La historia de Las Leñas empieza en una fila. A principios de los años setenta, en Bariloche, un empresario de la carne llamado Ernesto 'Tito' Lowenstein —el creador de las hamburguesas Paty— esperaba frente a una telesilla junto a cientos de esquiadores impacientes cuando entendió que la Argentina tenía un mercado de nieve insatisfecho. Una década después, ese fastidio se convirtió en una apuesta que sonaba descabellada: construir desde cero, en medio de la nada, a 340 kilómetros de la ciudad más cercana, uno de los centros de esquí más lujosos del hemisferio sur. No había pueblo, no había ruta asfaltada completa, no había nada más que un valle de la cordillera con nieve seca y laderas perfectas. Cuatro décadas después, Las Leñas sigue siendo sinónimo de esquí extremo, aprés-ski y glamour de montaña en la Argentina, y su historia es la de una apuesta que, contra todo pronóstico, funcionó.
Las Leñas se ubica en un valle de la alta cordillera de los Andes, en el departamento de Malargüe, en el extremo sur de la provincia de Mendoza. Es una región de montañas imponentes, inviernos rigurosos y abundante nieve, históricamente alejada y poco poblada, donde la naturaleza manda. El nombre 'Las Leñas' alude a la leña de los arbustos de altura que crecían en la zona, en un entorno agreste de cumbres y arroyos de deshielo, frecuentado antiguamente por arrieros y puesteros que cruzaban la cordillera con su hacienda.
Durante siglos, este rincón del sur mendocino fue territorio de paso y de actividad rural más que de turismo. Su gran riqueza —la nieve seca y de calidad que cubre sus laderas cada invierno, gracias a la altura y al clima cordillerano— recién sería 'descubierta' como recurso turístico en el siglo XX, cuando el esquí se popularizó en la Argentina y se buscaron valles aptos para desarrollar centros de nieve de nivel internacional que pudieran competir con los grandes destinos de Europa y América del Norte.
El proyecto tomó forma cuando Lowenstein compró las tierras del valle de Las Leñas Amarillas a Bunge & Born, el gigante agroexportador que también había evaluado construir allí un centro de esquí. Las obras comenzaron el 20 de enero de 1982 y avanzaron a un ritmo asombroso: implicaron construir literalmente un pueblo de montaña en un lugar sin infraestructura previa —rutas, tendido eléctrico, sistema de agua, hoteles a pie de pista y medios de elevación se levantaron casi al mismo tiempo—. El 16 de junio de 1983, antes de lo previsto, Las Leñas se inauguró con tres telesillas que trepaban hasta los 3.400 metros y tres hoteles —Escorpio, Acuario y Géminis— que sumaban 480 camas. Ese mismo día se inauguró también el aeropuerto de Malargüe, que recibió el primer vuelo de pasajeros desde Aeroparque: el complejo y su puerta de entrada aérea nacieron juntos.
La apuesta funcionó: en poco tiempo, Las Leñas se convirtió en uno de los centros de esquí más prestigiosos de Sudamérica. Su combinación de pistas exigentes, mucho terreno fuera de pista para expertos, infraestructura de calidad y una vida social vibrante lo transformó en un punto de encuentro de esquiadores avanzados, de turistas de todo el continente y, en sus temporadas de mayor brillo —sobre todo durante los años noventa—, del jet set argentino e internacional, que llegaba en vuelos chárter directamente a la pista de aterrizaje del propio complejo. La marca 'Las Leñas' quedó asociada al esquí de alta gama en la Argentina, comparada muchas veces con estaciones europeas como Chamonix o Val d'Isère por la calidad de su nieve y la dureza de sus descensos.
Con los años, Las Leñas construyó una reputación particular dentro del mundo del esquí. Por un lado, su fama de paraíso del esquí extremo y el fuera de pista: laderas empinadas, nieve profunda y descensos desafiantes que atraen a esquiadores y snowboarders avanzados de toda América, junto a pistas más suaves para principiantes y familias. El telesilla Marte, que da acceso a los sectores más altos y técnicos del cerro, se convirtió en un nombre de culto entre los esquiadores expertos de todo el continente, comparable a los grandes couloirs de Chamonix o Jackson Hole. Es, además, el único centro de Sudamérica que ofrece esquí nocturno, deslizándose bajo las luces con la cordillera y las estrellas de fondo, una experiencia que pocos destinos del hemisferio sur pueden igualar.
Por otro lado, su intensa vida social: el aprés-ski, los bares, las fiestas y el ambiente cosmopolita hicieron de Las Leñas tanto un destino deportivo como un punto de encuentro y diversión. En los años de mayor esplendor, el hotel Piscis y sus salones fueron escenario de fiestas que se hicieron leyenda en el ambiente social porteño, con celebridades, empresarios y deportistas que elegían Las Leñas como destino de vacaciones de invierno. Esa doble identidad —deporte de alta montaña y movida social— consolidó su lugar como uno de los grandes nombres del turismo de invierno argentino, con hoteles, spa y restaurantes que completan la experiencia, y una escuela de esquí que en cada temporada forma a miles de principiantes que llegan atraídos por el mito del lugar.
En las últimas décadas, Las Leñas —como tantos centros de esquí del mundo, desde los Alpes hasta las Rocosas— enfrentó nuevos desafíos. La variabilidad de las nevadas y el cambio climático complicaron la conservación de la nieve en algunos sectores, con temporadas de nieve escasa que obligaron a repensar la operación del centro, al punto de que se planteó la reubicación de parte de las pistas para asegurar mejores condiciones de esquí en los sectores más altos y protegidos del sol. La fábrica de nieve artificial y la gestión inteligente del terreno —abriendo solo los sectores con mejor cobertura— se volvieron herramientas clave para sostener la temporada invernal año a año, en un contexto donde ya no se puede dar la nieve por garantizada como en las décadas fundacionales del complejo.
Al mismo tiempo, el complejo amplió su propuesta más allá del invierno, entendiendo que depender exclusivamente de la nieve es cada vez más riesgoso desde el punto de vista del negocio turístico. En verano, una parte de Las Leñas abre sus puertas y el valle se ofrece como destino de relax y turismo aventura, con cabalgatas por las vegas de altura, trekking hacia lagunas y miradores, y mountain bike entre paisajes de montaña que en la temporada blanca quedan completamente ocultos bajo la nieve. El Valle Hermoso, con sus arroyos de deshielo y formaciones rocosas de colores, se transformó en uno de los grandes atractivos de la temporada estival, muy distinto en espíritu al bullicio invernal pero igual de espectacular en términos paisajísticos.
Así, el viejo valle de leña y nieve del sur mendocino se reinventa permanentemente para sostener su lugar de privilegio entre los grandes centros de esquí de Sudamérica: de ser, en los años ochenta, una apuesta arriesgada en medio de la cordillera, pasó a convertirse en un ícono del turismo argentino, y hoy enfrenta el desafío de adaptarse a un clima cambiante sin perder la esencia que lo hizo famoso —la nieve seca, las pistas exigentes y esa vida social que combina deporte extremo con noches de aprés-ski al pie de las montañas más altas de América.