No hay un solo cartel de neón en Mar de las Pampas, ni un edificio que se asome por encima de las copas de los pinos: las ordenanzas municipales lo prohíben, y esa restricción, poco común en la costa atlántica argentina, es la clave de todo. Donde otros balnearios apostaron a la altura y el cemento, acá se apostó al silencio y a la sombra. Y sin embargo, hace apenas un siglo, este lugar no era bosque: era un médano desnudo y móvil, azotado por el viento, donde ni un pino lograba echar raíces. La historia de cómo ese desierto de arena se convirtió en la villa boscosa más buscada del sur bonaerense empieza, como tantas otras en esta costa, con la obsesión de un solo hombre por domesticar la duna.
Mar de las Pampas pertenece a esa familia de balnearios de la costa atlántica argentina cuyo origen está ligado a la forestación de los médanos. Forma parte del partido de Villa Gesell, fundado a partir del proyecto pionero de Carlos Idaho Gesell, quien desde 1931 emprendió la tarea de fijar y forestar las dunas vírgenes con pinos, acacias y otras especies, dando origen a la ciudad de Villa Gesell. Sobre esa base de bosque implantado, ya entrada la segunda mitad del siglo XX, comenzó a planificarse y desarrollarse Mar de las Pampas como una villa balnearia distinta, concebida con un criterio paisajístico de integración a la naturaleza.
A diferencia de los grandes balnearios masivos, la villa se proyectó para preservar el bosque: calles de arena trazadas entre los pinos, casas y cabañas de madera integradas al entorno, ausencia de grandes edificios y de cartelería estridente. La consigna era que el verde, la sombra y la tranquilidad fueran los protagonistas, en sintonía con el espíritu que también dio origen a la vecina Cariló, en el partido de Pinamar.
Ese diseño cuidadoso sentó las bases de la identidad apacible y boscosa que distingue al lugar. Mar de las Pampas nació pensada como refugio de calma frente al mar, un balneario-bosque donde la naturaleza marca el ritmo, en contraste con la efervescencia de la cercana ciudad de Villa Gesell.
Para entender Mar de las Pampas hay que remontarse a la epopeya forestadora de Carlos Idaho Gesell. A comienzos de la década de 1930, Gesell adquirió un extenso médano vivo frente al Atlántico con la idea original de cultivar árboles para fabricar madera destinada a su empresa de muebles para bebés. El desafío era enorme: fijar dunas móviles y áridas, expuestas al viento y la sal, donde casi nada crecía.
Tras numerosos fracasos, Gesell logró estabilizar las arenas con especies pioneras como la pita y el acacio, y luego forestar con pinos, eucaliptos y otras especies, creando el bosque que hoy caracteriza a toda la zona. Ese mismo bosque, pensado en principio con fines productivos, terminó convirtiéndose en el mayor atractivo turístico de la región y en la base ambiental sobre la que se levantarían balnearios como Mar de las Pampas, Las Gaviotas y Mar Azul.
La historia de Gesell es la de la transformación de un desierto de arena en un vergel costero. Sin esa hazaña de forestación, la fisonomía verde y umbría que define a Mar de las Pampas —su mayor seña de identidad— sencillamente no existiría.
Mar de las Pampas se desarrolló como villa balnearia recién en las últimas décadas del siglo XX, cuando los terrenos forestados al sur de Villa Gesell comenzaron a lotearse y urbanizarse con un criterio expreso de bajo impacto. A diferencia de los grandes centros turísticos, se optó por mantener las calles de arena sin asfaltar —una decisión de diseño que hasta hoy define la experiencia de caminar o andar en bici por la villa—, prohibir o limitar las grandes construcciones en altura y favorecer la edificación en madera, en armonía con el bosque de pinos marítimos y acacias.
Esa planificación, sumada a códigos de edificación restrictivos en materia de alturas y densidades —muy diferentes de los que rigieron el crecimiento vertical de Mar del Plata o de la propia Villa Gesell—, buscó preservar el carácter de villa tranquila y evitar la masificación. El resultado fue un balneario de escala humana, con casas y cabañas dispersas entre los pinos, sin la verticalidad ni el bullicio de los grandes destinos vecinos, donde encontrar una cabaña implica muchas veces adentrarse por callecitas de arena sin nombre visible hasta dar con el cartel de madera tallada que la identifica.
La decisión de cuidar el paisaje no fue casual: respondía a una demanda creciente de un turismo que buscaba naturaleza, silencio y descanso, en las antípodas del sol y playa multitudinario que consagró a otros puntos de la costa atlántica en las décadas de posguerra. Mar de las Pampas se posicionó así, desde su mismo trazado, como una alternativa de calma dentro de una de las costas más concurridas del país, apostando a la integración con el entorno como su principal valor, en una sintonía muy cercana a la que, casi en simultáneo, desarrollaba la vecina Cariló del lado de Pinamar.
El gran crecimiento de Mar de las Pampas se dio sobre todo desde la década de 1990 y comienzos del siglo XXI, cuando el turismo argentino comenzó a valorar cada vez más los destinos tranquilos, naturales y con encanto, en contraposición a los balnearios bulliciosos y masivos. La villa, con su bosque, sus cabañas de madera y su ambiente íntimo, sintonizó a la perfección con esa búsqueda y se transformó en uno de los destinos más codiciados de la costa para quienes querían descansar rodeados de naturaleza.
Se multiplicaron las cabañas y complejos con encanto, los hoteles boutique, las casas de té y los restaurantes, y se conformó un pequeño centro coqueto que reforzó el atractivo del lugar sin renunciar a su perfil sereno. El boom inmobiliario y turístico, sin embargo, planteó también el desafío de preservar el bosque y la escala de la villa frente a la presión del desarrollo.
Junto a sus vecinas Las Gaviotas y Mar Azul, Mar de las Pampas consolidó un polo de balnearios tranquilos en el sur del partido de Villa Gesell, una alternativa de calma y verde dentro de una de las zonas turísticas más concurridas de la Argentina. Su historia reciente es la de un destino que supo crecer apostando a la tranquilidad y a la naturaleza como sus mayores valores.