'Yaguarí Guazú': así aparece nombrado el río que hoy le da nombre a Gualeguaychú en un mapa dibujado en 1715, casi setenta años antes de que existiera la ciudad. En guaraní significa, según la etimología más aceptada, 'río del jaguar', y aunque el nombre se fue deformando con el tiempo hasta convertirse en el actual 'Gualeguaychú', esa raíz felina sigue agazapada en cada sílaba. Es un buen punto de partida para entender esta ciudad: mucho antes de las plumas y las lentejuelas del Carnaval, hubo un río bautizado por los guaraníes en honor a uno de los grandes depredadores de la selva litoraleña, y sobre sus orillas, siglos después, un funcionario centroamericano al servicio de la Corona española trazaría, casi con escuadra y regla, la ciudad que hoy conocemos.
Mucho antes de ser conocida por su carnaval, Gualeguaychú fue una de las ciudades fundacionales del sur de Entre Ríos. Su nombre, de raíz indígena, está ligado al río Gualeguaychú, a cuyas orillas creció la ciudad. La zona fue poblándose en tiempos coloniales y tuvo un papel en las luchas de la independencia y de la organización nacional, en una región disputada entre Buenos Aires, el Litoral y la Banda Oriental (el actual Uruguay).
Gualeguaychú conserva un patrimonio histórico y cultural notable para una ciudad de su tamaño: un casco céntrico con casonas, su iglesia, su Teatro Gualeguaychú (inaugurado en 1914 y Monumento Histórico Nacional) y una tradición intelectual y literaria que dio figuras como el escritor Fray Mocho —José Sixto Álvarez, nacido en la ciudad en 1858 y fundador de la mítica revista Caras y Caretas— y el poeta Olegario Víctor Andrade, criado en Gualeguaychú. Su ubicación estratégica —en el sur de la provincia, cerca del río Uruguay y a poca distancia de Buenos Aires— la convirtió, ya en el siglo XX, en una puerta de entrada al turismo entrerriano y en una de las primeras paradas para quienes ingresan a la Mesopotamia desde la capital del país.
El fundador de Gualeguaychú no era ni español peninsular ni criollo rioplatense: Tomás de Rocamora había nacido en Granada, en el actual territorio de Nicaragua, entonces parte del Reino de Guatemala, y llegó al Río de la Plata al servicio de la Corona en tiempos del virrey Juan José de Vértiz. En cumplimiento de una resolución virreinal, Rocamora emprendió entre marzo y octubre de 1783 una tarea poco habitual incluso para la época: fundar no una, sino tres ciudades en el litoral entrerriano en apenas unos meses —San Antonio de Gualeguay, Concepción del Uruguay y, el 18 de octubre de 1783, San José de Gualeguaychú—, todas trazadas con el mismo criterio urbanístico de cuadrícula ortogonal que ordenaba la vida colonial según las Leyes de Indias.
El procedimiento fundacional de Rocamora en Gualeguaychú fue metódico: relevó el terreno junto al río, asignó los espacios públicos (la plaza, la iglesia, el cabildo), repartió 85 solares entre los primeros pobladores y designó a los miembros del primer Cabildo. De ese trazado inicial, la ciudad conserva hasta hoy su cuadrícula característica en el casco histórico, un damero colonial que sigue organizando el centro de Gualeguaychú más de dos siglos después.
La elección del sitio no fue casual: la confluencia de caminos y la navegabilidad del río Gualeguaychú, afluente del Uruguay, convertían al lugar en un punto estratégico tanto para el control del territorio disputado con la Banda Oriental como para el futuro desarrollo comercial y portuario de la nueva ciudad. Esa doble vocación —de frontera y de puerto— acompañaría a Gualeguaychú durante toda su historia posterior.
Pocas ciudades argentinas pueden decir que fueron asaltadas por uno de los personajes más célebres del siglo XIX. En la noche del 19 al 20 de septiembre de 1845, Giuseppe Garibaldi —el futuro héroe de la unificación italiana, entonces corsario al servicio del gobierno de Montevideo en plena Guerra Grande— remontó el río con sus legionarios de camisas rojas, sorprendió a los dos guardias que vigilaban la boca del Gualeguaychú y desembarcó de madrugada en el saladero de Gianello. La villa, indefensa, cayó sin resistencia: el comandante militar Eduardo Villagra fue capturado dormido en su casa, y los invasores instalaron su cuartel general en la casona de la familia Haedo, con un cañón apuntando hacia la residencia del comandante.
Siguieron dos días de pánico. Los legionarios saquearon los 31 establecimientos comerciales del pueblo y numerosas casas de familia, cargando mercadería, caballos y dinero. La única resistencia memorable la protagonizaron ocho gauchos armados a las órdenes de Jorge Neyra, que enfrentaron a una partida de saqueadores y, pese a estar en inferioridad numérica, los pusieron en fuga en uno de esos episodios menores que la memoria local convirtió en gesta.
El asalto de Garibaldi quedó grabado a fuego en la identidad gualeguaychuense: cada septiembre la ciudad recuerda el episodio, que aún hoy genera debates entre quienes ven al italiano como un pirata que saqueó una villa indefensa y quienes lo encuadran en la lógica de las guerras civiles rioplatenses. Para el viajero, es una capa más de historia en una ciudad que suele asociarse solo con las plumas del carnaval: las mismas calles del damero de Rocamora fueron, hace casi dos siglos, escenario de una de las páginas más insólitas de la historia argentina.
El carnaval es una fiesta antigua y popular en buena parte de Argentina y del mundo, pero pocas ciudades lo hicieron tan suyo como Gualeguaychú. Durante décadas, los corsos barriales y los desfiles de comparsas fueron parte de la vida social de la ciudad, una costumbre de verano en la que clubes y agrupaciones competían con sus carrozas, disfraces y música.
El carnaval moderno tiene fecha de nacimiento bastante precisa. En 1978 se formó la primera comisión de carnaval, que entre 1979 y 1980 apostó a traer comparsas de prestigio desde Corrientes, Brasil, Concepción del Uruguay y Gualeguay, generando un efecto contagio inmediato en la ciudad. Ya en 1977 había nacido Papelitos (del club Juventud Unida), y en 1980 se sumaron O'Bahía (del club Pescadores) y Marí Marí, la comparsa del Club Central Entrerriano, creada tras el primer premio que ganó la carroza del club en los carnavales de 1979. El gran salto llegó en 1981, cuando a esas agrupaciones se sumaron Kamarr (del club Sirio Libanés) y Ará Yeví (del club Tiro Federal): quedaba formado el quinteto de comparsas históricas que hasta hoy protagoniza la fiesta.
Con el tiempo, ese carnaval de clubes fue creciendo y profesionalizándose. Las comparsas dejaron de ser improvisaciones de verano para convertirse en organizaciones que trabajan todo el año: diseñan trajes, componen músicas, ensayan coreografías y construyen carrozas monumentales en talleres que son verdaderas fábricas de arte popular. La ciudad entera se involucra, y el carnaval pasó de ser un entretenimiento local a una verdadera industria cultural y turística, motor económico y orgullo de Gualeguaychú.
El gran salto llegó en 1997, con la inauguración del Corsódromo, levantado sobre el histórico Parque de la Estación. Inspirado en el sambódromo de Río de Janeiro, el Corsódromo de Gualeguaychú es un predio de varias hectáreas, con una pista de unos 500 metros de largo y tribunas con capacidad para decenas de miles de espectadores sentados. Por primera vez, el carnaval tuvo un escenario a la altura de su ambición.
A partir de entonces, la fiesta se consolidó bajo el nombre de Carnaval del País, y empezó a presentarse como el espectáculo a cielo abierto más grande de la Argentina. Cada noche de verano, las comparsas —con más de mil integrantes, decenas de miles de plumas y cantidades enormes de lentejuelas— despliegan shows completos, con un tema, una coreografía y una puesta en escena distintos. La magnitud de la producción llevó a comparar al Carnaval del País con los grandes carnavales del mundo, como los de Río de Janeiro y Venecia.
Hoy Gualeguaychú es, ante todo, sinónimo de carnaval. Entre enero y febrero, la ciudad vive su temporada más intensa: hoteles llenos, comparsas en escena, miles de visitantes de todo el país y del exterior, y el Corsódromo encendido noche tras noche. El Carnaval del País se convirtió en su gran marca y en uno de los destinos de verano más convocantes de la Argentina.
Pero la ciudad ofrece mucho más que la fiesta. Su costanera sobre el río Gualeguaychú, sus playas y balnearios (como Ñandubaysal, sobre el río Uruguay), sus termas, sus parques y reservas, y su gastronomía la hacen un destino completo para el descanso, la naturaleza y los deportes de río. Fuera de la temporada de carnaval, Gualeguaychú muestra su costado más tranquilo: el de una ciudad ribereña entrerriana, cálida y apacible, perfecta para una escapada desde Buenos Aires.
Hay algo casi paradójico en el recorrido de esta ciudad: nació de un trazado urbanístico rigurosamente colonial, ordenado por un funcionario centroamericano siguiendo al pie de la letra las Leyes de Indias, y sin embargo su fama actual se la debe a la fiesta más desbordante, colorida y espontánea del calendario argentino. Del damero prolijo de Rocamora al torbellino de plumas del Corsódromo hay más de dos siglos de historia, pero también una misma vocación de ciudad de frontera y de encuentro: un lugar donde el río siempre trajo gente nueva, mercadería, ideas y, finalmente, cientos de miles de visitantes que cada verano cruzan el país entero para verla brillar.