La historia de La Cumbrecita está atada a la de una familia y a la de una época difícil de Europa. En 1932, la empresa Siemens trasladó de Berlín a Buenos Aires al ingeniero Helmut Cabjolsky para dirigir la filial argentina. Viajó con su esposa, Hedwig Behrend —de ascendencia judía por línea paterna—, y sus dos hijos, Helmut y Klaus. El contrato preveía apenas unos años en la Argentina, pero el destino tenía otros planes.
En 1934, durante su estadía, y con el recuerdo de los paisajes de montaña de su tierra, Cabjolsky compró unas 500 hectáreas en plenas sierras cordobesas, en el Valle de Calamuchita. Al principio llamó al lugar 'Oberalmdorf' ('la aldea alta del pastizal'), por un pueblito alpino donde solían veranear en Alemania, aunque los lugareños ya lo conocían como 'La Cumbrecita'. En 1935 se levantó la primera construcción, de adobe, pensada como casa de veraneo. Nadie imaginaba entonces que de aquella casa nacería un pueblo entero.
Con el avance del nazismo en Europa, La Cumbrecita se volvió también un refugio: Cabjolsky ayudó a varios inmigrantes centroeuropeos a obtener visas dándoles empleo en sus tierras, una forma de escapar de la persecución y la guerra. A lo largo de los años 40, el lugar fue poblándose de familias alemanas, suizas y de otros orígenes centroeuropeos que le imprimieron, casa por casa, el carácter alpino que hoy lo distingue.
Lo que había nacido como residencia de verano fue creciendo casi sin proponérselo. Liesbeth Mehnert, que había sido ama de llaves de los Cabjolsky en Berlín, y su esposo Kurt viajaron con la familia y abrieron una casa de huéspedes: fue el germen de una hospitalidad que se volvería marca registrada del pueblo. Pronto la casa de Cabjolsky se transformó en albergue para amistades, y el boca en boca empezó a traer cada vez más gente a aquel rincón de bosque y sierra.
Curiosamente, los alemanes que se asentaban allí no buscaban turismo: querían un lugar tranquilo para vivir, a la manera de su tierra natal. El crecimiento fue orgánico y planificado a la vez. Entre 1938 y 1940, Helmut hijo —formado de manera autodidacta en construcción e ingeniería— presentó ante Catastro los primeros planos del casco histórico, y cuando otras familias pidieron comprar parcelas, se les vendió siempre bajo una condición estética: respetar la arquitectura alpina. Así, casa por casa, el lugar fue tomando la fisonomía de un pueblo de los Alpes.
La herencia centroeuropea quedó impresa en todo: en las casas de techos a dos aguas y maderas a la vista, en los bosques plantados con pinos, cedros y abedules, en la repostería y la cocina —strudel, goulash, ahumados, fondue— y hasta en el espíritu de la comunidad. En 1967, Helmut padre impulsó la construcción de una capilla ecuménica, abierta a todos los credos, un gesto de conciliación que decía mucho de la historia de la que habían escapado sus fundadores.
A medida que La Cumbrecita se hacía conocida, el turismo empezó a llegar en masa, y con él los autos. El problema era evidente: un pueblito de callecitas estrechas, puentes angostos y senderos entre el bosque no estaba hecho para el tránsito vehicular. Los vehículos rompían la calma, levantaban polvo y ponían en riesgo el encanto y la seguridad que daban identidad al lugar.
La solución fue tan simple como audaz: dejar los autos afuera. En 1996, La Cumbrecita fue declarada pueblo peatonal —el primero de la Argentina—, una decisión pionera que cambió para siempre la forma de visitarla. Desde entonces, los vehículos quedan en una playa de estacionamiento en el ingreso y todo el pueblo se recorre a pie, cruzando el puente sobre el Río del Medio y subiendo y bajando por sus caminos de tierra y piedra.
Esa medida, lejos de complicar las cosas, se volvió su mayor virtud. Sin motores ni bocinas, La Cumbrecita ofrece algo cada vez más raro: silencio, aire limpio y el ritmo lento de caminar. El visitante deja el auto y, con él, el apuro; se escucha el agua de los ríos, el canto de los pájaros y los propios pasos sobre la tierra. Hoy ese carácter peatonal es parte esencial de su identidad y una de las razones por las que tanta gente la elige para desconectar.
Si la historia humana de La Cumbrecita es singular, su entorno natural no se queda atrás. La villa está enclavada a unos 1.450 metros de altura en el Valle de Calamuchita, en las Sierras Grandes de Córdoba, un anfiteatro de cumbres, bosques y cursos de agua. El Río del Medio (también llamado arroyo Almbach por los fundadores) atraviesa el pueblo y, a su paso, forma pozas y saltos como La Olla, una pileta natural de aguas cristalinas que es el clásico chapuzón del verano.
Los senderos son el otro gran tesoro. La Cascada Grande, a unos 500 metros del casco por una senda escalonada entre pinos, deja ver una caída de unos 14 metros sobre una olla natural. El Cerro Wank, a más de 1.600 metros, recompensa con una hora de subida una vista completa del pueblo, las Sierras Grandes y el valle. Y hay más: el Cerro Cristal, las costas norte y sur del río, el Pozo de las Cabras, el Lago de Las Truchas. Cada huella propone una caminata distinta entre el bosque.
Gran parte de este patrimonio se cuida bajo figuras de protección —la zona fue declarada reserva de usos múltiples—, lo que ayuda a preservar el bosque de coníferas, la fauna y la calidad del agua. Naturaleza protegida, herencia centroeuropea y vida peatonal se combinan en La Cumbrecita para ofrecer una experiencia que no se parece a ninguna otra en la Argentina: un pueblito de cuento donde el paisaje, la historia y el silencio se dan la mano.
Durante décadas, La Cumbrecita funcionó como un enclave prácticamente privado: las tierras seguían en manos de la familia Cabjolsky y de los descendientes de los primeros pobladores, que administraban el pueblo casi como un club de montaña. Esa particularidad —tan atípica en la Argentina, donde la mayoría de los pueblos nacen de un trazado municipal o de una estación de ferrocarril— explica por qué durante mucho tiempo circuló la idea, todavía hoy repetida en foros de viajeros, de que 'La Cumbrecita es un pueblo privado'. Con el correr de los años y el crecimiento del turismo, el poblado se organizó institucionalmente hasta convertirse en Comuna de La Cumbrecita, con autoridades propias que hoy gestionan los servicios, el ordenamiento urbano y, sobre todo, la convivencia entre vecinos y visitantes.
Ese ordenamiento se nota en el detalle que más sorprende a quien llega por primera vez: el sistema de estacionamiento pago en el ingreso, pensado para financiar el mantenimiento de un pueblo que recibe miles de visitantes por temporada sin perder su carácter peatonal. Los turistas de paso dejan el auto en las playas de estacionamiento habilitadas —hoy son varias, distribuidas en distintos accesos— mientras que quienes se alojan en hosterías y cabañas dentro del casco pueden ingresar hasta la puerta de su hospedaje. Es un equilibrio que la comuna revisa temporada a temporada, ajustando tarifas y cupos según la afluencia, sobre todo en enero, Semana Santa y los fines de semana largos de invierno.
El reconocimiento del pueblo trascendió largamente las fronteras de Calamuchita. La Cumbrecita integra desde hace años el circuito de 'los pueblos más lindos de la Argentina' que promocionan las guías de turismo nacional, y su condición de primer municipio peatonal del país sigue citándose como caso de estudio en congresos de turismo sostenible y urbanismo a escala humana. Publicaciones como La Nación, Clarín y numerosos blogs de viajes la mencionan de manera recurrente entre los destinos serranos imperdibles de Córdoba, junto a Villa General Belgrano, Mina Clavero y Capilla del Monte, aunque ninguno de esos pueblos comparte su condición cien por ciento libre de autos.
Hoy la Cumbrecita combina esa identidad centroeuropea original —que se sigue renovando con nuevas generaciones de hosteleros y cocineros herederos de aquellas familias fundadoras— con una infraestructura turística mucho más profesionalizada: oficina de informes, señalización de senderos actualizada, sistema de guías habilitados, protocolos de seguridad en los saltos de agua y un calendario de eventos que incluye ferias gastronómicas, encuentros corales y celebraciones de la cultura alpina. Lejos de diluir el encanto original, ese desarrollo ordenado es, según coinciden vecinos y visitantes recurrentes, lo que permitió que el pueblo mantuviera casi intacto —casi noventa años después de la primera casa de adobe de Cabjolsky— el espíritu tranquilo que atrajo a los primeros inmigrantes centroeuropeos a este rincón de las sierras cordobesas.