En medio del campo seco del norte cordobés, sin previo aviso, aparece una fachada barroca curva de dos torres que parece trasplantada directamente de Baviera o Bohemia. No hay pueblo alrededor, apenas caminos de tierra y estancias vecinas: la iglesia de Santa Catalina emerge sola en la llanura, y esa soledad es, paradójicamente, la clave para entender qué fue este lugar. No era un templo parroquial para una comunidad de fieles: era la sede espiritual de la mayor fábrica de mulas de la América colonial, financiada con trabajo esclavo y administrada con una eficiencia empresarial que sorprendería a cualquier gerente moderno.
La Compañía de Jesús llegó a la región de Córdoba a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, y allí desarrolló una de las empresas educativas y misioneras más importantes de la América colonial. En la ciudad de Córdoba establecieron el colegio y, más tarde, la universidad —hoy Universidad Nacional de Córdoba, fundada en 1613 y una de las más antiguas del continente— junto a iglesias y residencias que conformaban la llamada Manzana Jesuítica. Para sostener económicamente esa obra, que no contaba con rentas fijas de la corona, los jesuitas crearon un sistema de estancias productivas en el territorio cordobés, un modelo de autofinanciamiento que los distinguió de otras órdenes religiosas de la época.
Estas estancias —Caroya, Jesús María, Santa Catalina, Alta Gracia y La Candelaria— funcionaban como grandes establecimientos agropecuarios y de producción cuyos excedentes financiaban los colegios y las misiones, incluidas las célebres reducciones guaraníes de la actual Misiones y Paraguay. Santa Catalina, cuyas tierras la Compañía compró el 1 de agosto de 1622 y que se desarrolló plenamente en las primeras décadas del siglo XVIII, se convirtió en la mayor de todas, con una extensión de campo que llegó a superar las 80 leguas cuadradas según algunas estimaciones históricas. Estaba especializada en la ganadería y, sobre todo, en la cría de mulas, que se vendían en grandes cantidades para el transporte hacia el Alto Perú, una actividad sumamente rentable en la economía colonial.
La estancia se organizó como una unidad autosuficiente y compleja, con su iglesia, su residencia, sus talleres, sus campos y un notable sistema de obras hidráulicas para asegurar el agua en una zona de clima seco. Todo ese aparato productivo se sostenía, como en el resto del sistema colonial, sobre el trabajo de personas esclavizadas de origen africano, un capítulo central e ineludible de su historia que el propio sitio busca hoy visibilizar en sus recorridos guiados.
El elemento más célebre de Santa Catalina es su iglesia, terminada hacia 1754, más de un siglo después de la compra de las tierras, y considerada una de las obras maestras del barroco colonial en la Argentina. En su larga construcción intervinieron varios arquitectos, entre ellos los hermanos jesuitas Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli, que también trabajaron en la Catedral de Córdoba. Su fachada de líneas curvas, flanqueada por dos torres, responde a una estética de inspiración centroeuropea, vinculada a los arquitectos y hermanos jesuitas de origen germano que trabajaron en Córdoba durante el siglo XVIII. Esa fachada, inusual y elegante, contrasta con el paisaje rural que la rodea y constituye un hito artístico único en la región.
El interior del templo conserva retablos, imágenes y obras de arte sacro de gran valor, reflejo del nivel alcanzado por la producción artística al servicio de la evangelización. Pero el conjunto no se limita a la iglesia: comprende la residencia de los sacerdotes, organizada en torno a patios, los talleres, las rancherías donde habitaban los esclavos y trabajadores, y un sofisticado sistema hidráulico de acequias, tajamares y norias que permitía almacenar y distribuir el agua, esencial para la producción en una zona árida.
La coherencia y la escala de este conjunto arquitectónico y productivo hacen de Santa Catalina un testimonio excepcional de la organización jesuítica, donde la arquitectura, el arte, la ingeniería hidráulica y la economía se integraban en una misma unidad al servicio de la obra de la Compañía.
Santa Catalina no fue concebida como un templo aislado, sino como una empresa económica de gran escala, la mayor de todas las estancias jesuíticas de Córdoba. Su razón de ser era generar los recursos que financiaban los colegios, la universidad y las misiones de la Compañía de Jesús, que no contaba con rentas fijas. Para ello, la estancia organizó una producción diversificada y muy rentable en el contexto de la economía colonial.
El gran negocio de Santa Catalina fue la cría de mulas. Estos animales, fruto del cruce de yegua y burro, eran imprescindibles para el transporte de cargas a través de los caminos del virreinato, sobre todo en la larga y dura ruta hacia el Alto Perú y las minas de Potosí. Las estancias cordobesas se especializaron en criar y 'invernar' tropas de mulas que luego se vendían por miles en la feria de Salta, una de las actividades más lucrativas de la región. A esto se sumaban la ganadería, la producción agrícola, los talleres y el aprovechamiento del agua mediante el notable sistema de tajamares y acequias.
Todo ese aparato productivo se sostenía sobre el trabajo de personas esclavizadas de origen africano, traídas y explotadas en la estancia, junto con trabajadores indígenas y criollos. Las rancherías donde habitaban los esclavos forman parte del conjunto que hoy se conserva, y constituyen un recordatorio ineludible de que el esplendor arquitectónico y económico de Santa Catalina se levantó sobre la esclavitud. Comprender esta dimensión es esencial para una mirada honesta y completa del patrimonio jesuítico.
El destino de Santa Catalina cambió drásticamente en 1767, cuando el rey Carlos III de España ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus dominios. Los jesuitas debieron abandonar Córdoba y sus estancias, que pasaron a manos de la administración colonial (a través de la Junta de Temporalidades) y luego fueron vendidas a particulares. En octubre de 1774, Santa Catalina fue adquirida por Francisco Antonio Díaz, alcalde ordinario de primer voto del cabildo de Córdoba, y buena parte del conjunto continúa hasta hoy en manos de sus descendientes —más de un centenar de herederos que la usan y la cuidan—, lo que la convierte en una propiedad en parte privada.
A pesar de los cambios de propietarios y del paso de los siglos, la estancia conservó notablemente su iglesia, su casco y sus obras, manteniendo viva la memoria de su pasado jesuítico. Ese excepcional estado de conservación y su valor histórico, arquitectónico y cultural llevaron a su reconocimiento internacional: en el año 2000, la UNESCO inscribió el conjunto de 'la Manzana y las Estancias Jesuíticas de Córdoba' —del que Santa Catalina forma parte junto a las otras estancias y la Manzana Jesuítica de la capital— en la lista del Patrimonio de la Humanidad.
Hoy Santa Catalina es a la vez un sitio patrimonial de relevancia mundial y un lugar habitado, donde conviven la visita turística y la vida de quienes la conservan. Recorrerla es asomarse al complejo entramado de fe, poder, arte, producción y esclavitud que caracterizó a la presencia jesuítica en el corazón de Sudamérica.