Imaginate señalar con el dedo un valle en medio de la estepa más árida de la Patagonia y decir: aquí, y solo aquí, la vida es más amable. Eso hicieron los tehuelches hace siglos con el valle de Los Antiguos, y ese gesto quedó grabado para siempre en el nombre del lugar. No es casualidad que, a pocos kilómetros, en las paredes de un cañadón, esos mismos pueblos dejaran estampadas cientos de manos en negativo que todavía hoy nos miran desde hace nueve mil años: este rincón del noroeste de Santa Cruz fue, desde tiempos remotos, un refugio elegido en medio de la inmensidad patagónica.
Mucho antes de que existiera el pueblo, el valle a orillas del lago Buenos Aires fue territorio de los tehuelches, los antiguos habitantes de la Patagonia, cazadores-recolectores que recorrían la estepa siguiendo a los guanacos y aprovechando los recursos del lago y los ríos. La presencia humana en la región es milenaria, como lo atestiguan, no muy lejos, las pinturas rupestres de la Cueva de las Manos, de miles de años de antigüedad.
El propio nombre de la localidad nace de esa raíz originaria: los tehuelches aónikenk llamaban a este valle I-Keu-khon (también registrado como i-keu-kenk), una expresión que se traduce como 'lugar de los antiguos', 'lugar de los viejos' o 'mis antepasados'. La explicación más difundida vincula ese nombre al clima: el valle, resguardado por el gran lago y la cordillera, gozaba de un microclima más benigno que la estepa circundante, lo que permitía que los ancianos de las comunidades —los 'antiguos'— pasaran allí sus últimos años, protegidos de los rigores del clima patagónico.
Así, el nombre del pueblo conserva la memoria de sus primeros habitantes y de una característica que sigue definiéndolo: ese clima especial, suavizado por el lago, que más tarde haría posible el cultivo de cerezas y frutos finos en plena Patagonia.
La localidad de Los Antiguos se conformó como colonia agrícola a comienzos del siglo XX: en julio de 1921, un decreto del Poder Ejecutivo Nacional creó la Colonia Mixta (agrícola-ganadera) 'Leandro N. Alem', aprovechando las condiciones favorables del valle a orillas del lago Buenos Aires. Recién en 1941 la colonia recuperó la denominación de raíz tehuelche que usaban los pobladores —Los Antiguos—, y en 1970 fue reconocida formalmente como municipio.
Los primeros pobladores —colonos criollos e inmigrantes— se asentaron en el valle atraídos por la posibilidad de cultivar y criar animales en una de las pocas zonas verdes de la árida estepa santacruceña. La vida era dura y aislada, en un rincón remoto del país, expuesto al viento patagónico y lejos de los grandes centros, pero el lago y el microclima ofrecían un refugio fértil poco común en la región.
Durante décadas, la economía local se basó en la ganadería y la agricultura tradicional. Los Antiguos fue creciendo lentamente como un pequeño pueblo de chacras, alamedas y caminos de tierra, cuyo destino estaba estrechamente ligado a la tierra y al agua del lago, en espera del cultivo que terminaría por darle fama nacional.
El gran cambio en la historia de Los Antiguos llegó en la década de 1970 con la introducción del cultivo de cerezas y otros frutos finos. Aprovechando el microclima del valle, los productores comenzaron a plantar cerezos, frutillas, frambuesas y grosellas, que encontraron en estas tierras condiciones ideales. La calidad de la fruta —y en especial de las cerezas— pronto se hizo famosa en todo el país.
Esa nueva actividad transformó por completo el perfil productivo del pueblo, que pasó de la ganadería tradicional a una próspera fruticultura, con buena parte de la producción destinada a la exportación. Para celebrar la cosecha y promover sus frutas, desde 1988 Los Antiguos organiza cada enero la Fiesta Nacional de la Cereza, que se convirtió en el gran evento del verano y consagró a la localidad como Capital Nacional de la Cereza.
No todo fue fácil: en 1991, la erupción del volcán chileno Hudson cubrió la región de cenizas y golpeó duramente la producción y la vida del pueblo. Sin embargo, Los Antiguos logró recuperarse y reconstruir su actividad frutícola. Hoy combina la producción de cerezas y frutos finos, el turismo ligado al lago y a las chacras, y su papel como base para visitar la Cueva de las Manos y recorrer el noroeste de Santa Cruz, en un equilibrio entre tradición agrícola y atractivo turístico.
El golpe más duro de la historia reciente de Los Antiguos llegó en agosto de 1991, con la gran erupción del volcán chileno Hudson, en la cordillera al otro lado de la frontera. El viento empujó hacia el este enormes columnas de ceniza que cubrieron buena parte de Santa Cruz y, en especial, el valle de Los Antiguos, en lo que fue una de las erupciones más importantes del siglo XX en Sudamérica. Las chacras quedaron sepultadas bajo capas de cenizas de varios centímetros, murieron animales, se interrumpió por completo la producción y muchos pobladores debieron ser evacuados durante semanas. Fue una catástrofe que puso en jaque la existencia misma del pueblo cerecero, apenas una década después de que el cultivo de frutos finos hubiera empezado a despegar como actividad económica.
Lejos de rendirse, los habitantes de Los Antiguos encararon una lenta y tenaz reconstrucción, con apoyo de organismos provinciales y nacionales que ayudaron a remover las cenizas y a recuperar los cultivos dañados. Con el tiempo, las cenizas —ricas en minerales volcánicos— terminaron incluso aportando nutrientes al suelo, y la fruticultura volvió a florecer con una fuerza renovada. El pueblo recuperó sus cerezos, sus alamedas y, unos años después, relanzó con más fuerza su Fiesta Nacional de la Cereza, transformando la tragedia en un capítulo más de su historia de perseverancia patagónica, una historia que hoy los propios productores cuentan con orgullo a los visitantes que recorren sus chacras.
En las últimas décadas, Los Antiguos sumó a su perfil agrícola un creciente desarrollo turístico. El atractivo del lago Buenos Aires, las chacras visitables, la cercanía de la Cueva de las Manos —declarada Patrimonio Mundial de la Unesco en 1999— y su rol como puerta de entrada al noroeste de Santa Cruz y a los caminos escénicos de la Ruta 40, como la espectacular Ruta Escénica del Monte Zeballos, lo convirtieron en un destino cada vez más elegido dentro de los circuitos patagónicos. La Fiesta Nacional de la Cereza, que en su edición 35 de enero de 2026 volvió a reunir a miles de visitantes en la costanera del pueblo, es hoy la mejor vidriera de esa combinación entre tradición productiva y turismo que define a Los Antiguos.
Hoy, el pueblo combina su esencia productiva con un turismo tranquilo y auténtico, fiel a ese carácter de oasis verde en plena estepa que lo distingue desde sus orígenes tehuelches. De 'lugar de los antiguos' a colonia agrícola, de colonia agrícola a capital nacional de la cereza, y de capital de la cereza a puerta de entrada a uno de los tesoros arqueológicos más importantes de América: la historia de Los Antiguos es, en el fondo, la historia de un valle que una y otra vez encontró la manera de florecer en medio de la Patagonia más árida.