Todo empezó con unos bueyes que se negaron a caminar. Hacia 1630, una carreta que transportaba dos imágenes religiosas encargadas desde Brasil por el hacendado portugués Antonio Farías de Sá se detuvo a orillas del río Luján y, por más que se intentó, los animales no lograron reanudar la marcha mientras una de las cajas —la que contenía una pequeña imagen de terracota de la Inmaculada Concepción, de apenas 38 centímetros— estuviera cargada. Solo al descargarla, la carreta pudo continuar. De ese episodio, mitad fe y mitad leyenda, nació la ciudad santuario más importante de la Argentina.
El hecho fue interpretado como una señal del deseo de la Virgen de permanecer en aquel lugar. La imagen quedó allí y comenzó a ser venerada, dando origen a una capilla y, con el tiempo, a un creciente culto. Se atribuye a un esclavo de origen africano, conocido como el negro Manuel, un papel devocional central en el cuidado de la imagen durante décadas: la tradición cuenta que decía que la Virgen 'no quería ser servida sino por él', y su figura quedó unida para siempre a la historia del santuario.
De aquel episodio nació la devoción a Nuestra Señora de Luján, que con los siglos se convertiría en la advocación mariana más importante de la Argentina y patrona del país. El santuario surgido en torno a la imagen fue el germen de la ciudad de Luján, que creció y se desarrolló al amparo de la fe que convocaba a peregrinos desde lugares cada vez más lejanos.
Con el correr de los siglos, la devoción a la Virgen de Luján fue creciendo de manera notable, y los sucesivos templos resultaron pequeños para la cantidad de fieles que acudían. Un hito clave fue la coronación canónica de la imagen, autorizada por el papa León XIII y celebrada el 8 de mayo de 1887 ante unos 40.000 fieles, que consolidó a Luján como el gran centro mariano del Río de la Plata. Poco después, en 1890, comenzó la construcción de un santuario a la altura del culto: un imponente templo de estilo neogótico proyectado por el arquitecto francés Uldéric Courtois, con torres de más de 100 metros, cuya obra se extendió durante décadas hasta su terminación en 1935. Esa es la actual Basílica de Luján, monumento que domina la ciudad.
La Virgen de Luján fue consagrada como patrona de la Argentina —y también de Uruguay y Paraguay—, lo que afianzó a Luján como el principal centro de peregrinación del país. La basílica recibió el rango de basílica nacional, y su santuario se convirtió en destino de millones de fieles. La devoción se expresó en peregrinaciones de todo tipo —a pie, en bicicleta, a caballo, en moto, de colectividades y de gauchos—, que a lo largo del año confluyen en el templo.
La más impresionante de todas es la peregrinación juvenil a pie desde Buenos Aires, que congrega cada año a más de un millón de personas, una de las manifestaciones de religiosidad popular más grandes de la región. En torno a esa fe, Luján consolidó también su faceta histórica y cultural, con un casco antiguo y museos de primer nivel, conformando un destino donde la devoción mariana, la historia colonial y el patrimonio se entrelazan a las puertas de Buenos Aires.
Al amparo del santuario, Luján creció durante los siglos XVII y XVIII como una villa de la campaña bonaerense, en una zona estratégica del camino hacia el interior y hacia el puerto. Su Cabildo —cuyo edificio aún se conserva en el casco histórico— da cuenta de la importancia institucional que la villa llegó a tener en la época colonial, como cabecera de una vasta región rural.
Luján fue, además, escenario de episodios significativos de la historia argentina. Durante las invasiones inglesas de 1806-1807, la ciudad tuvo un papel destacado: en su Cabildo estuvo detenido el general británico William Carr Beresford tras la Reconquista de Buenos Aires, y desde allí logró fugarse. Más tarde, ya en tiempos independientes, la villa siguió ligada a los acontecimientos políticos de la provincia y la nación, sumando capas de historia a su identidad religiosa.
Esa rica trama histórica explica por qué Luján conserva, junto a su santuario, un patrimonio colonial de primer orden: el antiguo Cabildo, la Casa del Virrey y otras construcciones que hoy forman parte de su célebre complejo museográfico. La ciudad creció así con una doble vocación: la del gran centro de peregrinación y la de guardiana de la memoria histórica del país.
A lo largo del siglo XX, Luján consolidó su perfil único como destino donde se entrelazan la devoción mariana, la historia colonial y el patrimonio cultural. La basílica neogótica, terminada a comienzos de siglo, se convirtió en un ícono nacional y en el punto de llegada de peregrinaciones cada vez más multitudinarias, mientras la ciudad desarrollaba la infraestructura para recibir a millones de visitantes al año: hoteles, hospederías religiosas, restaurantes y comercios de artículos devocionales fueron surgiendo alrededor de la explanada del templo, en una economía local que desde entonces gira en gran medida en torno al peregrino.
Un hito cultural fue la creación, impulsada por el historiador y coleccionista Enrique Udaondo, del gran complejo museográfico que hoy lleva su nombre. Instalado en el Cabildo y la Casa del Virrey, reúne colecciones excepcionales de historia, arte colonial, platería y transporte —con carruajes, automóviles, locomotoras y aviones históricos—, convirtiéndose en uno de los museos más completos e importantes de la Argentina y en un complemento perfecto de la visita al santuario. Udaondo dedicó buena parte de su vida a rescatar y catalogar piezas del patrimonio nacional que hoy conforman una de las colecciones más valiosas del país fuera de Buenos Aires.
La peregrinación juvenil tiene fecha de nacimiento exacta: el 25 de octubre de 1975, en plena crisis política y económica del país, unos 30.000 jóvenes caminaron por primera vez desde Liniers hasta la basílica —63 kilómetros— bajo el lema 'La juventud peregrina a Luján por la patria', por iniciativa del padre Rafael Tello, un teólogo que trabajaba con grupos juveniles porteños. Aquella marcha, que al principio no contó con apoyo oficial, fue creciendo año tras año hasta transformarse en el fenómeno de fe popular masiva que es hoy: más de un millón de personas caminando durante toda una noche y buena parte del día siguiente, en una demostración de resistencia física y espiritual que convierte a octubre en el mes más intenso del calendario lujanense. Alrededor de esa fecha se organiza un enorme operativo de salud, seguridad y logística que moviliza a miles de voluntarios, la Iglesia, el Estado provincial y nacional, y organizaciones civiles de toda la provincia.
Hoy Luján es a la vez la capital espiritual del catolicismo argentino y una ciudad con un casco histórico vivo, museos de primer nivel y el verde del río que la atraviesa. Su cercanía a Buenos Aires —resuelta hoy por el Acceso Oeste y por el tren Sarmiento, heredero de aquellas líneas férreas que en el siglo XIX conectaron por primera vez a la villa colonial con la gran capital— la convierte en una de las escapadas de un día más clásicas de la región, capaz de combinar en una misma jornada la fe popular, la historia colonial y un paseo tranquilo a orillas del agua. Pocas ciudades argentinas condensan en un espacio tan reducido tantas capas de significado: la leyenda fundacional del siglo XVII, el drama colonial de las invasiones inglesas, el monumental templo neogótico y la devoción multitudinaria del presente, todo a menos de setenta kilómetros de la Plaza de Mayo.