Pocos balnearios argentinos pueden decir que llevan el apellido de un general que peleó junto a San Martín en los Andes y en el Perú. Necochea sí: y esa elección, lejos de ser un capricho, resume el espíritu con el que nació esta ciudad del sudeste bonaerense. Nació formalmente el 12 de octubre de 1881, cuando Ángel Murga impulsó su fundación en tierras del sudeste bonaerense, sobre la margen del río Quequén Grande, cerca de su desembocadura en el océano Atlántico. La elección del emplazamiento no fue casual: el río ofrecía agua dulce y un punto natural de comunicación con el interior de la pampa, y la zona formaba parte de la frontera sur que el Estado argentino terminaba de incorporar plenamente tras la Conquista del Desierto, la campaña militar que en esos años desplazó a los pueblos originarios —fundamentalmente comunidades ranquelinas y mapuches— y abrió la pampa húmeda al asentamiento agrícola y ganadero.
El nombre de la ciudad honra al general Mariano Necochea, militar destacado en las guerras de independencia sudamericanas, que combatió en las campañas del Ejército de los Andes junto a San Martín, participó en la batalla de Chacabuco y peleó también en las campañas libertadoras del Perú bajo las órdenes de Bolívar. Bautizar el nuevo pueblo con el apellido de un héroe de la independencia respondía a la costumbre de la época —repetida en decenas de ciudades bonaerenses fundadas en esos años— de fijar en el territorio recién incorporado la memoria patria y los símbolos de la nación en formación.
Los primeros años fueron los de un pueblo de frontera y de campo, con población dispersa, escasa infraestructura y una economía incipiente ligada a la tierra: estancias, chacras y los primeros loteos urbanos alrededor de la plaza fundacional. La llegada del ferrocarril, en las décadas siguientes, fue decisiva para conectar a Necochea con Buenos Aires y con el resto de la región pampeana, acelerando su crecimiento poblacional y comercial. La cercanía del río y del mar, sin embargo, marcaría desde el inicio el doble destino de la ciudad: el de la producción agropecuaria de la pampa húmeda y, andando el tiempo, el del puerto y el turismo de costa. Quequén, del otro lado del río, crecería en paralelo como localidad hermana y portuaria, dando forma a un conurbano costero con dos almas complementarias.
El desarrollo de Necochea y Quequén está indisolublemente ligado al río Quequén Grande y a su desembocadura, donde se construyó uno de los puertos de aguas profundas más importantes de la Argentina. La pampa que rodea a la ciudad es una de las regiones cerealeras y oleaginosas más productivas del país, y desde fines del siglo XIX y comienzos del XX la región se integró al modelo agroexportador argentino, basado en la producción de granos —trigo, maíz, luego soja y girasol— y su embarque hacia los mercados internacionales, principalmente Europa.
La obra del puerto, con sus largas escolleras de piedra que protegen la entrada de los buques del oleaje atlántico —una obra de ingeniería considerable para la época, que llevó décadas de sucesivas ampliaciones—, transformó a Quequén en una salida natural para la producción del sur bonaerense. El movimiento de camiones cargados de cereal, los silos, los elevadores de granos y los grandes barcos graneleros pasaron a formar parte del paisaje y la economía local, generando además una comunidad de trabajadores portuarios, estibadores y familias ligadas a la actividad marítima que le dieron a Quequén una identidad social propia, distinta de la vida más turística de Necochea. Todavía hoy, Puerto Quequén es uno de los principales puertos de exportación de granos del país, con capacidad para operar buques de gran calado, lo que convierte a la región en un nudo logístico clave del agro argentino y en uno de los motores económicos de todo el sudeste bonaerense.
Esa base agroportuaria dio a Necochea una identidad distinta de la de otras ciudades balnearias surgidas únicamente del turismo: aquí, el mar fue primero camino de comercio y trabajo antes que destino de veraneo. La coexistencia del puerto productivo en Quequén y de las playas turísticas en Necochea define el carácter dual de este conurbano costero, algo que sigue siendo visible hoy para cualquier visitante: basta cruzar el puente sobre el Quequén Grande para pasar de la playa familiar a la escena industrial de los elevadores de granos y los buques cerealeros maniobrando en el canal de acceso.
Una de las decisiones más trascendentes en la historia de Necochea fue la forestación de la franja costera, en lo que hoy es el Parque Miguel Lillo. A comienzos del siglo XX, los médanos vivos de la costa amenazaban con avanzar sobre la ciudad, arrastrados por el viento del Atlántico, un problema común a buena parte de la costa bonaerense antes de las grandes forestaciones. Para fijarlos y, a la vez, crear un espacio recreativo, se emprendió la plantación masiva de pinos marítimos, eucaliptos, acacias y otras especies resistentes al viento y la salinidad, dando origen con el tiempo a uno de los bosques implantados más extensos de la costa atlántica argentina, con varios cientos de hectáreas de superficie. El parque lleva el nombre del naturalista, botánico y farmacéutico Miguel Lillo, figura clave de las ciencias naturales argentinas de comienzos del siglo XX, fundador del instituto que lleva su nombre en Tucumán.
Ese gran bosque junto al mar resultó decisivo para el desarrollo turístico de la ciudad: ofreció sombra, frescura y un paisaje singular —el del bosque que llega casi hasta la arena de la playa— que diferenció a Necochea de otros balnearios de la costa, donde el sol pega sin tregua. A lo largo del siglo XX, la ciudad fue consolidándose como destino de veraneo familiar, con la construcción de hoteles, balnearios, la costanera, el trazado de calles internas dentro del propio parque y la infraestructura turística en general, en sintonía con el auge del turismo de playa que vivió toda la Argentina desde los años 1930 y 1940, cuando las clases medias y trabajadoras del país empezaron a acceder de forma masiva a las vacaciones estivales.
Dentro del Parque Lillo se fueron sumando con los años lagunas artificiales para paseos en bote, un vivero forestal, senderos señalizados, un pequeño zoológico —hoy reconvertido en espacio de conservación— y varios museos temáticos, entre ellos uno dedicado a la fauna marina y otro a la historia local. La combinación de playas amplias de arena firme, el bosque del Parque Lillo, el río con sus actividades náuticas y el puerto de Quequén convirtió a Necochea en un destino turístico completo y de perfil más tranquilo que otros centros masivos de la costa. Hoy la ciudad mantiene ese equilibrio entre la vida portuaria y agropecuaria de todo el año y la efervescencia turística del verano, fiel a la doble vocación —productiva y recreativa— que tuvo desde su fundación en 1881, cuando el general independentista que le dio nombre difícilmente hubiera imaginado que su apellido terminaría asociado a uno de los grandes bosques costeros de la Argentina.
La costa de Quequén guarda un secreto que pocos veraneantes imaginan mientras toman sol: bajo sus aguas y sobre sus playas descansan los restos de un verdadero cementerio de barcos. En los aproximadamente seis kilómetros que van desde la escollera norte del puerto hasta el balneario Costa Bonita se acumulan vestigios de naufragios y encallamientos que jalonaron más de un siglo de navegación difícil, cuando la entrada al puerto —batida por tormentas del sudeste, bancos de arena y un oleaje traicionero— era una prueba de fuego para los capitanes. La memoria local registra al velero El Filántropo como el primer naufragio documentado de estas costas, y la lista no dejó de crecer durante décadas.
La respuesta a esa peligrosidad fue el Faro Quequén, encendido por primera vez el 1 de noviembre de 1921: una torre de 34 metros de altura —ubicada a 64 metros sobre el nivel del mar— con una escalera caracol de 163 escalones, que desde entonces guía a los buques que se aproximan al puerto cerealero. Pero ni siquiera el faro pudo evitar todas las tragedias. El 1 de abril de 1924, un temporal huracanado provocó un doble desastre: el vapor inglés Wesbury naufragó en la zona de Punta Negra y, el mismo día, el vapor italiano Montepasubio terminó encallado en Quequén, arrastrado por el viento hacia la costa. Una década después, 1934 fue otro año negro: el 12 de noviembre encalló el vapor griego Marionga J. Goulandris y apenas dieciséis días más tarde, el 28, lo hizo el Maroula, que transportaba un cargamento de adoquines.
Estos hierros oxidados, algunos todavía visibles en la playa con marea baja y otros sumergidos frente a la costa, se convirtieron con el tiempo en parte del paisaje y de la identidad de Quequén: escenario de leyendas locales, punto de interés para buzos y pescadores, y en años recientes hasta objeto de un circuito turístico que recorre los buques hundidos de Necochea y Quequén. Para el visitante, caminar la playa desde la escollera norte hacia Costa Bonita buscando los restos de los naufragios, con el faro centenario como telón de fondo, es una de las experiencias más singulares que ofrece este rincón de la costa atlántica: un museo a cielo abierto de la época en que llegar a puerto era, todavía, una pequeña épica.