La historia de Oberá es la historia de la inmigración hecha ciudad: pocos lugares del mundo pueden mostrar, en un radio de pocas cuadras, casas típicas suecas, templos ortodoxos ucranianos, colonias japonesas y familias de apellido árabe conviviendo con total naturalidad desde hace más de un siglo. A comienzos del siglo XX, el centro de la provincia de Misiones era todavía selva paranaense casi virgen, atravesada por escasos senderos y habitada de forma dispersa, y el Estado nacional —a través de la Dirección de Tierras y Colonias— y distintos emprendimientos privados impulsaron la llegada de colonos para poblar y poner en producción esas tierras de fértil suelo colorado, rico en hierro y muy apto para cultivos subtropicales. Los pioneros fueron suecos: en 1908, tras la mensura de las tierras de Yerbal Viejo realizada por el agrimensor Francisco Fouilland, cuatro colonos suecos llegados desde Brasil —los hermanos Kallsten, Halar Bengelsdorf y los hermanos Carlos y Guillermo Petersson— exploraron la zona, y en 1913 un grupo mayor fundó el asentamiento conocido como Parque Sueco, la piedra fundamental de la nueva colonia. En las décadas siguientes llegaron, en oleadas sucesivas, inmigrantes de los más diversos orígenes, muchos de ellos huyendo de la pobreza, las guerras o las persecuciones políticas y religiosas de la Europa de entreguerras.
Llegaron alemanes, suizos, polacos, ucranianos, rusos, daneses, finlandeses, japoneses, españoles, italianos, árabes (sirios y libaneses), brasileños y paraguayos, entre muchos otros, en un mosaico migratorio que pocas ciudades argentinas pueden igualar en diversidad. Cada familia recibía o compraba una parcela en la colonia y se internaba en el monte cerrado para desmontarlo con hacha y machete, levantar su primera casa de madera y empezar a cultivar, en condiciones de aislamiento y dureza que hoy resultan difíciles de imaginar. La fundación oficial del pueblo llegó el 9 de julio de 1928, en un acto en la actual Plaza General San Martín, impulsada por el gobernador del territorio Héctor Barreyro, que una década antes había recorrido la colonia y comprado tierras en lo que hoy es el centro de la ciudad. La convivencia de tantas nacionalidades, lenguas y religiones en un mismo territorio, sin que ningún grupo llegara a ser dominante sobre los demás, fue desde el principio el rasgo distintivo de Oberá, algo excepcional dentro del propio mapa migratorio argentino, donde otras regiones tendieron a la concentración de una o dos colectividades principales.
Esos colonos transformaron la selva en chacras dedicadas sobre todo a la yerba mate, el tabaco, el té y otros cultivos subtropicales como la citronela y el ananá, que se convertirían en la base de la economía local durante décadas. La localidad fue creciendo en torno a esas colonias agrícolas dispersas —que con el tiempo dieron nombre a barrios y parajes que aún hoy conservan apellidos extranjeros— y, con el correr de las décadas, se consolidó como una de las ciudades más importantes de Misiones, conservando siempre el sello multicultural de su origen fundacional.
A medida que las colonias prosperaban, Oberá fue dejando de ser un puñado de chacras dispersas en el monte para convertirse en un pueblo y luego en una ciudad de cierta escala, con calles trazadas, comercios y los primeros edificios públicos. La economía giró en torno a los cultivos típicos de la tierra colorada misionera: ante todo la yerba mate —de la que Misiones es la principal productora del país, con Oberá como uno de sus centros históricos de acopio y secado—, pero también el tabaco (que llegó a tener secaderos y galpones de acondicionamiento en buena parte de las chacras), el té y otros productos agrícolas, complementados con la actividad forestal en los sectores de monte que se iban desmontando de forma paulatina.
El trabajo de los colonos, sumado a la llegada de comercios, servicios profesionales, bancos y nuevas oleadas de familias inmigrantes durante las décadas de 1930, 1940 y 1950, fue dando forma a una ciudad pujante en el centro-sur de la provincia. Oberá se transformó en un centro de servicios y de comercialización para toda una vasta región de colonias agrícolas dispersas por el departamento homónimo, funcionando como el punto donde los productores vendían su cosecha, compraban insumos y accedían a educación y salud. Su población creció de forma sostenida hasta convertirla en la segunda ciudad más poblada de Misiones, después de la capital provincial, Posadas, un lugar que mantiene hasta hoy.
A lo largo del siglo XX, pese a la creciente urbanización y modernización, la ciudad mantuvo viva la herencia de sus fundadores: las distintas colectividades conservaron sus costumbres, sus comidas, sus danzas folclóricas, sus lenguas de origen —que en muchos casos se hablaban en el ámbito familiar hasta bien entrada la segunda o tercera generación— y sus templos, transmitiéndolos de padres a hijos a través de asociaciones y centros de colectividades que organizaban encuentros, clases de idioma y celebraciones religiosas propias. Esa memoria viva de los orígenes, cultivada durante décadas puertas adentro de cada comunidad, sería con el tiempo la base de la gran celebración pública que haría famosa a Oberá en todo el país.
El acontecimiento que consagró la identidad multicultural de Oberá fue la creación de la Fiesta del Inmigrante, nacida en 1980 por iniciativa de un grupo de inmigrantes y descendientes que empezaron reuniéndose para compartir las comidas y tradiciones de sus países de origen, y que con los años alcanzó rango de Fiesta Nacional con sede permanente en la ciudad. Pensada para celebrar y poner en valor las raíces de las múltiples comunidades que poblaron la ciudad, se convirtió en una de las grandes fiestas populares de la Argentina, dedicada justamente a homenajear a quienes dejaron sus países para construir una vida nueva en la selva misionera.
El escenario de la fiesta es el Parque de las Naciones, donde cada colectividad levantó una casa típica que reproduce la arquitectura y el ambiente de su país de origen. Durante varios días de septiembre, el parque se llena de gastronomía tradicional, danzas, música, trajes típicos y la elección de las reinas de cada comunidad, en una celebración de la diversidad y la convivencia que atrae a visitantes de todo el país.
Más allá de la fiesta, esa pluralidad sigue siendo el rasgo más característico de Oberá durante todo el año: una ciudad donde conviven templos de muchos credos, apellidos de los cinco continentes y una cocina que mezcla sabores del mundo entero con la mandioca y la yerba del Litoral. Oberá se reconoce a sí misma como un símbolo de integración, una pequeña muestra de cómo la inmigración construyó buena parte de la Argentina moderna.
Con el correr de las décadas, Oberá se consolidó como un importante centro urbano del interior misionero, manteniendo su doble vocación: ciudad de servicios y comercio para una amplia región de colonias, y baluarte de una identidad multicultural única en el país. Su crecimiento económico se apoyó en la yerba mate, el té, el tabaco y la actividad forestal, a los que se sumaron el comercio, la industria liviana y, más recientemente, el turismo cultural y de naturaleza.
La ciudad cultivó el apodo de 'Capital del Monte' por su entorno de selva paranaense, sus saltos de agua y su biodiversidad, que conviven con un trazado urbano de cierta escala. Esa combinación de naturaleza subtropical y diversidad cultural le dio un perfil turístico propio dentro de Misiones, distinto del de los grandes íconos provinciales como las Cataratas del Iguazú o las ruinas jesuíticas.
Hoy Oberá se reconoce a sí misma como símbolo de integración. Cada septiembre, la Fiesta Nacional del Inmigrante reafirma esa identidad ante miles de visitantes, mientras que durante todo el año la convivencia de templos, apellidos y sabores de los cinco continentes mantiene viva la memoria de los colonos que, un siglo atrás, transformaron la selva en una de las ciudades más diversas de la Argentina.