Subite a La Trochita en la estación de Esquel y, apenas 18 kilómetros después, el silbato a vapor te deja en Nahuel Pan, donde todavía vive una comunidad mapuche-tehuelche que recibe a los pasajeros con un museo de culturas originarias y una feria de artesanías. Ese contraste —el tren europeo de trocha angosta llegando a un territorio que los pueblos originarios habitaban miles de años antes— resume buena parte de la historia profunda de Esquel, una ciudad cuyo propio nombre no es español ni galés, sino un eco de las lenguas que se hablaban aquí mucho antes de que existiera cualquier mapa oficial argentino.
La región de Esquel, en la cordillera del noroeste de Chubut, estuvo habitada desde tiempos remotos por pueblos originarios. Comunidades tehuelches recorrían estos valles y mesetas siguiendo al guanaco y al ñandú, y con el tiempo se sumaron grupos mapuches, en el marco de los desplazamientos y la araucanización que marcaron la Patagonia entre los siglos XVIII y XIX, un proceso de intercambio cultural, comercial y a veces conflictivo entre pueblos de ambos lados de la cordillera. Aún hoy viven en la zona comunidades mapuche-tehuelches, como la de Nahuel Pan, a la que llega el recorrido turístico de La Trochita, y que mantiene vivas tradiciones de tejido, platería y memoria oral.
El propio nombre 'Esquel' proviene de las lenguas originarias, aunque su significado exacto es objeto de distintas interpretaciones: suele vinculárselo con ideas como 'abrojal', 'lugar de espinas' o 'pantano', según la versión que se consulte, todas ellas descripciones del terreno bajo y anegadizo del valle antes de que se construyera la ciudad. Esa raíz indígena del topónimo recuerda que, mucho antes de la ciudad, estos paisajes ya tenían nombre y dueños: los mismos que después verían llegar primero a exploradores, luego a colonos galeses y finalmente al ferrocarril que cambiaría el destino de la región.
La presencia originaria es parte fundamental de la identidad de la región, presente en la toponimia (Esquel, Nahuel Pan, Futalaufquen, Currumahuida son todos nombres de raíz indígena), en las comunidades que la habitan y en la memoria de un territorio que fue, durante siglos, hogar de pueblos que conocían a fondo la montaña, el bosque y la estepa, y que hoy siguen presentes en la vida cotidiana y turística de Esquel.
La colonización moderna de la región está ligada a la expansión galesa. A fines del siglo XIX, los colonos galeses que habían fundado la colonia del valle del río Chubut (Rawson, Trelew, Gaiman) desde 1865 emprendieron expediciones hacia el oeste en busca de nuevas tierras fértiles, empujados por el crecimiento de la población y por la búsqueda de suelos mejores que los del valle inferior. En 1885, una expedición guiada por el gobernador del entonces Territorio Nacional del Chubut, Luis Jorge Fontana, exploró la cordillera y llegó a un valle exuberante al pie de los Andes que los colonos bautizaron Cwm Hyfryd, 'valle hermoso' en galés.
Al llegar a los valles cordilleranos, los galeses encontraron campos aptos para la agricultura y la ganadería y decidieron asentarse allí. Así nació la Colonia 16 de Octubre, fundada oficialmente el 25 de noviembre de 1885 en la zona de la actual Trevelin, a pocos kilómetros de Esquel. Su nombre no alude a la fecha de llegada de los colonos: fue elegido por iniciativa del propio Fontana en homenaje al 16 de octubre de 1884, día en que se sancionó la Ley 1532 de Territorios Nacionales, que creó el Territorio Nacional del Chubut del que él fue el primer gobernador. Trevelin —'pueblo del molino' en galés, de 'tref' (pueblo) y 'melin' (molino)— se desarrolló en torno a la actividad harinera: los galeses construyeron molinos como el histórico Molino Andes para procesar el trigo, e introdujeron también la cría de ovejas y la producción de lana, dejando una impronta cultural que perdura hasta hoy en las casas de té, los apellidos, la capilla y las tradiciones religiosas protestantes de la comunidad.
Esquel, en cambio, fue surgiendo a comienzos del siglo XX como punto de servicios, comercio y comunicaciones de toda la región cordillerana. Su ubicación estratégica, en el cruce de caminos hacia los valles, los lagos y la estepa, la fue convirtiendo en la principal localidad del oeste chubutense, complementando el perfil más rural y galés de la vecina Trevelin. La fundación oficial de Esquel como pueblo se sitúa en 1906, cuando se trazó su ejido y comenzaron a instalarse los primeros comercios y servicios que atenderían a chacareros, estancieros y viajeros de toda la comarca cordillerana.
El crecimiento de Esquel está íntimamente ligado al ferrocarril de trocha angosta que la conectó con el resto de la Patagonia: La Trochita, hoy conocida mundialmente como el Viejo Expreso Patagónico. La construcción del ramal Ingeniero Jacobacci–Esquel se puso en marcha a comienzos de la década de 1920 —las obras arrancaron en 1922—, en paralelo a la compra de locomotoras a vapor de fabricación Baldwin (estadounidenses) y Henschel (alemanas), especialmente diseñadas para una vía de apenas 75 centímetros de ancho.
La obra avanzó lentamente a lo largo de décadas, atravesando la dura geografía patagónica. El 25 de mayo de 1945, La Trochita ingresó por primera vez a la estación de Esquel, completando un recorrido de 402 kilómetros desde Ingeniero Jacobacci y enlazando este rincón cordillerano con la Línea Sur y la red ferroviaria nacional. Para la región, fue un hito: el tren se convirtió en un medio vital de transporte de personas, hacienda y mercaderías.
Durante décadas, La Trochita fue una de las últimas líneas ferroviarias de vapor en operar de forma regular en el mundo. Su cierre como servicio público de pasajeros y cargas, en 1993, pudo haber significado su fin; sin embargo, su enorme valor histórico y turístico llevó a preservarla. Hoy funciona como tren turístico y patrimonio, partiendo de Esquel hacia la estación de Nahuel Pan, en un viaje que mantiene vivo el encanto de otra época.
Otro hito decisivo para la región fue la creación del Parque Nacional Los Alerces, en 1937, que puso bajo protección los bosques de alerces milenarios, los lagos de aguas transparentes y los ríos del oeste chubutense. El alerce, una conífera capaz de vivir miles de años, se convirtió en el símbolo de un patrimonio natural excepcional, que más tarde la Unesco reconocería como Patrimonio Mundial.
A lo largo del siglo XX, Esquel fue diversificando su perfil: a la actividad agropecuaria y de servicios se sumaron el turismo de naturaleza, ligado al parque y a la pesca deportiva, y el desarrollo del esquí en el cerro La Hoya, valorado por la calidad de su nieve. La ciudad se fue posicionando como base ideal para explorar toda la cordillera chubutense.
Hoy, Esquel combina su historia ferroviaria, su herencia galesa —de la mano de la vecina Trevelin— y su entorno natural protegido para ofrecer un destino completo. La Trochita, el Parque Los Alerces, La Hoya, los lagos y las casas de té galesas conviven en una región que supo conservar su escala de pueblo de montaña y su identidad patagónica, atrayendo a viajeros de todo el mundo.