Hay una frase que se repite en cada folleto, cada hotel y cada sobremesa de Villa de Merlo: que la Organización Mundial de la Salud reconoció aquí el tercer microclima más sano del planeta, detrás del valle de Cachemira en India y de Campos do Jordão en Brasil. El documento original de esa distinción nunca apareció —es más leyenda fundante que certificado—, pero lo notable es que el clima de Merlo no necesita el diploma: la combinación de una altura de 800-900 metros, humedad relativa baja, más de 300 días de sol al año y una barrera montañosa —las Sierras de los Comechingones— que frena en seco los vientos fríos y las tormentas antes de que lleguen al valle produce, comprobadamente, uno de los climas más agradables y estables de la Argentina. Un pueblo serrano que en 1797, cuando nació, ni siquiera imaginaba semejante fama.
Mucho antes de que nadie hablara de microclimas, esas mismas laderas estaban habitadas por los comechingones, un pueblo originario de agricultores y cazadores que vivía en las quebradas y valles del cordón serrano que hoy separa San Luis de Córdoba. Cultivaban en las vegas, criaban animales y dejaron su huella en sitios arqueológicos y en la toponimia de la región. La conquista española y el sistema de encomiendas fueron diluyendo a estas comunidades, aunque su nombre quedó para siempre asociado a estas montañas.
La fundación formal tiene fecha y protagonistas precisos. En 1794, Juan de Videla, comandante de armas y subdelegado de la Real Hacienda, visitó el paraje conocido como Piedra Blanca e informó al gobernador intendente de Córdoba, el Marqués de Sobremonte, sobre un asentamiento de más de 60 vecinos, agua de excelente calidad y una capilla ya en pie. El 1° de octubre de 1796, Sobremonte firmó el decreto de fundación, ordenando 'erigir una villa útil' que se titularía 'Villa de Melo', en homenaje al entonces virrey Pedro Melo de Portugal. La ceremonia se celebró el 1° de enero de 1797 frente a la capilla, presidida por el presbítero Francisco Regis Becerra, con indios, españoles, mestizos y esclavos reunidos como vecinos del nuevo pueblo, que eligió a San Agustín como patrono. Recién en 1916 el nombre derivó a la forma actual, Villa de Merlo.
Durante el siglo XIX fue una localidad pequeña y tranquila, dedicada al campo y algo apartada de los grandes acontecimientos del país. Esa condición de pueblo serrano modesto se mantuvo durante mucho tiempo: Merlo era conocida solo localmente por su buen clima y su entorno natural, pero su gran transformación —de pueblo de campo a destino turístico de renombre nacional— llegaría recién en el siglo XX, cuando se difundieron las propiedades excepcionales de su microclima y la villa empezó a atraer a visitantes de todo el país en busca de salud y descanso.
La gran transformación de Merlo está ligada al 'descubrimiento' de su microclima, considerado uno de los más sanos del mundo. La ubicación de la villa, en la ladera occidental de las Sierras de los Comechingones y a una altura moderada, genera condiciones particulares: baja humedad relativa (entre 40% y 60% anual), más de 300 días de sol al año con radiación moderada, amplitud térmica suave y una notable presencia de ozono e iones negativos en el aire, factores asociados al bienestar y a la sensación de aire puro y revitalizante.
Los estudios que popularizaron la fama de Merlo hablan de concentraciones de iones negativos de entre 3.000 y 5.000 por centímetro cúbico, hasta cinco veces más que la media de una ciudad cualquiera, con efectos biomédicos que la promoción turística asocia a una mejor oxigenación y menor estrés. A eso se suma un fenómeno geológico particular: el granito anfibólico de las sierras, rico en uranio y torio, se desintegra lentamente y altera la composición del oxígeno del aire, generando —según describen guías locales— una suerte de 'cámara hiperbárica natural'. Sea cual sea el peso científico exacto de cada factor, la combinación bastó para instalar la célebre atribución —repetida por décadas, aunque sin documento oficial conocido— de que la Organización Mundial de la Salud ubicó a Merlo en el podio de los tres microclimas más saludables del planeta.
A lo largo del siglo XX, la fama de estas propiedades fue creciendo, y Merlo comenzó a recibir visitantes que buscaban en su clima un alivio para problemas respiratorios, estrés y fatiga, además de simple descanso. La villa se fue equipando con hoteles, hospedajes y servicios, y se consolidó como uno de los principales centros turísticos serranos del centro del país, junto a las sierras de Córdoba. El turismo de salud y descanso se convirtió en el motor de su economía.
La villa supo aprovechar también su entorno natural: los miradores de altura como el Mirador del Sol, el Camino de Cornisa con sus vistas al Valle del Conlara, los ríos y cascadas serranas y las condiciones ideales para el parapente. Así, Merlo combinó su perfil tradicional de destino de bienestar con una creciente oferta de naturaleza y aventura, ampliando su atractivo a nuevos públicos sin perder su sello distintivo: el aire puro y el buen clima durante todo el año.
El despegue definitivo de Merlo como destino de masas se dio en la segunda mitad del siglo XX, de la mano de la mejora de las rutas y la difusión del automóvil. A medida que se asfaltaron y modernizaron los caminos que conectaban la villa con San Luis, Córdoba y Buenos Aires, el flujo de visitantes creció de manera sostenida, y lo que había sido un tranquilo pueblo de salud se convirtió en un polo turístico de primer orden del centro del país.
La construcción del Camino de Altas Cumbres o Camino de Cornisa, que asciende por la ladera de los Comechingones hasta los miradores de altura, fue clave para potenciar el atractivo paisajístico de la villa. Desde el Mirador del Sol y otros balcones naturales, el visitante podía dominar el Valle del Conlara y la inmensa llanura, sumando a la fama del microclima la del paisaje. Paralelamente, la villa fue desarrollando una infraestructura hotelera y gastronómica que la equipó para recibir a un turismo cada vez más numeroso.
En las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, Merlo diversificó su oferta más allá del descanso: el parapente —favorecido por las condiciones de viento de la sierra— la convirtió en uno de los grandes centros nacionales de ese deporte, y se sumaron el trekking, las cabalgatas, el mountain bike y otras actividades de aventura. Así, la villa pasó de ser un destino de salud para públicos tradicionales a un centro turístico integral, capaz de atraer tanto a quienes buscan relax y bienestar como a los amantes de la naturaleza activa, manteniendo siempre como sello su aire puro y su buen clima.
La Merlo actual es uno de los destinos serranos más visitados del centro argentino, un polo turístico desarrollado que combina su tradicional fama de destino de salud con una completa oferta de alojamiento, gastronomía, actividades de aventura y vida nocturna. La villa creció notablemente en las últimas décadas, con hoteles, cabañas, spas y una infraestructura pensada para el visitante, sin perder del todo el aire serrano que la hizo famosa.
Merlo es además el centro de un conjunto de pueblos y villas del Valle del Conlara, al pie de los Comechingones: Carpintería, Cortaderas, Los Molles y otras localidades más tranquilas, con ríos, balnearios naturales y un ritmo más pausado. Este entramado de pueblos serranos, conectados por caminos de montaña y valle, conforma una región turística que se disfruta recorriendo de a poco, entre cascadas, casas de té, artesanías y miradores.
Del pueblo de campo fundado en el siglo XVIII al destino de bienestar y aventura de hoy, Merlo conserva en su identidad las distintas capas de su historia: la raíz comechingona en el nombre de sus sierras, el origen agrícola colonial y la reinvención como capital del microclima. Un lugar donde la naturaleza serrana, el aire puro y la calidez del centro del país se combinan para ofrecer descanso, salud y aventura durante todo el año.