Hay un edificio en la costa bonaerense que pasó cien años sepultado, literalmente, bajo la arena que avanzaba desde los médanos, y que hoy vuelve a servir café con leche y masas finas a las nueve de la mañana. Ese vaivén entre el esplendor, el abandono casi total y la resurrección reciente es la trama central de Mar del Sud, un balneario que nació queriendo ser el más elegante del país y terminó siendo, durante un siglo, uno de los más silenciosos y misteriosos de toda la costa atlántica.
La historia de Mar del Sud está marcada por una ambición que no llegó a cumplirse del todo. A fines del siglo XIX, en pleno auge del modelo agroexportador argentino, la familia Otamendi —propietaria de extensas tierras en este punto de la costa atlántica, al sur de Miramar— concibió un ambicioso proyecto para convertir el lugar en un balneario de elite, capaz de atraer a la alta sociedad porteña y de competir con los grandes destinos de veraneo del mundo, en la misma época en que se gestaban Mar del Plata y otros balnearios de la costa bonaerense.
La pieza central de ese sueño fue el Boulevard Atlantic Hotel. El 28 de mayo de 1888, un grupo de inversores encabezado por Julio Goyena, Juan Bautista y Rómulo Otamendi y el doctor Rafael Herrera Vega adquirió a Fernando Julián Otamendi una parcela de 196 hectáreas frente al mar, y la construcción quedó en manos del Banco Constructor de La Plata, creado y dirigido por el inmigrante húngaro Carlos Mauricio Schweitzer. El hotel, inaugurado para la temporada 1890-91, fue uno de los primeros grandes hoteles frente al mar de la Argentina: un edificio neoclásico de unos 4.500 metros cuadrados cubiertos, con 76 habitaciones con balcones individuales, patios de galería, grandes comedores e instalaciones deportivas, concebido para alojar a una clientela distinguida y, a la vez, para impulsar la venta de lotes de la futura villa balnearia. De hecho, en sus orígenes la localidad misma se llamó Boulevard Atlantic, como el hotel.
La apuesta era enorme: replicar en esa costa agreste el modelo de los balnearios europeos, con un hotel suntuoso como motor del desarrollo. Mar del Sud nacía, así, atada al destino de su gran hotel.
El sueño empezó a desmoronarse casi de inmediato, y por dos golpes que nada tenían que ver con el mar. El primero fue ferroviario: el tren, pieza clave para acercar a los veraneantes porteños, nunca pasó de Miramar, que quedó como punta de rieles a 15 kilómetros del hotel. El segundo fue financiero: la crisis de 1890, que arrastró al gobierno de Juárez Celman y fundió bancos y proyectos inmobiliarios en todo el país, congeló la venta de lotes y asfixió a los inversores. El propio Carlos Mauricio Schweitzer, el banquero húngaro que había levantado el hotel, se quitó la vida el 11 de enero de 1892, apenas un año después de la inauguración, en un final trágico que quedó para siempre asociado a la leyenda negra del edificio.
Aun así, el Boulevard Atlantic recibió durante décadas a viajeros y veraneantes, y se convirtió en punto de referencia de la incipiente villa. Con el tiempo, su historia se fue cargando de relatos y misterios: se cuenta que alojó a inmigrantes que llegaban al país, y que, ya en el siglo XX, fue escenario de episodios vinculados a espías y colaboradores durante los años de las guerras mundiales, lo que alimentó su aura enigmática.
Pero las expectativas de un gran balneario de elite nunca se materializaron. Mientras la vecina Miramar crecía como destino turístico, Mar del Sud quedó rezagada, y el hotel fue perdiendo brillo. La actividad mermó, el establecimiento cerró y el imponente edificio entró en un largo período de abandono, sobreviviendo a incendios y saqueos mientras la arena de los médanos avanzaba sobre sus salones. La decadencia del hotel selló el destino del pueblo: el ambicioso proyecto de elite quedó trunco, y el Boulevard Atlantic se transformó en una majestuosa ruina junto al mar, rodeada de leyendas sobre presencias y misterios que los vecinos siguen contando.
Frustrado el sueño del gran balneario de elite, Mar del Sud siguió un camino muy distinto al de otros destinos de la costa. El pueblo conservó una escala muy pequeña, sin la urbanización masiva ni el desarrollo turístico intensivo de balnearios vecinos como Miramar o Mar del Plata. Esa misma falta de crecimiento, paradójicamente, terminó siendo su mayor encanto.
Las ruinas del antiguo hotel, cargadas de historia y de leyendas, se convirtieron en el símbolo del lugar: una imagen melancólica y fotogénica que evoca la grandeza que no fue y que atrae a visitantes en busca de un destino con personalidad y aire de otro tiempo. Mar del Sud quedó así como un balneario rústico, tranquilo y nostálgico, con playas amplias y solitarias y un ritmo pausado.
Mientras buena parte de la costa atlántica se urbanizó y masificó a lo largo del siglo XX —con Mar del Plata convertida en metrópoli turística y la vecina Miramar creciendo como destino familiar de escala media—, Mar del Sud preservó, casi por inercia, su perfil de balneario de antaño, elegido por quienes buscan paz, naturaleza y desconexión. La ausencia de grandes inversiones inmobiliarias, que en otros lugares hubiera sido vista como un fracaso, terminó protegiendo al pueblo de la especulación y de la construcción en altura, dejando calles de tierra, casas bajas y una trama urbana mínima que hoy se valora como un activo en sí mismo.
Generaciones de veraneantes fueron transmitiendo el secreto de este rincón casi en voz baja: familias que volvían año tras año, pescadores que preferían sus rocas solitarias a las playas colmadas de otros balnearios, curiosos atraídos por las historias del hotel en ruinas. Su tranquilidad, sus playas solitarias y su entorno de médanos lo distinguen como un pequeño paraíso fuera del tiempo dentro de la concurrida costa bonaerense, el reverso silencioso de la Mar del Plata multitudinaria que queda a menos de una hora de viaje.
Tras más de un siglo de existencia errática y décadas de abandono, el Boulevard Atlantic Hotel volvió a ser noticia por los intentos de recuperarlo. El edificio, declarado de valor patrimonial y cargado de historia, fue objeto de proyectos de restauración que, entre avances y problemas legales de larga data en torno a su titularidad, buscaron rescatarlo del deterioro y del riesgo de derrumbe que arrastraba desde mediados del siglo XX.
El 18 de diciembre de 2023 se dio un paso concreto en ese proceso: reabrió su área gastronómica, con servicio de cafetería, pastelería y restaurante que funciona de nueve de la mañana a medianoche, acompañado de shows musicales y de tango dos veces por semana, en una primera etapa de reapertura escalonada que buscó devolverle vida al edificio sin apurar una restauración integral que, por su escala, demandará años y una inversión considerable. La noticia tuvo repercusión nacional, con notas en los principales medios del país que redescubrieron la historia casi olvidada del primer gran hotel frente al mar de la Argentina.
En los años siguientes, el hotel amplió su inversión: sumó un salón de eventos y habilitó sus primeras habitaciones, con la intención declarada de retomar gradualmente el alojamiento que le dio origen al pueblo hace más de un siglo. Hoy, ese proceso convierte a Mar del Sud en un destino donde conviven la nostalgia de las ruinas con la esperanza de la recuperación. El pueblo mantiene su perfil tranquilo y rústico, sus playas solitarias y su ambiente de otro tiempo, mientras su gran emblema —el Boulevard Atlantic— intenta escribir, casi ciento cuarenta años después de su inauguración, un nuevo capítulo de su larga y singular historia.