Cuesta creer que una copa de Malbec de Luján de Cuyo, capaz de venderse hoy a cientos de dólares en las cartas de vino de Nueva York o Londres, tenga su origen último en una técnica de riego que los huarpes perfeccionaron siglos antes de que llegara la primera cepa europea a estas tierras. Sin esa red de acequias que domesticó el agua de deshielo de los Andes, el oasis de Mendoza simplemente no existiría, y Luján de Cuyo sería hoy un pedazo más de la estepa árida cuyana en lugar de la 'Tierra del Malbec' que atrae a enófilos de todo el mundo.
Luján de Cuyo forma parte del oasis del Gran Mendoza, una región de clima árido transformada en tierra fértil gracias al manejo del agua de deshielo de la cordillera. Antes de la llegada de los españoles, los huarpes habitaban estos valles y practicaban una agricultura de regadío mediante acequias, aprovechando los ríos andinos. Ese dominio del agua sería la base de toda la economía agrícola posterior de la región.
Con la colonización española y la fundación de Mendoza en el siglo XVI llegó la vid, que halló en el oasis condiciones inmejorables: abundante sol, clima seco, gran amplitud térmica entre el día y la noche, y agua de deshielo para el riego. La zona de Luján, atravesada por el río Mendoza y ubicada en el camino hacia la cordillera, se fue poblando de fincas, viñedos y frutales, integrándose al sistema agrícola del oasis mendocino.
La particularidad de Luján de Cuyo, que más tarde resultaría decisiva, es la altura de sus viñedos y las características de sus suelos y su clima, especialmente aptos para la vid de calidad. Aunque durante mucho tiempo la producción fue una más dentro del conjunto mendocino, esas condiciones naturales contenían ya el potencial que terminaría por convertir a la zona en una de las más prestigiosas del país.
La historia vitivinícola moderna de Mendoza —y de Luján de Cuyo dentro de ella— se forjó en el último tercio del siglo XIX, tras un hecho dramático: el terremoto de 1861, que destruyó casi por completo la ciudad de Mendoza. La reconstrucción posterior coincidió con un período de profundas transformaciones que cambiarían para siempre el perfil de la región.
Dos factores resultaron decisivos. Primero, la llegada del ferrocarril en 1885, que conectó a Mendoza con Buenos Aires y el puerto, permitiendo enviar el vino a los grandes centros de consumo del país. Segundo, la gran inmigración europea —italianos, españoles y franceses—, que trajo conocimientos, cepas y técnicas de elaboración. A ello se sumó la sistematización del riego con el agua de deshielo, herencia perfeccionada del antiguo manejo huarpe. Así nació la gran industria vitivinícola mendocina, con bodegas que se multiplicaron en el oasis, varias de ellas en Luján de Cuyo.
Durante el siglo XX, Mendoza se consolidó como la principal región productora de vino de la Argentina y una de las más importantes de América. Aunque buena parte de la producción se orientó durante décadas al vino de mesa, en zonas como Luján de Cuyo se fue gestando, con sus viñedos de altura y sus suelos privilegiados, el potencial de calidad que más tarde estallaría con el reconocimiento mundial del Malbec.
El Malbec llegó a la Argentina con nombre y fecha: el 17 de abril de 1853, por impulso de Domingo Faustino Sarmiento, se presentó ante la Legislatura de Mendoza el proyecto de la Quinta Normal y Escuela de Agricultura, cuya organización quedó a cargo del agrónomo francés Michel Aimé Pouget (1821-1875), quien introdujo las primeras cepas de malbec junto a otras variedades francesas. Aquella fecha se celebra hoy, en todo el mundo, como el Día Mundial del Malbec. La cepa, que en su Francia natal había perdido protagonismo, encontró en Mendoza —y muy especialmente en Luján de Cuyo— un nuevo hogar donde alcanzó una expresión extraordinaria. Los viñedos de altura de Luján, regados con agua pura de deshielo y favorecidos por la gran amplitud térmica, dieron Malbec de color intenso, fruta concentrada y taninos elegantes, que con el tiempo se convertirían en el emblema del vino argentino en el mundo.
El reconocimiento de esa calidad excepcional se formalizó en un hito histórico: en 1989, Luján de Cuyo estableció la primera Denominación de Origen Controlada de la Argentina (y una de las primeras de América), precisamente para el Malbec de la zona. Esta DOC fijó estándares y delimitó un área de producción de alta calidad, consolidando el prestigio de Luján como cuna del mejor Malbec y como referencia de la vitivinicultura de excelencia del país.
Desde entonces, Luján de Cuyo quedó asociada de forma indisoluble al Malbec y a la idea de 'Primera Zona' del vino mendocino. Bodegas históricas y nuevos emprendimientos de autor apostaron por la calidad, los terruños y la expresión de la cepa, contribuyendo al auge internacional del vino argentino que se dio en las décadas siguientes.
El reconocimiento mundial del Malbec argentino, a partir de fines del siglo XX y comienzos del XXI, transformó a Luján de Cuyo en uno de los grandes destinos del enoturismo del país. Las bodegas, además de producir, abrieron sus puertas al turismo con visitas, catas y experiencias de nivel internacional, muchas de ellas en instalaciones de arquitectura de diseño firmadas por estudios reconocidos internacionalmente, y desarrollaron una gastronomía de excelencia, con restaurantes de bodega reconocidos que ofrecen almuerzos maridados entre viñedos y montañas. Bodegas como Catena Zapata, con su edificio en forma de pirámide inspirado en templos precolombinos, se convirtieron en verdaderos íconos arquitectónicos que atraen tanto a bebedores de vino como a curiosos del diseño.
La zona se posicionó así como un destino de alta gama, capaz de atraer a aficionados al vino de todo el mundo, pero también con propuestas accesibles para distintos públicos. Su cercanía a la ciudad de Mendoza y a la otra gran zona tradicional, Maipú, junto con su ubicación en la puerta del corredor de alta montaña hacia el Aconcagua, reforzaron su atractivo turístico, permitiendo combinar el vino con la gastronomía, el paisaje y la aventura. Revistas especializadas y guías internacionales de vino empezaron a incluir a Luján de Cuyo entre los grandes destinos enoturísticos del planeta, a la par de Napa Valley, la Toscana o la Rioja española, un salto de escala que dos generaciones atrás hubiera sido difícil de imaginar para una región que todavía producía mayormente vino de mesa a granel.
Hoy Luján de Cuyo encarna la historia del vino argentino contemporáneo: del oasis y el riego heredados de los huarpes, pasando por la vid colonial y la gran industria del siglo XX, hasta la consagración del Malbec y la primera Denominación de Origen del país. La 'Tierra del Malbec' es a la vez símbolo de calidad enológica y uno de los corazones del turismo del vino en Sudamérica, un territorio donde cada copa cuenta, en el fondo, la historia de un desierto que un día aprendió a florecer.