Corría febrero de 1741 cuando el general Gaspar de Bustamante, alarmado por los malones que asolaban la campaña bonaerense, ordenó levantar 'fuertes en las fronteras de cada partido'. Cuatro años después, a comienzos de 1745, el maestre de campo Juan de San Martín cumplió esa orden en el paraje conocido como frontera del río Luján: allí construyó un fuerte de estacas de una manzana y media de extensión que se convertiría en la Guardia de Luján, la capital militar de toda la frontera bonaerense y el origen de la actual ciudad de Mercedes.
Como otros fuertes de la línea de frontera, la Guardia de Luján marcaba el límite entre el territorio efectivamente controlado por españoles y criollos y las tierras dominadas por los pueblos originarios de la pampa. En 1752 se sumó un refuerzo clave: bajo el mando del capitán José de Zárate se formó el Primer Regimiento de Caballería, los legendarios 'Blandengues de la Frontera', organizados en compañías pagas con nombres tan elocuentes como La Valerosa, La Atrevida y La Invencible —esta última con unos 53 soldados, la primera unidad en salir a campaña—.
La vida en estos fuertes de frontera era dura y peligrosa: guarniciones aisladas, alerta permanente ante los malones, y un entorno de campo abierto donde la presencia del Estado era débil. En torno a la Guardia fue creciendo, poco a poco, un poblado de pobladores, milicianos, gauchos y comerciantes, que daría origen a la futura ciudad. El nombre actual deriva de la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona bajo cuya protección se puso el fortín.
Ese origen fronterizo dejó una marca profunda en la identidad mercedina. La figura del gaucho —el jinete de la pampa, baqueano y diestro con el caballo— está íntimamente ligada a esta historia de frontera, estancias y campo abierto. La cultura gaucha que hoy es uno de los grandes atractivos de Mercedes hunde sus raíces en aquellos tiempos de fuertes, malones, blandengues y vida a la intemperie en la llanura. Recién en 1865, ya consolidada como población civil, Mercedes fue declarada oficialmente ciudad.
A medida que la frontera con los pueblos originarios se desplazó hacia el sur y el oeste a lo largo del siglo XIX, la zona de Mercedes dejó de ser un peligroso confín para convertirse en tierra segura y productiva. La pampa húmeda que la rodea, de suelos fértiles, se transformó en una de las grandes regiones agrícolas y ganaderas del país, y Mercedes creció como ciudad de servicios y comercialización de esa producción, cabecera de su partido en el noroeste bonaerense.
La llegada del ferrocarril y el auge agroexportador de fines del siglo XIX y comienzos del XX trajeron prosperidad, reflejada en el casco histórico de la ciudad: edificios institucionales, la catedral, casonas y comercios de fachadas italianizantes en torno a la plaza. Mercedes adquirió el perfil de una típica ciudad próspera del interior bonaerense, ligada al campo y a sus ritmos.
Pero, a diferencia de otras ciudades pampeanas, Mercedes mantuvo y cultivó con especial fuerza su identidad gaucha. La pervivencia de la cultura criolla —el caballo, el asado, las destrezas, las pulperías— la convirtió, junto con San Antonio de Areco, en uno de los grandes referentes de la tradición gaucha cercanos a Buenos Aires. Esa identidad encontró su símbolo más célebre en una vieja pulpería de las afueras.
Las pulperías fueron, durante los siglos XVIII y XIX, una institución fundamental de la vida rural argentina: almacenes de ramos generales y despachos de bebidas que servían a la vez de tienda, taberna, posta y lugar de encuentro de gauchos, paisanos y viajeros en la inmensidad de la pampa. Allí se compraba de todo, se bebía, se jugaba, se contaban historias y, a veces, se dirimían disputas. Con la modernización del campo, la mayoría desapareció, y las pulperías quedaron como un recuerdo de un mundo extinguido.
En Mercedes sobrevivió una de las más célebres: la Pulpería de Cacho Di Catarina, conocida como 'Lo de Cacho', una antigua casa de campo y despacho de 1830 convertida, gracias al empeño de Roberto 'Cacho' Di Catarina —el llamado 'último pulpero', que la atendió hasta su muerte en junio de 2009—, en un verdadero museo viviente de la tradición. Hoy la continúa su familia, ya en la cuarta generación detrás del mostrador. Sus paredes, tapizadas de fotos, objetos antiguos, recuerdos y firmas de visitantes, y su ambiente cálido y entrañable, recrean el espíritu de las viejas pulperías. Allí se va a tomar algo, a probar el salame y el vermut, a charlar y a sentir el pasado gaucho.
La pulpería se convirtió en el emblema turístico de Mercedes y en uno de los lugares más queridos y fotografiados de la pampa bonaerense, un sitio donde la historia de frontera, la cultura criolla y la nostalgia del campo se condensan en un solo lugar. Junto con el salame quintero, las estancias y el casco histórico, hace de Mercedes una escapada ideal para reencontrarse con la tradición gaucha a poca distancia de Buenos Aires.
Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, Mercedes recibió una fuerte corriente de inmigrantes italianos, que se radicaron sobre todo en la zona periférica de la ciudad y formaron las prestigiosas quintas que todavía hoy la rodean. Con ellos llegó también la receta de un embutido que marcaría para siempre la identidad gastronómica local: el salame quintero, elaborado con un 80% de carne de cerdo y 20% de vaca, tocino cortado a cuchillo y pimienta en grano, curado con el clima seco y templado de la región. Los quinteros —los productores de esas chacras— se hicieron famosos por la calidad del chacinado que producían originalmente para consumo familiar.
La fiesta que consagró ese producto nació de una charla de amigos. En 1969, un grupo reunido en el viejo almacén de Berterreix, en la esquina de las calles 29 y 42, lanzó la idea de organizar una fiesta dedicada al salame. Entre los impulsores estaban los hermanos Luis Alberto y Juan Antonio Vanin, y bajo la intendencia del Dr. Julio César Gioscio se encomendó a Ulises D'Andrea la organización del evento. La idea maduró seis años, hasta que en agosto de 1975, en el salón del Club Ateneo de la Juventud, se realizó la primera Fiesta Nacional del Salame Quintero. Desde entonces se celebra ininterrumpidamente: creció tanto que en 2001 se trasladó al Instituto Martín Rodríguez y más tarde al Parque Municipal Independencia, donde hoy se extiende durante tres días con concurso de salames, feria artesanal, patio de comidas y espectáculos musicales, y ya superó su 50ª edición.
Esta gastronomía se entrelazó con la pervivencia de la tradición gaucha. Las jineteadas, las destrezas criollas, las pulperías y el culto al caballo y al asado mantuvieron viva en Mercedes una identidad rural que en muchas otras ciudades pampeanas se fue diluyendo. La cercanía a Buenos Aires, lejos de borrar esa identidad, la transformó en un atractivo turístico: cada fin de semana, porteños y turistas se acercan en busca de un contacto auténtico con la cultura del campo.
En las últimas décadas, Mercedes consolidó así un perfil de destino de escapada y de turismo de tradición. La Pulpería de Cacho —con casi dos siglos de historia—, las estancias con días de campo, el salame quintero y su fiesta centenaria, el casco histórico y el Museo Ameghino con sus fósiles del Pleistoceno componen una propuesta que combina patrimonio, gastronomía y memoria gaucha. La ciudad de frontera que nació para defenderse de los malones en 1745 es hoy una de las puertas más queridas a la tradición de la pampa, a poco más de cien kilómetros de la gran ciudad.