Visto desde el aire, el Iberá parece un espejo roto en mil pedazos que devuelve el brillo del sol: por algo los guaraníes lo llamaron 'agua que brilla'. Los Esteros del Iberá son uno de los grandes humedales del planeta: un vasto sistema de lagunas, esteros, bañados, embalsados flotantes y cursos de agua que ocupa una enorme superficie en el centro-norte de la provincia de Corrientes. Es un ecosistema antiquísimo, alimentado principalmente por las lluvias, que a lo largo de milenios dio forma a un mosaico de agua y tierra de una biodiversidad excepcional.
Mucho antes de la llegada de los europeos, la región estaba habitada y recorrida por los pueblos guaraníes, que conocían en profundidad sus aguas, su fauna y sus recursos. De su lengua proviene el nombre 'Iberá', que suele traducirse como 'agua que brilla' o 'aguas resplandecientes', en alusión al reflejo de la luz sobre las inmensas superficies de agua del humedal. El topónimo guarda así la mirada de quienes primero lo nombraron.
Durante siglos, el Iberá fue un territorio difícil de penetrar, casi una frontera natural, lo que ayudó a preservar su carácter salvaje. Su laberinto de aguas y embalsados lo mantuvo relativamente aislado, conservando poblaciones de fauna y una atmósfera de naturaleza indómita que perdura hasta hoy, especialmente en los sectores menos accesibles como los del norte.
Durante el siglo XX, buena parte del entorno de los Esteros del Iberá estuvo dedicada a la ganadería extensiva, con grandes estancias que aprovechaban los pastizales y las tierras altas entre los esteros. Esa actividad convivió, en muchos casos, con un uso intenso de los recursos del humedal, que en algunos sectores derivó en problemas de conservación.
La caza furtiva y comercial afectó duramente a varias especies emblemáticas. Animales como el yaguareté, el oso hormiguero gigante, el venado de las pampas o el guacamayo rojo fueron desapareciendo de la región o reduciéndose drásticamente, hasta extinguirse localmente en muchos casos. El humedal seguía siendo extraordinario, pero había perdido buena parte de su fauna mayor.
Hacia fines del siglo XX y comienzos del XXI creció la conciencia sobre el valor único del Iberá y la urgencia de protegerlo. La provincia de Corrientes ya había creado figuras de protección, como la Reserva Provincial del Iberá, pero faltaba un esfuerzo de mayor escala que combinara la compra de tierras, la creación de áreas protegidas más sólidas y la recuperación activa de las especies perdidas. Ese esfuerzo llegaría de la mano de un ambicioso proyecto de conservación.
A comienzos del siglo XXI, los Esteros del Iberá se convirtieron en escenario de uno de los proyectos de conservación más ambiciosos de América Latina. La fundación impulsada por el filántropo y conservacionista estadounidense Douglas Tompkins (y su esposa Kristine McDivitt Tompkins), a través de organizaciones como The Conservation Land Trust y luego Rewilding Argentina, adquirió grandes extensiones de tierra en torno al humedal con el objetivo de protegerlas y donarlas para la creación de áreas naturales.
Ese proceso culminó con la creación del Parque Nacional Iberá en 2018, que se sumó a la Reserva Provincial Iberá (creada por la provincia de Corrientes en 1983, con 1.300.000 hectáreas entre tierras públicas y privadas) para conformar uno de los mayores complejos de conservación del país. En paralelo, se desarrollaron pioneros programas de rewilding o 'reasilvestramiento': la reintroducción de especies que se habían extinguido localmente, como el oso hormiguero gigante, el venado de las pampas, el guacamayo rojo, el pecarí labiado y, de manera emblemática, el yaguareté.
El hito de la vuelta del yaguareté tiene nombres propios. El 7 de enero de 2021 se liberaron en el Parque Nacional Iberá las primeras hembras nacidas en libertad tras siete décadas de extinción del yaguareté en Corrientes: Mariuá (la madre) y sus cachorras Porá y Karaí. Meses después, en 2022, Mariuá tuvo una segunda camada de cachorros nacidos ya en estado silvestre, y ese mismo año se registró el nacimiento de los primeros yaguaretés concebidos y paridos enteramente en libertad en el Iberá, un hito celebrado por la comunidad científica internacional. Para 2026, el proyecto de reintroducción ya contaba con unos 50 yaguaretés viviendo en libertad en el sistema del Iberá, según Rewilding Argentina, consolidando al humedal como el corazón de la recuperación del jaguar en el sur del continente.
En este marco se desarrollaron los distintos 'portales' de acceso al Iberá, repartidos en torno al humedal. Mientras Colonia Carlos Pellegrini se consolidaba como el portal turístico más conocido y multitudinario, los accesos del norte —como San Nicolás y Galarza— fueron ganando protagonismo como escenarios directos de las reintroducciones y como puertas a un Iberá más remoto y salvaje, con menos infraestructura turística pero la misma —o mayor— riqueza de fauna. Hoy estos portales del norte permiten al visitante asomarse a un ecosistema en plena recuperación, símbolo del potencial de la conservación en la Argentina y de cómo un territorio degradado por la caza y la ganadería intensiva puede recobrar a sus grandes depredadores.
Uno de los rasgos más distintivos del proyecto del Iberá fue que la conservación no se pensó de espaldas a la gente, sino con las comunidades locales como protagonistas. El cambio de un modelo basado en la ganadería extensiva y, en algunos casos, la caza, hacia otro centrado en la naturaleza y el ecoturismo, implicó una transformación profunda para los pobladores de los parajes que rodean el humedal. Muchos antiguos cazadores y peones rurales se convirtieron en guías, baqueanos y prestadores turísticos, poniendo su conocimiento del estero al servicio de los visitantes.
Este modelo de 'producción de naturaleza' buscó que la protección del Iberá generara trabajo y arraigo local, evitando el despoblamiento de los parajes. En torno a los portales fueron surgiendo emprendimientos comunitarios, posadas, servicios de navegación y experiencias culturales que combinan la observación de fauna con la vida correntina: el mate y el tereré, el chamamé, la cocina de campo y los saberes guaraníes sobre el humedal. La identidad cultural se volvió, así, parte del atractivo.
Los portales del norte —San Nicolás, Galarza, Cambyretá y otros— representan hoy la frontera más nueva y silvestre de este proceso. Menos desarrollados turísticamente que Colonia Carlos Pellegrini, ofrecen una experiencia más íntima y, al mismo tiempo, son escenarios clave de las reintroducciones de fauna. Su futuro está ligado a un ecoturismo de bajo impacto que permita financiar la conservación sin masificar el humedal, manteniendo ese equilibrio delicado entre naturaleza salvaje, comunidades locales y visitantes que buscan, justamente, un Iberá menos transitado.
Cada portal del Iberá tiene su propia personalidad, marcada por la geografía que lo rodea. El Portal San Nicolás, a unos 163 kilómetros de la ciudad de Corrientes por la Ruta Provincial 5 hasta San Miguel y luego 27 kilómetros de camino de arena y tierra, se asoma a un mosaico de lagunas, pastizales y montes de espinillo y ñandubay típicos del extremo norte del humedal. Su lejanía relativa —y el hecho de ser, junto con Cambyretá, uno de los primeros sectores donde se liberaron los yaguaretés reintroducidos— lo convirtió en un punto de referencia para los técnicos de Rewilding Argentina y, poco a poco, también para los viajeros que buscan una experiencia de safari más silvestre.
El Portal Galarza, en cambio, se ubica en el sector noreste del Iberá, con acceso por la Ruta Provincial 41 (de tierra), junto a la laguna que le da nombre. Está a unos 318 kilómetros de Corrientes capital pero a solo 120 kilómetros —unas dos horas— de Posadas, en Misiones, lo que en los últimos años lo transformó en la puerta de entrada más práctica al Iberá para el turismo misionero: cada vez más agencias de Posadas organizan salidas de un día completo —con partida a las 7 de la mañana y regreso alrededor de las 19 horas— que permiten navegar la laguna Galarza, avistar fauna y volver a dormir en la ciudad, sin necesidad de pernoctar en el humedal.
El Portal Cambyretá, por su parte, es el más cercano a Ituzaingó y uno de los primeros terrenos que la fundación de Douglas Tompkins adquirió para el proyecto de conservación, lo que le da un valor histórico particular dentro del Iberá: fue, en cierto sentido, semilla de todo lo que vino después. Hoy combina senderos y pasarelas de fácil acceso —sin necesidad de embarcación— con un alto valor para el avistaje de aves, ya que sus pastizales y bañados atraen a chajáes, cigüeñas, garzas, jacanas y numerosas rapaces.
Esta diversidad de accesos —cada uno con su propia distancia, su propio camino y su propio paisaje dominante— es lo que hace que hablar de 'los portales del norte' en plural tenga sentido: no es un único destino, sino un archipiélago de puertas distintas hacia el mismo gran humedal, cada una con ventajas según el punto de partida del viajero, su tiempo disponible y el tipo de experiencia que busca, desde la salida de un día desde Posadas hasta la inmersión de varias jornadas en San Nicolás.