En pleno desierto pampeano, donde durante kilómetros no hay una sola gota de agua a la vista, hay un puñado de rocas rosadas que durante miles de años decidió la diferencia entre la vida y la muerte. Eso son, en el fondo, las sierras de Lihué Calel: no una montaña más, sino la única fuente de agua confiable en cientos de kilómetros a la redonda, un dato que explica por qué generaciones enteras de pueblos originarios, y después ejércitos completos, pelearon por controlarlas.
Las sierras de Lihué Calel fueron, durante miles de años, un punto de atracción para los pueblos originarios del centro del país. La razón es sencilla: en medio del monte árido del sur pampeano, donde el agua escasea, estas sierras de granito retienen humedad, generan aguadas y jagüeles, y concentran vegetación y fauna. Eran, literalmente, un oasis de vida, de donde proviene su nombre mapuche, 'sierra de la vida'.
Esa importancia como sitio de agua y refugio quedó plasmada en las manifestaciones de arte rupestre que se conservan en aleros y paredones de roca, especialmente en el llamado Valle de las Pinturas. Allí, antiguos pobladores dejaron motivos pintados que testimonian su paso y su vínculo con el lugar a lo largo de generaciones. Estas pinturas constituyen uno de los principales valores culturales del parque.
Los grupos que habitaron y transitaron la región pertenecían a distintas tradiciones de cazadores-recolectores adaptados al ambiente del monte y la estepa. Las sierras funcionaban como hito en el paisaje, fuente de recursos y lugar de encuentro, integradas en redes de movilidad y aprovechamiento que abarcaban amplias zonas de la pampa y la Patagonia.
El 21 de marzo de 1884, en el fortín Ñorquín, en el actual Neuquén, un hombre se rindió junto a unos 240 seguidores hambrientos y desarmados, y con él se apagó, en los hechos, la última gran resistencia indígena de la pampa argentina: Manuel Namuncurá, hijo del poderoso Calfucurá, entregó las armas ante las tropas nacionales. Pocos años antes, las sierras de Lihué Calel habían sido uno de sus últimos bastiones.
Durante el siglo XIX, las sierras de Lihué Calel cobraron protagonismo en los conflictos entre el Estado argentino y los pueblos originarios de la pampa y la Patagonia. La región estaba bajo la influencia de importantes caciques, y las sierras, por su agua y su carácter de reparo, eran un sitio estratégico. En el marco de la Conquista del Desierto, la campaña militar que en 1879, bajo el mando del general Julio A. Roca, avanzó sobre los territorios indígenas, Lihué Calel fue escenario directo de los enfrentamientos: allí Namuncurá intentó reorganizar sus fuerzas frente al avance de las tropas del general Nicolás Levalle, replegándose junto a su familia y los restos de su pueblo hacia lo que llamaban, con toda razón, 'las sierras de la vida'.
La resistencia se prolongó unos años más, hasta que la rendición de Namuncurá en marzo de 1884 —seguida en enero de 1885 por la de otro gran cacique, Valentín Sayhueque— extinguió las últimas esperanzas de autonomía indígena en la región pampeano-patagónica. El desenlace de estas campañas significó la incorporación definitiva de la región al dominio estatal y la apertura de las tierras a la colonización. Uno de los hijos de Namuncurá, Ceferino, sería más tarde beatificado por la Iglesia Católica, convirtiéndose en un símbolo de la historia mapuche-tehuelche del sur argentino. La memoria de estos hechos —la larga presencia originaria y su trágico final— forma parte del relato histórico que hoy interpreta el parque, junto con los valores naturales de las sierras.
Tras la incorporación de las tierras al Estado y su reparto, la zona de las sierras pasó a integrar establecimientos ganaderos. En particular, las sierras y su entorno formaron parte de la estancia Santa María de Lihuel Calel, una explotación rural cuyo casco aún conserva restos dentro del actual parque, testimonio de la etapa de uso agropecuario del lugar.
Con el correr del siglo XX, el reconocimiento del valor natural y cultural de las sierras —su biodiversidad de oasis, su flora endémica, su fauna y su arte rupestre— llevó a impulsar su protección. Así, en 1977 se creó el Parque Nacional Lihué Calel, con el objetivo de conservar este enclave serrano único en medio del monte pampeano.
Desde entonces, la Administración de Parques Nacionales gestiona las más de 32.000 hectáreas del área, regulando el uso público, los senderos y la conservación de los sitios arqueológicos. El parque combina hoy la protección de la naturaleza con la puesta en valor de la historia del lugar, ofreciendo al visitante una síntesis del paisaje, la vida silvestre y la memoria de la región sur de La Pampa.
El secreto de Lihué Calel está en su geología. Las sierras, formadas por antiguas rocas de origen volcánico y granítico de tonos rosados, emergen apenas unos cientos de metros sobre la llanura, pero esa diferencia basta para cambiarlo todo. Las rocas captan y retienen el agua de las escasas lluvias, alimentando aguadas, jagüeles y arroyos temporarios que crean un microclima más húmedo. Por eso, mientras alrededor se extiende el monte árido, en las sierras prospera una vegetación más densa y diversa.
Ese efecto de oasis explica la riqueza biológica del parque: flora con especies endémicas y adaptaciones a la aridez, y una fauna que incluye guanacos, maras, vizcachas, pumas, zorros y abundante avifauna. Tras las lluvias, el monte estalla en floraciones que tapizan las laderas de colores, uno de los espectáculos más buscados por los visitantes. Lihué Calel es, en este sentido, un laboratorio natural de cómo la geología modela la vida.
La conservación de este enclave enfrenta desafíos propios de un ambiente frágil y semiárido: la presión del ganado y las especies exóticas en el entorno, el riesgo de incendios, la sequía y el cambio climático, y la necesidad de proteger los sitios arqueológicos del deterioro y el vandalismo. La gestión del parque combina la investigación científica, la educación ambiental y un turismo de bajo impacto, con el objetivo de preservar a la vez el oasis de biodiversidad y la memoria milenaria que guardan estas sierras de la vida.