Mucho antes de que los pescadores del mundo entero soñaran con el río Chimehuín, Junín de los Andes nació como un puesto de guerra: es la localidad más antigua de la provincia del Neuquén. Fue fundada el 15 de febrero de 1883, cuando el Sargento Mayor Miguel E. Vidal levantó el Fortín Junín en el valle conocido en mapudungun como Cuncun Niyeu ('lugar de reunión alrededor de un mojón'), en el marco de la campaña conocida como la Conquista del Desierto, mediante la cual el Estado argentino incorporó por la fuerza los territorios patagónicos habitados por los pueblos originarios. Un año antes, en 1882, el coronel Rufino Ortega había comandado la Campaña de los Andes, incursionando por los cajones cordilleranos hasta el río Aluminé para atacar las últimas tolderías de la región; fue en ese contexto militar que Vidal eligió el sitio del fortín, a orillas del río Chimehuín, en un punto estratégico de la cordillera.
La elección del lugar respondía a su valor como paso y control de la región andina, en una zona que era —y sigue siendo— de profunda raíz mapuche. La presencia militar buscaba consolidar la soberanía argentina en la frontera con Chile y someter a las comunidades que habitaban estos valles, lagos y bosques desde tiempos inmemoriales. Durante sus primeros años, Junín fue más un puesto militar que un poblado propiamente dicho; el verdadero cambio llegó en 1892, cuando los curas salesianos Domingo Milanesio y Juan Ruggerone visitaron la zona como misioneros, y en 1895, cuando el padre Milanesio se instaló allí de forma definitiva y fundó la casa salesiana que daría a Junín buena parte de su impronta educativa y religiosa.
De aquel origen castrense, el asentamiento fue evolucionando hacia un pueblo ligado a la ganadería y la vida rural. La fertilidad de los valles, la abundancia de agua y pasturas y el carácter campero de la zona moldearon una identidad tranquila y trabajadora, que Junín conserva hasta hoy, distinguiéndose de los destinos más turísticos del corredor de los lagos.
El territorio de Junín de los Andes y su entorno es ancestralmente mapuche. Las comunidades de este pueblo originario habitaron durante siglos los valles, lagos y bosques del área cordillerana, en una relación íntima con la naturaleza: el volcán Lanín, los lagos Huechulafquen y Paimún, los bosques de la araucaria (pehuén) —cuyo fruto, el piñón, era alimento fundamental— y los ríos cargados de vida.
A pesar del impacto de la Conquista del Desierto y de la colonización posterior, la presencia mapuche se mantuvo fuerte en la región. Hoy, varias comunidades habitan dentro y en el entorno del Parque Nacional Lanín, manteniendo sus tradiciones, su lengua y su vínculo con el territorio. Esta raíz se refleja en la toponimia, las artesanías, la gastronomía y las experiencias de turismo comunitario que se ofrecen en la zona.
Esa identidad cultural se entrelaza incluso con expresiones contemporáneas, como el singular Vía Christi de Junín, un camino escultórico que integra la tradición cristiana con elementos de la cosmovisión mapuche y la historia regional. Comprender Junín de los Andes implica reconocer que, bajo su aire de pueblo de frontera, late una herencia mapuche viva y profundamente ligada al paisaje del Lanín.
Buena parte de la fama actual de Junín de los Andes proviene de un fenómeno introducido: la pesca con mosca de truchas. Las truchas no son especies nativas de la Patagonia; fueron introducidas a comienzos del siglo XX en ríos y lagos de la región como parte de un programa de poblamiento de las aguas, y encontraron en estos ambientes fríos y cristalinos condiciones ideales para desarrollarse.
El río Chimehuín, que nace en el lago Huechulafquen y atraviesa Junín, se convirtió con el tiempo en un destino legendario para los pescadores con mosca del mundo entero. Su 'boca' —el punto donde el río sale del lago— y sus distintos tramos albergan truchas de gran tamaño, y la calidad de su pesca atrajo a aficionados y figuras internacionales, dándole al pueblo renombre global en este deporte.
Así, Junín de los Andes se ganó el título de 'Capital Nacional de la Trucha'. La pesca deportiva, regulada por temporadas y permisos para proteger el recurso, se volvió una actividad económica y turística central, con guías baqueanos, lodges especializados y una cultura de pesca muy arraigada. Esa vocación, sumada a su raíz campera y mapuche y a su entorno natural privilegiado, define el carácter único de este pueblo neuquino.
La identidad religiosa de Junín de los Andes está marcada por la presencia de los misioneros salesianos, que llegaron a la región a fines del siglo XIX y desarrollaron una intensa labor evangelizadora y educativa entre las comunidades mapuches y los pobladores criollos: en 1899 abrieron en el pueblo tanto el colegio salesiano como el de las Hijas de María Auxiliadora. A esa tradición se vincula la conmovedora historia de Laura Vicuña, nacida en Santiago de Chile el 5 de abril de 1891, hija de un militar y jefe político chileno. Tras una revolución que derrocó al gobierno del que su padre formaba parte, la familia fue desterrada a 500 kilómetros de la capital; el padre murió poco después y la familia quedó en la miseria. Su madre, Mercedes Pino, cruzó la cordillera con Laura y su hermana Julia Amanda, y en 1901 llegaron a Junín de los Andes, donde las niñas ingresaron de inmediato al colegio de las Hijas de María Auxiliadora recién fundado.
Debilitada por sacrificios personales y por la tuberculosis, Laura murió en Junín de los Andes el 22 de enero de 1904, a los 12 años. Su historia de entrega y fe caló hondo en la comunidad salesiana, y el 3 de septiembre de 1988 el papa Juan Pablo II la beatificó, proponiéndola como modelo para los jóvenes; hoy sigue siendo una figura de devoción regional, con su festividad celebrada cada 22 de enero.
Esa raíz espiritual encontró una expresión contemporánea y singular en el Vía Christi, un parque escultórico inaugurado a fines del siglo XX en la falda del Cerro de la Cruz. A lo largo de unos dos kilómetros, esculturas y mosaicos representan la vida de Cristo entrelazada con la historia y la cosmovisión del pueblo mapuche y con episodios de la región, en una propuesta artística y religiosa que se volvió uno de los grandes atractivos de Junín. Es un caso poco común de diálogo entre el cristianismo y la cultura originaria.
La Junín de hoy combina todas esas capas: el origen como fortín de la Conquista del Desierto, la profunda raíz mapuche, la herencia campera y ganadera, la impronta misionera salesiana y la fama mundial como capital de la pesca con mosca. Lejos del bullicio turístico de su vecina San Martín de los Andes, conserva un perfil tranquilo y auténtico, donde el río Chimehuín, el volcán Lanín y las tradiciones del pueblo siguen marcando el ritmo de la vida. Es, en muchos sentidos, una de las localidades que mejor encarna el alma del oeste neuquino.