A simple vista, La Payunia parece Marte: más de ochocientos conos volcánicos desparramados en un desierto de lava negra y arenas oscuras, sin un alma ni una señal de celular en cientos de kilómetros a la redonda. Cuesta creer que ese paisaje lunar, hoy meta de fotógrafos y geólogos de todo el mundo, haya sido durante siglos territorio de paso de cazadores a caballo, y que el mismo cielo despejado que hoy atrae astrónomos con detectores de rayos cósmicos haya guiado antes a los pehuenches en sus rutas trashumantes entre la estepa y la cordillera. Malargüe es, literalmente, tierra de extremos: de volcanes y cuevas, de chivos y radiotelescopios, de un pueblo chico con ambiciones de capital científica.
El extenso territorio del actual departamento de Malargüe, en el extremo sur de Mendoza, estuvo habitado durante siglos por pueblos originarios de la región, entre ellos los pehuenches y otros grupos de la Patagonia norte y el sur cuyano, cazadores y recolectores que recorrían la estepa, los valles de altura y las zonas volcánicas siguiendo el ciclo de las estaciones y la disponibilidad de agua y pasturas. La región era además un área de paso y de intercambio, vinculada a las rutas que cruzaban la cordillera por los pasos del sur y conectaban distintos pueblos a ambos lados de los Andes, incluyendo el intercambio de sal, textiles y ganado.
El nombre Malargüe es de raíz mapuche y existen varias interpretaciones sobre su significado. Las versiones más difundidas lo asocian a expresiones como 'lugar de corrales' o 'médano blando', en referencia a las características del terreno y a su uso ganadero. Esta toponimia, como tantas otras en el sur mendocino y la Patagonia, refleja la fuerte presencia de las lenguas y culturas originarias en la región.
Tras la colonización y la posterior incorporación efectiva del sur mendocino al Estado argentino —proceso que se consolidó con las campañas militares de la segunda mitad del siglo XIX—, Malargüe quedó integrado a la provincia de Mendoza como un vasto territorio de baja densidad de población, marcado por la ganadería trashumante, las grandes distancias y los paisajes extremos de estepa, volcanes y montañas.
Durante buena parte de su historia, la economía de Malargüe giró en torno a la ganadería, especialmente la cría de chivos (cabras), que se convirtió en un emblema de la región y dio origen al célebre chivo malargüino, hoy plato típico y motivo de fiestas populares como la Fiesta Nacional del Chivo, que se celebra cada enero desde hace más de cuatro décadas y convoca a miles de visitantes. La trashumancia —el traslado estacional del ganado entre las zonas bajas de invernada y los valles de altura o veranada— marcó el modo de vida de los crianceros del sur mendocino, muchos de ellos descendientes de los antiguos pobladores pehuenches, que aún hoy recorren a caballo o a pie largas distancias con sus majadas siguiendo el pasto y el agua según la estación.
A esa base ganadera se sumó, en distintos momentos del siglo XX, la actividad minera y petrolera, que aprovechó los recursos del subsuelo de la región —yacimientos de uranio, entre otros minerales, y reservas de hidrocarburos en la cuenca neuquina— y contribuyó al crecimiento del pueblo y a su integración con el resto de la provincia mediante rutas y ramales que antes no existían. La explotación de minerales y de hidrocarburos atrajo población y dinamizó la economía local, dándole a Malargüe un perfil ligado también a la industria extractiva, distinto del perfil agroindustrial y vitivinícola del resto de Mendoza.
La localidad fue creciendo así como cabecera de un departamento enorme —uno de los más extensos de la provincia, con apenas un puñado de habitantes por kilómetro cuadrado— y poco poblado, centro de servicios de una vasta región de estepa, volcanes y cordillera. Pese a las grandes distancias y al aislamiento relativo, Malargüe se consolidó como el punto de referencia urbano del extremo sur mendocino, conservando su carácter de pueblo grande de frontera natural, antes de su reinvención turística y científica de las últimas décadas.
En las últimas décadas, Malargüe se reinventó como destino de turismo de naturaleza, aventura y ciencia, apoyándose en los extraordinarios recursos de su entorno. La reserva volcánica de La Payunia, con sus cientos de conos, la subterránea Caverna de las Brujas, la laguna de Llancanelo poblada de flamencos y el cercano centro de esquí de Las Leñas convirtieron al departamento en uno de los grandes destinos de naturaleza del país, todavía relativamente poco masificado.
A esa dimensión natural se sumó una faceta científica singular. Malargüe fue elegida como sede del Observatorio Pierre Auger, un ambicioso proyecto internacional de detección de rayos cósmicos que despliega sus instalaciones por la pampa malargüina, aprovechando las condiciones del terreno y de los cielos del sur mendocino. La ciudad sumó además un planetario y una identidad ligada a la astronomía y la investigación, poco habitual en pueblos de su tamaño.
Hoy Malargüe combina sus raíces —los pueblos originarios, la ganadería del chivo, la minería— con su nuevo perfil de capital del turismo de aventura y de la ciencia en el sur de Mendoza. Naturaleza extrema, cielos límpidos, volcanes, cuevas, esquí y rayos cósmicos conviven en una de las regiones más fascinantes y agrestes de Cuyo.
La elección de Malargüe como sede del hemisferio sur del Observatorio Pierre Auger no fue casual. A fines de la década de 1990, la colaboración internacional que ideó este detector de rayos cósmicos de ultraalta energía buscaba un sitio amplio, llano, despoblado, con cielos límpidos y baja contaminación lumínica. La pampa malargüina, al pie de la cordillera, reunía esas condiciones. La construcción comenzó hacia el año 2000 y el observatorio quedó plenamente operativo en 2008, con sus 1.600 detectores de superficie distribuidos sobre unos 3.000 km² y telescopios de fluorescencia que observan el cielo nocturno.
El proyecto, que reúne a científicos de unos 18 países, convirtió a Malargüe en un punto de referencia de la física de altas energías a nivel mundial y atrajo investigadores, técnicos y estudiantes a un pueblo que hasta entonces vivía sobre todo de la ganadería, la minería y el incipiente turismo. La presencia del observatorio impulsó además infraestructura, empleo calificado y una cultura científica local poco común en una localidad de su tamaño.
En 2012 esa vocación se completó con la inauguración del Planetario Malargüe, un domo digital de última generación que acercó la astronomía al público general y a las escuelas. Entre el observatorio, el planetario y los cielos oscuros del sur mendocino, Malargüe consolidó una identidad doble —naturaleza extrema y ciencia de punta— que hoy es parte central de su marca turística y de su orgullo comunitario.