Hay palmeras en El Palmar que ya estaban en pie cuando San Martín cruzaba los Andes. Ejemplares de más de trescientos años, curtidos por el sol y las crecidas del río Uruguay, que hoy siguen ahí, casi intactos, mientras a su alrededor el paisaje entrerriano cambió por completo. Esa es la primera sorpresa de este parque: no es un bosque cualquiera, es un archivo viviente que se remonta a la época colonial.
El protagonista absoluto es un árbol: la palmera yatay (Butia yatay), especie autóctona del Litoral argentino, sur de Brasil, Uruguay y Paraguay. Es una palmera robusta y longeva, que puede vivir entre dos y cuatro siglos, y que engalana el paisaje con sus flores amarillas y sus frutos dulces, anaranjados —el 'coquito' de yatay—, que tradicionalmente se usaron para elaborar dulces caseros, licores y un aguardiente típico de la costa del Uruguay conocido como 'yatay' o 'caña de palma'.
Los palmares de yatay supieron cubrir extensas zonas del este entrerriano: viajeros y naturalistas de los siglos XVIII y XIX describieron auténticos mares de palmeras a lo largo de la costa del río Uruguay, desde Concordia hasta Gualeguaychú. Pero esos bosques nativos enfrentan una dificultad de fondo: las palmeras yatay tardan muchísimos años en crecer y en alcanzar la madurez, mucho más que un pastizal o un cultivo. Cuando el ganado pastorea libremente y la tierra se destina a la agricultura, los renovales jóvenes de palmera son comidos o eliminados antes de crecer, y el palmar deja de regenerarse. Sin protección, un bosque de yatay se va envejeciendo sin reemplazo, condenado a desaparecer con sus últimos ejemplares ancianos: para cuando alguien se da cuenta, ya es tarde.
Frente a ese retroceso, la respuesta fue convertir uno de los últimos grandes palmares de yatay en un área protegida. El 28 de enero de 1966, mediante la Ley N.º 16.802, se creó el Parque Nacional El Palmar, sobre la costa del río Uruguay, en el departamento Colón, centro-este de Entre Ríos, con el objetivo expreso de preservar una muestra representativa de este ecosistema único y de detener la desaparición de los palmares nativos que, hasta el siglo XIX, cubrían buena parte del este entrerriano.
El parque abarca 8.213 hectáreas (algunas fuentes históricas hablan de 8.350), en las que conviven los palmares con pastizales, montes de espinal y selva en galería a lo largo de los arroyos y del río. Al excluir el ganado y la agricultura intensiva, el área protegida permitió que el palmar volviera a regenerarse: junto a las palmeras centenarias, hoy crecen renovales jóvenes que aseguran la continuidad del bosque hacia el futuro. Esa es, quizás, la mayor victoria silenciosa de El Palmar: no se trata solo de conservar lo que quedaba, sino de haber logrado que el bosque vuelva a reproducirse después de un siglo de retroceso.
Con el correr de las décadas, el parque también se convirtió en un caso testigo dentro del sistema de áreas protegidas argentino: por su tamaño manejable, su accesibilidad desde la Ruta Nacional 14 y la abundancia de fauna fácil de observar, se transformó en uno de los parques nacionales más visitados del país y en una puerta de entrada al ecoturismo para miles de familias que hacen su primera experiencia de naturaleza en el Litoral. Su cercanía a las ciudades termales de Colón y Concordia terminó de consolidarlo como un destino de fin de semana clásico de la región mesopotámica.
Al proteger el palmar, el parque protege también a toda una comunidad de animales que dependen de él. El Palmar es hoy un refugio de fauna abundante y, sobre todo, visible: a diferencia de otros parques donde los animales son esquivos, acá es habitual cruzarse con familias de carpinchos —el roedor más grande del mundo— descansando entre los pastos, ver vizcachas a la entrada de sus cuevas, zorros, lagartos overos y, con suerte, ñandúes recorriendo los pastizales.
El cielo y las copas de las palmeras pertenecen a las aves: el parque registra más de doscientas especies, entre loros, cotorras, carpinteros, cardenales, horneros y muchas más, lo que lo convierte en un destino predilecto para los observadores de aves. Esta riqueza es posible porque el parque conserva varios ambientes juntos —palmar, pastizal, monte, selva en galería y la costa del río Uruguay—, cada uno con su propia comunidad de plantas y animales.
El Palmar no es solo naturaleza: el lugar guarda también rastros de la presencia humana que se remontan a más de tres siglos atrás, mucho antes de que a nadie se le ocurriera declararlo parque nacional. La joya de ese patrimonio son las ruinas de la Calera del Palmar, también llamada Calera de Barquín, uno de los establecimientos coloniales más antiguos de Entre Ríos.
Su historia arranca alrededor de 1650, cuando indígenas de las misiones jesuíticas del Río Uruguay medio —dependientes principalmente de la Reducción de Yapeyú— instalaron una fábrica de cal en un paraje conocido como Vuelta de San José, aprovechando los depósitos de piedra caliza de origen orgánico que afloran en la barranca. Durante más de un siglo, la Compañía de Jesús explotó ese horno de cal para abastecer de material de construcción a las misiones y poblados de la región. Todo cambió en 1767, cuando el rey Carlos III firmó la Pragmática Sanción que ordenaba la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles; al año siguiente, el gobernador del Río de la Plata, Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa, organizó una expedición de 1.500 soldados para hacer cumplir la orden en las Misiones Guaraníes.
Tras la expulsión, las 'temporalidades' —los bienes confiscados a los jesuitas— pasaron a manos de la Corona. El 12 de marzo de 1778, el primer virrey del Río de la Plata, Pedro de Ceballos, designó como administrador a Manuel Antonio Barquín, un comerciante oriundo de Cantabria, que compró el horno de cal jesuítico a la Junta de Temporalidades de Santa Fe y lo puso nuevamente en funcionamiento. Desde entonces el lugar se conoce como Calera de Barquín, nombre que combina el legado jesuita con el del comerciante español que le dio continuidad comercial.
Hoy sobreviven en el sitio los restos de dos hornos para la elaboración de cal viva, un muelle de piedra, tres edificaciones y un cementerio: construcciones de piedra de más de cuatro metros de altura, levantadas con mortero de cal, arcilla y arena, además de un túnel que comunicaba las instalaciones con el río Uruguay para facilitar la carga de la producción en embarcaciones. Es, en los hechos, uno de los conjuntos coloniales mejor conservados de la provincia, y organizaciones patrimoniales vienen reclamando desde hace años una protección y puesta en valor más firme para estas ruinas jesuíticas.
Más atrás en el tiempo, antes incluso de la llegada de los jesuitas, la región fue territorio de pueblos originarios —charrúas y guaraníes, entre otros—, y el río Uruguay fue siempre una vía de circulación y de contacto entre culturas. Esos restos históricos, sumados al Centro de Visitantes 'Tierra de palmares' con sus paneles educativos, ayudan a entender el parque no como un paisaje 'intocado', sino como un territorio con una larga y compleja relación entre las personas, el río y el palmar: primero como recurso de explotación colonial, después como frontera agropecuaria que casi termina con los palmares, y finalmente como área protegida que hoy se preserva para las generaciones futuras.