Hay un árbol en este parque que puede tener más de mil años y sigue dando frutos cada otoño: la araucaria, o pehuén, cuyo piñón alimentó generación tras generación al pueblo que lleva su nombre, los pehuenches. Caminar hoy bajo esas copas en forma de paraguas, con el volcán Lanín asomando nevado al fondo, es caminar por un paisaje que apenas cambió en los últimos mil años, algo casi inaudito en la Patagonia del siglo XXI.
El territorio del Parque Nacional Lanín es, desde tiempos ancestrales, tierra del pueblo mapuche, que habita la región de los lagos y bosques del suroeste neuquino y mantiene una profunda relación con este paisaje de montañas, aguas y pehuenes (araucarias). Para los mapuches, el volcán Lanín, los lagos y los bosques tienen un valor no solo material —como fuente de recursos, entre ellos el piñón de la araucaria— sino también espiritual y cultural, integrados en su cosmovisión.
El volcán Lanín, con su cono nevado casi perfecto que se eleva sobre los 3.700 metros, domina todo el paisaje y es una referencia ineludible de la región. Su silueta, visible desde gran parte del parque y reflejada en los lagos, lo convirtió en un símbolo del lugar y, más tarde, de la provincia del Neuquén. El propio nombre 'Lanín' proviene del mapuche, y suele asociarse a la idea de un peñón o roca que se hunde o muere, en alusión a la montaña.
La presencia mapuche en la región no es solo histórica: numerosas comunidades habitan hoy dentro y en el entorno del parque, y participan de su gestión y de la actividad turística, ofreciendo servicios, camping y experiencias en zonas como los lagos Huechulafquen y Paimún. Esa convivencia entre el área protegida y las comunidades originarias es uno de los rasgos distintivos del Parque Lanín, donde la conservación de la naturaleza se entrelaza con la cultura viva del pueblo mapuche.
El Parque Nacional Lanín nació el 11 de mayo de 1937, cuando el decreto 105.433 del presidente Agustín P. Justo declaró reservas nacionales con destino a parques nacionales a cuatro grandes territorios de la Patagonia —entre ellos este rincón del suroeste neuquino—, en plena etapa fundacional del sistema de parques argentino, con el objetivo de proteger los bosques andino-patagónicos, los lagos y el volcán Lanín. Su creación preservó un sector de la cordillera de enorme valor natural y escénico, con una particularidad botánica notable: la presencia de especies arbóreas que en la Argentina solo se encuentran, o se encuentran sobre todo, en esta región.
Entre esos bosques destacan los de araucaria (pehuén), el árbol milenario y sagrado para los mapuches, que cubre las laderas de mayor altura, así como los bosques de raulí, roble pellín, coihue y otras especies del bosque valdiviano y andino-patagónico. Esta diversidad arbórea, parte de ella exclusiva o casi exclusiva de esta franja cordillerana, convierte al Lanín en un parque botánicamente excepcional, además de un refugio de fauna patagónica.
Con el tiempo, el desarrollo de San Martín de los Andes —sobre el lago Lácar— y de Junín de los Andes consolidó al Lanín como uno de los grandes destinos turísticos de la Patagonia norte. La pesca con mosca de fama internacional, la navegación por los lagos, el trekking, el ascenso al volcán y, en invierno, el esquí en el cerro Chapelco, atrajeron a visitantes de todo el mundo. Hoy el Parque Lanín combina la conservación de sus bosques y lagos, la presencia viva de la cultura mapuche y un turismo de naturaleza de primer nivel, siempre bajo la mirada imponente del volcán que le da nombre.
Durante siglos, el suroeste neuquino fue territorio mapuche y de los pasos cordilleranos que comunicaban ambas vertientes de los Andes. Esa autonomía se quebró con la llamada Campaña del Desierto, la ofensiva militar del Estado argentino que entre 1878 y 1885 sometió a los pueblos originarios de la Patagonia, despojándolos de gran parte de sus tierras e incorporando la región al control estatal. Junín de los Andes, fundada en 1883 como fortín durante esa campaña, es la localidad más antigua del Neuquén y testimonio de aquel proceso.
Tras la conquista militar llegó la colonización: estancieros, inmigrantes europeos y pobladores criollos se asentaron en los valles, dedicándose a la ganadería y la explotación forestal. San Martín de los Andes fue fundada el 4 de febrero de 1898 a orillas del lago Lácar, por el coronel Celestino Pérez siguiendo órdenes del general Rudecindo Roca, con el objetivo explícito de afirmar la soberanía argentina en una zona sensible: el Lácar es, a diferencia de la mayoría de los lagos patagónicos, uno de los pocos que desagua hacia el Pacífico, a través del río Hua Hum y la cuenca del Valdivia, lo que lo volvía estratégicamente delicado en la disputa de límites con Chile. De aquella fundación participaron militares, civiles y también miembros del pueblo mapuche, cuya presencia sigue marcando la identidad de la ciudad. La región fue durante décadas una zona de frontera, ganadera y forestal, antes de que el valor de sus paisajes impulsara su protección.
Las comunidades mapuche, lejos de desaparecer, persistieron y resistieron, y hoy reclaman y ejercen derechos sobre buena parte de este territorio. La historia del Lanín es, por eso, también la historia de la tensión y la convivencia entre el Estado, los colonos y los pueblos originarios, un proceso que sigue vivo en la gestión compartida de varias áreas del parque.
El Parque Nacional Lanín es hoy uno de los ejemplos más avanzados de Argentina en materia de cogestión con pueblos originarios. Numerosas comunidades mapuche habitan dentro de los límites del parque, y desde fines del siglo XX se desarrollaron instancias de manejo conjunto entre la Administración de Parques Nacionales y las comunidades, que administran sectores, prestan servicios turísticos (campings, comidas, artesanías, guiadas) y participan de las decisiones sobre el territorio. El cobro del acceso en portadas como Huechulafquen, gestionado por comunidades, es expresión concreta de ese modelo.
En lo ambiental, el parque enfrenta desafíos como las especies exóticas (ciervo colorado, jabalí, pinos), los incendios forestales y la presión turística sobre sectores sensibles, como los frágiles bosques de araucaria. La conservación del pehuén, árbol milenario y sagrado, es una prioridad, tanto por su valor ecológico como cultural. El monitoreo de la fauna —pudú, huemul, cóndor, aves de bosque— y la restauración de ambientes degradados forman parte de la gestión.
En lo turístico, el Lanín se consolidó como uno de los grandes destinos de la Patagonia norte: la pesca con mosca de fama mundial, la Ruta de los 7 Lagos, el esquí en Chapelco, el ascenso al volcán y la navegación por los lagos atraen a viajeros de todo el mundo. El equilibrio entre ese flujo de visitantes, la conservación de un patrimonio natural excepcional y los derechos de las comunidades mapuche define el presente y el futuro de este parque emblemático.