, montaña arriba, en busca de ejemplares. Para cuando el fenómeno se replicó del lado argentino de la cordillera, a comienzos del siglo XX, la lección ya estaba clara: sin protección, un bosque que tarda milenios en formarse podía desaparecer en apenas unas décadas de motosierra.
El Parque Nacional Los Alerces nació el 11 de mayo de 1937, cuando el decreto 105.433 del presidente Agustín P. Justo declaró reservas nacionales con destino a parques nacionales a cuatro grandes territorios patagónicos, en la etapa fundacional del sistema de parques argentino. El objetivo central era proteger los bosques de alerce del oeste chubutense, amenazados por la explotación maderera, junto con los lagos, ríos y bosques valdivianos de la región andina. Un dato curioso: durante más de tres décadas, el actual Parque Nacional Lago Puelo, 115 km al norte, se administró como simple 'anexo' de Los Alerces, hasta que la ley 19.292 lo independizó en 1971.
A diferencia de otros parques patagónicos que se transformaron en grandes centros turísticos masivos, Los Alerces conservó un perfil más tranquilo y prístino, con la base principal en la Villa Futalaufquen, a orillas del lago homónimo, y con las cercanas Esquel y Trevelin como ciudades de servicios. Su atractivo se centró en la naturaleza: la navegación al Alerzal Milenario, los lagos turquesa, el trekking, la pesca y el contacto con un bosque excepcionalmente conservado.
El reconocimiento internacional culminó en 2017, cuando la UNESCO declaró al Parque Nacional Los Alerces Patrimonio de la Humanidad, en virtud del valor excepcional de sus bosques templados patagónicos y de sus alerces milenarios, considerados un ejemplo sobresaliente de estos ecosistemas y de su biodiversidad. Esa distinción reforzó la protección del parque y consolidó su prestigio como uno de los grandes santuarios naturales de la Argentina, donde el tiempo se mide en milenios a la sombra de los alerces.
Mucho antes de su creación como parque, la región de Los Alerces estuvo habitada por pueblos originarios que recorrían los bosques, lagos y valles de la cordillera chubutense. Los tehuelches y, más tarde, los mapuche-tehuelches dejaron su huella en el territorio, aprovechando los recursos del bosque y del agua y manteniendo una relación profunda con el paisaje. El propio nombre del alerce, 'lahuán', proviene de la lengua de estos pueblos.
En algunos aleros y paredones rocosos del parque se conservan pinturas rupestres, testimonio de esa presencia humana antigua. Estas manifestaciones, junto con los nombres de origen indígena de lagos y ríos (Futalaufquen, Menéndez, Rivadavia, Arrayanes), recuerdan que el bosque milenario fue también escenario de la vida de comunidades que lo habitaron durante generaciones.
La Conquista del Desierto y la posterior colonización transformaron la región a fines del siglo XIX y principios del XX, con la llegada de pobladores criollos y, notablemente, de colonos galeses que se asentaron en el valle del Chubut y en Trevelin, cuya herencia cultural —las casas de té, la torta negra, los topónimos— pervive en la zona. Esa diversidad de capas históricas, originaria, criolla y galesa, forma parte de la identidad del entorno del parque.
Hoy, con el respaldo de su condición de Patrimonio de la Humanidad, el Parque Nacional Los Alerces es un referente de conservación de los bosques templados patagónicos. La gestión de la Administración de Parques Nacionales combina la protección estricta de los alerzales milenarios, la investigación científica sobre la longevidad y la ecología del alerce, y el desarrollo de un turismo de naturaleza de bajo impacto. El estudio del 'Abuelo' y de otros ejemplares aporta datos valiosos sobre el clima del pasado y la dinámica del bosque.
El parque enfrenta desafíos ambientales significativos: el riesgo de incendios forestales, agravado por las sequías y el cambio climático —el gran incendio del verano de 2024 arrasó miles de hectáreas de bosque en el sector norte, uno de los más graves de la historia del parque—; la presencia de especies exóticas; y la necesidad de equilibrar el flujo turístico con la fragilidad de los ambientes, en especial el acceso al Alerzal Milenario, que se realiza de forma regulada y con cupos.
Para el visitante, Los Alerces ofrece una experiencia distinta a la de los destinos patagónicos más masivos: naturaleza prístina, silencio, aguas turquesa y la posibilidad de pararse frente a un árbol que vio nacer civilizaciones enteras. La conservación de este patrimonio —milenario e irremplazable— depende de un turismo consciente y de la continuidad de las políticas de protección, para que los alerzales sigan creciendo, lentísimos y eternos, durante los próximos milenios.