¿Cómo llega una ciudad a ser capital de todo un país sin siquiera tener un acta de fundación propia? Paraná nació, a diferencia de tantas ciudades coloniales fundadas con ceremonia, escribano y trazado de damero, sin un acto fundacional formal y solemne, casi por acumulación espontánea de gente a orillas de un río. Sus orígenes se remontan al siglo XVII, cuando pobladores provenientes de la vecina Santa Fe, en la otra orilla del río, empezaron a cruzar y a asentarse en la barranca entrerriana, en un paraje que se conoció como la 'Bajada del Paraná' o simplemente 'La Bajada'. Era el punto natural por donde se bajaba desde las lomas hacia el río para cruzar a Santa Fe en canoas y balsas, un vado estratégico en medio de una región de esteros, islas y bañados donde los cruces seguros escaseaban.
Durante mucho tiempo, ese caserío disperso de estancieros, pescadores y algunos comerciantes dependió administrativa y religiosamente de Santa Fe, sin autoridades ni instituciones propias. Con el correr de los años, la población fue creciendo sobre las barrancas, aprovechando la posición elevada y estratégica sobre el río Paraná —que la protegía de las crecidas que sí afectaban a otras poblaciones ribereñas más bajas— y fue ganando autonomía poco a poco, primero como curato independiente y luego como villa con cabildo propio hacia fines del período colonial. La ciudad conserva hasta hoy esa relación íntima con su río y con su vecina santafesina de enfrente, una relación que el tiempo transformaría en uno de los vínculos urbanos más particulares del país: dos capitales de provincia, separadas por un río pero unidas primero por balsas, después por el transbordador y finalmente por un túnel bajo el agua.
El gran momento histórico de Paraná llegó a mediados del siglo XIX, y transformó para siempre la fisonomía de la ciudad. Tras la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, donde Justo José de Urquiza —entrerriano, gobernador de Entre Ríos y caudillo federal que había roto con el régimen rosista— derrotó al gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas al frente del Ejército Grande, la Argentina entró en un período de organización nacional que llevaba décadas postergado. Se convocó un Congreso Constituyente en Santa Fe, que en 1853 sancionó la primera Constitución Nacional. Pero Buenos Aires, que no aceptaba las condiciones del nuevo orden federal ni ceder el control de la aduana del puerto —su principal fuente de recursos—, se separó del resto de las provincias mediante la revolución del 11 de septiembre de 1852, y estas últimas se constituyeron como la Confederación Argentina, bajo el liderazgo de Urquiza y al amparo de esa flamante Constitución de 1853.
Esa Confederación necesitaba una capital, y tras considerar varias opciones se eligió a Paraná, en el corazón del territorio entrerriano de Urquiza y con buena conexión fluvial. Entre el 24 de marzo de 1854 y diciembre de 1861, la ciudad fue la capital de la Confederación Argentina: allí funcionaron el gobierno nacional, el Congreso bicameral, la Corte Suprema de Justicia y el resto de las instituciones del país que Urquiza intentaba consolidar sin Buenos Aires. La pequeña Bajada del Paraná, hasta entonces un pueblo de pocas cuadras, se transformó de golpe en sede del poder nacional: llegaron diplomáticos extranjeros, se construyeron o adaptaron edificios de gobierno —como el flamante Senado, levantado en 1858-1859 junto a la Catedral—, mientras el Colegio del Uruguay (fundado por Urquiza en 1849 en la cercana Concepción del Uruguay) formaba a los cuadros dirigentes del nuevo Estado, y la ciudad vivió casi ocho años de protagonismo político y cultural sin precedentes, que le dejó una impronta urbana —plazas, edificios, trazado— que todavía puede reconocerse hoy en su centro histórico.
La convivencia entre la Confederación y Buenos Aires fue tensa y terminó en guerra. El 17 de septiembre de 1861, los ejércitos de ambas partes se enfrentaron en la batalla de Pavón. El resultado fue ambiguo en el campo militar, pero políticamente decisivo: aunque la Confederación no había sido claramente derrotada, Urquiza retiró sus tropas y, en los hechos, cedió el triunfo a Bartolomé Mitre y a Buenos Aires.
Con ese giro, el proyecto de un país con capital en Paraná llegó a su fin. En diciembre de 1861, Paraná dejó de ser la capital de la Confederación; poco después, el país se reunificó bajo la conducción porteña y la capital volvió a Buenos Aires. Paraná regresó entonces a su rol de capital provincial. Pero aquellos años de protagonismo nacional dejaron una huella imborrable: la ciudad guarda con orgullo la memoria de haber sido, por unos años, la capital del país que soñó Urquiza.
El otro gran hito de la historia paranaense es una obra de ingeniería sin precedentes en la región: el Túnel Subfluvial, hoy llamado oficialmente Raúl Uranga – Carlos Sylvestre Begnis, en homenaje a los gobernadores de Entre Ríos y Santa Fe que lo impulsaron. Inaugurado el 13 de diciembre de 1969, el túnel pasa por debajo del lecho del río Paraná para unir las ciudades de Paraná y Santa Fe, que durante siglos solo se habían conectado por agua.
La obra es única en Latinoamérica: tiene unos 2.397 metros de longitud y desciende hasta cerca de 30 metros por debajo del nivel del río, soportando el paso diario de miles de vehículos. Más que una simple conexión vial, el túnel simboliza la integración de dos provincias y de dos regiones, y se convirtió en un emblema de Paraná. Hoy puede recorrerse en una visita guiada, con una sala de proyección que cuenta los secretos de su construcción.
La Paraná de hoy es una capital tranquila y verde, orgullosa de sus barrancas sobre el río, de su Parque Urquiza —uno de los más bellos del país— y de su historia. El casco histórico, en torno a la Plaza 1º de Mayo y la Catedral, conserva edificios de la época de la Confederación, testimonios de aquellos años en que la ciudad fue sede del gobierno nacional.
Abajo, la costanera, las playas y el río ofrecen el costado natural y recreativo: pesca de dorado y surubí, paseos en lancha por las islas, atardeceres dorados sobre el agua. Y por debajo de todo eso, el Túnel Subfluvial sigue uniendo Paraná con Santa Fe, recordando la vocación integradora de esta ciudad. Capital provincial, ex capital nacional y ciudad de río, Paraná combina historia, paisaje y la calma cálida del Litoral entrerriano.