Dos veces por día, en un rincón de la costa bonaerense, el mar se mete tierra adentro: con cada marea alta, el agua salada del Atlántico empuja por un canal angosto y remonta hacia una laguna donde la esperan los arroyos de la pampa. Ese vaivén —agua dulce que baja, agua de mar que sube— ocurre en un solo lugar de toda la Argentina, y es exactamente ahí donde está Mar Chiquita. La historia de este pueblo es, ante todo, la historia de su albufera. A diferencia de las lagunas pampeanas de agua dulce o de las playas oceánicas abiertas, aquí se formó un cuerpo de agua de características excepcionales: una albufera, es decir, una laguna costera somera separada del mar por una barrera de médanos pero conectada con él a través de una boca o canal. Por esa boca entra y sale el agua del océano con el ritmo de las mareas, mientras los arroyos y cursos de la cuenca —entre ellos el arroyo Vivoratá y el canal 5— aportan agua dulce.
Esa mezcla constante de agua dulce y agua salada genera un ambiente salobre singular, con condiciones cambiantes de salinidad, que sostiene una flora y una fauna muy particulares, adaptadas a ese medio de transición entre la tierra, el río y el mar. Cangrejales, humedales, médanos y pastizales completan un mosaico de ambientes de gran riqueza. Con unos 46 km² de espejo de agua, Mar Chiquita es reconocida como la única albufera de la Argentina, lo que le confiere un valor científico y ecológico excepcional.
Ese carácter único explica que el lugar haya sido objeto de estudio y de protección. La albufera y su entorno se convirtieron en un sitio clave para la conservación, especialmente por su importancia para las aves —residentes y migratorias— y para la biodiversidad costera, en una franja del litoral bonaerense muy transformada por la urbanización turística.
Mucho antes de que existiera el balneario, las costas y los humedales de la zona de Mar Chiquita fueron recorridos por grupos de pueblos originarios pampeanos —cazadores-recolectores que aprovechaban la enorme riqueza de recursos del litoral atlántico y de la laguna salobre—. Los cangrejales, los bancos de peces y la abundancia de aves convirtieron a la albufera y a la franja costera en un área de gran valor para la subsistencia.
Con la expansión de la frontera y la formación del partido de Mar Chiquita en 1839, las tierras del actual partido se incorporaron a la organización política y productiva de la provincia de Buenos Aires. La cabecera administrativa se estableció en la localidad de Coronel Vidal, mientras que la franja costera permaneció durante décadas como un ámbito rural y casi despoblado, dedicado a la ganadería y la pesca artesanal.
La boca de la albufera y los médanos vecinos fueron, durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, un paraje agreste y poco transitado, muy distinto del destino turístico que llegaría más tarde. Esa baja ocupación humana, paradójicamente, ayudó a preservar el ecosistema hasta que se reconoció su valor.
El desarrollo del balneario de Mar Chiquita acompañó, ya entrado el siglo XX, el auge del turismo de playa en la costa atlántica bonaerense, que tuvo en Mar del Plata su gran motor a partir de la llegada del ferrocarril en 1886 y la posterior urbanización acelerada de la llamada 'Perla del Atlántico'. Pero a diferencia de los grandes centros turísticos masivos, Mar Chiquita se fue perfilando como una villa pequeña y tranquila, marcada por la presencia dominante de la albufera y de un entorno natural que limitaba —y a la vez definía— su crecimiento: los médanos, los bañados y las zonas anegadizas hicieron que la trama urbana quedara siempre acotada, sin las torres ni la densidad de otros puntos de la costa.
La fama del lugar se construyó alrededor de la pesca, los deportes náuticos sobre las aguas protegidas de la laguna y la posibilidad de disfrutar de playas amplias y serenas. Generaciones de pescadores deportivos llegaron atraídos por el pejerrey y la lisa que se crían en el ambiente salobre de la albufera, mientras que el perfil familiar, la baja densidad de construcción y la cercanía con Mar del Plata (a unos 35-40 km) hicieron de Mar Chiquita un refugio para quienes buscaban una alternativa más calma a los balnearios concurridos de la costa atlántica en temporada alta.
A lo largo del siglo, el partido —constituido formalmente como tal en 1839, con cabecera administrativa en Coronel Vidal— fue sumando además otros balnearios de perfil tranquilo: Santa Clara del Mar, que se transformó en la localidad turística más poblada y con más servicios del partido; Mar de Cobo, Camet Norte, Playa Dorada y Frente Mar, todos ellos consolidando una identidad turística basada en la escala humana, la naturaleza y el descanso, antes que en la masividad que caracterizó a Mar del Plata o a Villa Gesell.
El valor excepcional de la albufera de Mar Chiquita llevó a su reconocimiento internacional. En 1996 el área fue declarada Reserva de Biósfera por la Unesco, en el marco del programa MAB (El Hombre y la Biósfera), que busca conciliar la conservación de ecosistemas valiosos con el desarrollo humano sostenible. La reserva, conocida también como Parque Atlántico Mar Chiquito, abarca la laguna, sus humedales y la franja costera circundante.
Esa distinción consagró a Mar Chiquita como uno de los humedales más importantes del país y orientó su desarrollo hacia un turismo respetuoso del ambiente. La zona es además reconocida como sitio de importancia para la conservación de las aves, con más de 200 especies registradas, muchas de ellas migratorias que utilizan la albufera como área de descanso y alimentación en sus largos viajes por el continente.
A diferencia de los grandes balnearios que crecieron de espaldas a la naturaleza, Mar Chiquita se fue perfilando como un destino donde la albufera y su biodiversidad son el principal atractivo. El avistaje de aves, la navegación de bajo impacto, los deportes náuticos sobre la laguna y el contacto con un ecosistema único atraen a quienes buscan naturaleza y tranquilidad. Esa identidad —la de un balneario-reserva, con la única albufera de la Argentina como corazón— es lo que distingue a Mar Chiquita dentro de la costa atlántica y lo que sostiene su atractivo como destino de naturaleza.
Hoy la convivencia entre conservación y turismo sigue siendo el gran desafío y, a la vez, la gran virtud del lugar: guardaparques, biólogos y la Secretaría de Turismo y Ambiente del partido trabajan para que el crecimiento de las visitas no ponga en riesgo el delicado equilibrio salobre de la laguna, mientras cada temporada llegan más viajeros interesados específicamente en el avistaje de aves, la fotografía de naturaleza y el ecoturismo, un perfil de visitante muy distinto al que buscaba únicamente sol y playa en las décadas de mayor auge del turismo masivo bonaerense. Esa combinación de historia natural excepcional, baja escala urbana y reconocimiento científico internacional convierte a Mar Chiquita en una postal poco habitual dentro de la costa atlántica argentina: la de un pueblo de pescadores y veraneantes que terminó siendo, ante todo, el guardián de un humedal único en el país.