El nombre de Miramar no nació en la Argentina, sino a orillas del Adriático: a fines de 1887, sus fundadores eligieron bautizar al naciente pueblo balneario 'Mira-Mar' en homenaje al castillo de Miramare, en Trieste, residencia del emperador Maximiliano de Austria y uno de los balnearios más prestigiosos del mundo en esa época. Fue una apuesta ambiciosa desde el nombre mismo: querían un destino a la altura de los grandes balnearios europeos, plantado en medio de los médanos bonaerenses.
La idea había arrancado a mediados de 1887, cuando José María Dupuy convenció a su cuñado Fortunato de la Plaza de fundar un pueblo balneario en tierras de su propiedad. El trazado quedó en manos del ingeniero Rómulo Otamendi, que envió al agrimensor Eugenio Moy a medir el terreno y diseñar el plano de calles, plazas y quintas tomando como modelo a la ciudad de La Plata, fundada apenas cinco años antes. El 21 de febrero de 1888, De la Plaza trajo a sus conocidos a conocer la futura población, un hecho que tuvo eco en la prensa de la época; poco después se levantaron los primeros comercios, los edificios judicial y policial, la sede de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, la escuela, el telégrafo y la usina eléctrica. El 20 de septiembre de 1888, el gobierno de la provincia de Buenos Aires aprobó los planos y dictó el decreto de fundación oficial.
El crecimiento fue rápido para los estándares de la época: en 1889 arrancó la construcción de la iglesia, en un terreno donado por el propio De la Plaza, que puso como patrono al apóstol San Andrés; para 1890, apenas dos años después del decreto fundacional, Miramar ya tenía escuela, juzgado de paz, un hotel y 860 habitantes. Desde sus orígenes, la ciudad se perfiló con un carácter más tranquilo y familiar que el de su vecina Mar del Plata, un sello que con el tiempo le valdría el apodo de 'la ciudad de los niños' y que la distinguiría para siempre de los balnearios más bulliciosos de la costa.
El rasgo más distintivo de Miramar —su enorme bosque— no es natural, sino fruto de una notable obra de forestación. A lo largo del siglo XX se llevó adelante la implantación de árboles sobre los médanos que rodeaban la ciudad, en el marco de los esfuerzos por fijar las dunas y crear espacios verdes en una costa naturalmente arenosa y desnuda. El resultado fue el Vivero Dunícola Florentino Ameghino, un extenso bosque que abraza la ciudad y llega casi hasta el mar.
Este bosque, con miles de árboles de diversas especies, transformó la fisonomía de Miramar y le dio una identidad única en la Costa Atlántica: la combinación de playa y bosque, de mar y sombra, poco común en una región de balnearios sobre médanos. El Vivero se convirtió en un gran pulmón verde y en un espacio de recreación —para pasear, andar en bici, hacer pícnic y observar la naturaleza— que es hoy uno de los principales orgullos y atractivos de la ciudad.
El nombre del vivero rinde homenaje a Florentino Ameghino, el célebre naturalista y paleontólogo argentino, profundamente ligado a la región por sus investigaciones sobre los fósiles del litoral pampeano. Esa vinculación une dos de los grandes atractivos de Miramar: el bosque que la caracteriza y la riqueza paleontológica de su costa, ambos asociados a la figura de Ameghino y a la historia natural de la zona.
A pocos kilómetros al sur de Miramar, el balneario de Mar del Sud guarda una de las historias más fascinantes y melancólicas de la Costa Atlántica: la del Hotel Boulevard Atlántico. Su construcción arrancó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando un grupo de inversores organizados en el Banco Constructor de La Plata SA decidió levantar el balneario Mar del Sur en tierras del partido de General Alvarado. El banquero y contador húngaro Carlos Mauricio Schweitzer (1843-1892) impulsó la obra de este imponente edificio de estilo europeo, que finalmente se inauguró en 1888 —el mismo año en que nacía Miramar, aunque con un destino muy distinto—.
El hotel, de rasgos neoclásicos, tenía 76 habitaciones, un gran comedor, pisos de pinotea, patios con galería, techos de pizarra negra, dos canchas de tenis, una de bochas y otra de fútbol: todo pensado para una élite veraniega que nunca terminó de llegar en masa. La tragedia llegó pronto: el 11 de enero de 1892, Schweitzer se suicidó, y poco después el banco quebró como consecuencia de la crisis financiera de 1890. El ferrocarril, que iba a ser la vía de acceso masivo de los veraneantes, nunca llegó a Mar del Sud. De aquel proyecto ambicioso solo quedó ese edificio colosal, recién inaugurado, en medio de un desierto de médanos.
El hotel tuvo, sin embargo, capítulos insólitos antes de caer en el abandono. Poco después de su apertura sirvió de refugio a cientos de inmigrantes judíos que huían de la Rusia zarista hacia 1891: llegaron a Buenos Aires en el vapor Pampa y, tras viajar en tren hasta Mar del Plata, desembarcaron en Mar del Sud en una caravana de sesenta carretas. Décadas más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, existen relatos que sitúan allí un centro de espionaje alemán, vinculado al empresario Karl Gustav Einckenberg, que habría comprado tierras cerca de la costa como punto de contacto con agentes nazis. Declarado Monumento Histórico Municipal, el edificio permaneció cerrado durante años, semiderruido y cargado de leyendas locales, hasta que en 2023 reabrió parcialmente sus puertas, primero como confitería y luego con su sector gastronómico, en un intento de rescatar del olvido a este símbolo de un sueño balneario trunco.
El litoral de Miramar y sus barrancas guardan un valioso registro paleontológico: en la costa y los acantilados se hallaron numerosos fósiles de la megafauna que habitó la pampa hace miles de años, como gliptodontes (enormes parientes acorazados de los armadillos), megaterios (perezosos gigantes) y otros mamíferos hoy extintos. Esta riqueza fósil, estudiada desde tiempos de Florentino Ameghino, convirtió a la región en un sitio de interés científico y en un atractivo educativo, que puede conocerse en museos y recorridos.
A lo largo del siglo XX, Miramar consolidó su perfil de balneario familiar y tranquilo, una alternativa serena a la masividad de Mar del Plata. Su crecimiento mantuvo ese carácter apacible, con la rambla, el centro, las playas amplias y el bosque como ejes de la vida turística. La ciudad se ganó un público fiel de familias que vuelven año tras año, atraídas por su ambiente seguro y su combinación de mar y verde.
La Miramar de hoy sigue siendo, ante todo, 'la ciudad de los niños': un destino de playa, naturaleza y tranquilidad familiar en la Costa Atlántica bonaerense. A su oferta de mar y bosque suma las excursiones cercanas —como el rústico Mar del Sud y las barrancas fosilíferas— y una vida pausada que la distingue. De balneario fundado en 1888 a destino familiar consolidado, Miramar conserva intacto su encanto sereno y su identidad única de playa entre los árboles.