Nueve noches, un escenario y un país entero mirando hacia las sierras de Córdoba: así se explica, en una sola imagen, por qué la palabra 'Cosquín' significa folklore en cualquier rincón de habla hispana. Pero mucho antes de que la Plaza Próspero Molina se llenara de guitarras, bombos legüeros y voces consagradas, este valle ya tenía nombre propio, puesto por quienes lo habitaron miles de años antes de que existiera el primer festival.
La región de Cosquín, en el Valle de Punilla, estuvo habitada en tiempos prehispánicos por los comechingones, el pueblo originario de las sierras de Córdoba. Vivían en aldeas, practicaban la agricultura, la caza y la recolección, y mantenían una relación estrecha con el río y las sierras del valle. Su huella perdura en la cultura, en los sitios arqueológicos y, muy especialmente, en la toponimia de la zona.
El propio nombre 'Cosquín' es de raíz indígena y se asocia a los comechingones que habitaban el valle. Según la tradición y los estudios, derivaría del nombre de un cacique o de una parcialidad local. Como ocurre con muchos topónimos serranos de Córdoba, su etimología exacta admite distintas interpretaciones, pero todas coinciden en su origen prehispánico, anterior a la llegada de los españoles.
Esa herencia comechingona es parte del sustrato profundo de Cosquín. El valle, con su clima benigno, su río y sus sierras, fue habitado durante siglos antes de que se convirtiera en una villa turística y, mucho después, en la capital del folklore argentino. La memoria de los pueblos originarios forma parte de la identidad de toda la región de Punilla.
Durante la época colonial y los siglos siguientes, la zona de Cosquín se organizó en torno a estancias, capillas y actividades rurales, en el marco del poblamiento hispánico de las sierras de Córdoba. El río Cosquín y el entorno serrano estructuraban la vida de un pueblo tranquilo del valle.
El gran impulso para el desarrollo de Cosquín llegó, como en todo el Valle de Punilla, con la llegada del ferrocarril a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El tren conectó la región con Córdoba y el resto del país y abrió las sierras al turismo. En esa época, el clima seco y templado de las sierras cordobesas las consagró como destino de descanso y de salud, y surgieron hoteles, hospedajes y casas de veraneo en toda la zona.
Cosquín se desarrolló así como una villa serrana turística, con sus balnearios sobre el río, su entorno de sierras y su vida de pueblo de veraneo. Durante buena parte del siglo XX fue, ante todo, un apacible destino de descanso en Punilla, antes de que un acontecimiento cultural transformara para siempre su nombre y su lugar en la historia argentina.
El hecho que marcó la historia de Cosquín y la proyectó al mundo entero fue la creación del Festival Nacional de Folklore, y su origen es tan artesanal como conmovedor: la primera edición, del 21 al 29 de enero de 1961, se hizo literalmente sobre la ruta nacional 38, cortando el tránsito con un escenario de material levantado en plena calle. La idea había nacido un año antes, en agosto de 1960, cuando una asamblea popular de vecinos eligió una Comisión Municipal de Turismo y Fomento (luego Comisión Municipal de Folklore) para inventar algo que hiciera que los turistas dejaran de pasar de largo por la villa. Entre esos vecinos fundadores estaban el doctor Santos Sarmiento, Reynaldo Wisner, Germán Cassenave y Gerardo Barrera, que trabajaron ad honorem para convocar a figuras como Jaime Dávalos y el uruguayo Aníbal Sampayo. El resultado superó todas las expectativas.
Año tras año, cada enero, el festival fue creciendo en prestigio y convocatoria hasta consagrarse como el más importante del país en su género, ya instalado en la Plaza Próspero Molina, el escenario mayor del folklore argentino. Su noche más legendaria llegó el 31 de enero de 1965: Jorge Cafrune, contra el reglamento del festival, cedió minutos de su actuación para presentar a una tucumana desconocida para el gran público. 'Les voy a dejar una tucumana: Mercedes Sosa', dijo. Aquella mujer de casi 30 años cantó 'Canción del derrumbe indio', se llevó la ovación de la plaza, fue elegida revelación del festival y firmó contrato discográfico: en Cosquín nació esa noche la carrera internacional de la voz más grande del folklore latinoamericano.
Las nueve noches del festival —las célebres 'nueve lunas'— se volvieron un símbolo de la cultura nacional, y el grito de '¡Aquí Cosquín!' con que se abre cada luna es una marca registrada de la radio y la televisión argentinas. El festival convirtió a Cosquín en la Capital Nacional del Folklore, una identidad que define a la villa hasta hoy: actuar en la Próspero Molina sigue siendo la consagración máxima para un artista de raíz folklórica, y el certamen Pre-Cosquín, que selecciona nuevos valores en todo el país, mantiene viva esa mística más de seis décadas después.
A las puertas del siglo XXI, Cosquín sumó un nuevo capítulo a su historia musical. En el año 2001 nació el Cosquín Rock, un festival de música rock impulsado por el productor José Palazzo que tomó el nombre de la villa para proyectar el rock argentino con la misma vocación masiva que el folklore. Aunque con los años el evento se realizó en distintos predios del Valle de Punilla y de Córdoba, el nombre 'Cosquín Rock' quedó indisolublemente ligado a la ciudad y a su tradición de escenario popular.
El Cosquín Rock se consolidó como uno de los festivales de rock más importantes de la Argentina y de Latinoamérica, reuniendo cada verano a decenas de miles de jóvenes y a las grandes bandas del rock nacional e internacional a lo largo de dos jornadas. De este modo, Cosquín pasó a tener una singular doble identidad musical: el folklore en enero, con su festival histórico, y el rock en febrero, con su festival contemporáneo, convirtiendo a la villa y a todo el valle en un epicentro de la música popular durante el verano.
Hoy Cosquín vive de esa identidad cultural y del turismo que ella genera. La Plaza Próspero Molina, el Cerro Pan de Azúcar, el río, las peñas y los dos grandes festivales hacen de la villa un destino donde la música es el hilo conductor. Más de seis décadas después de aquel primer festival de 1961, Cosquín sigue siendo, ante todo, sinónimo de música popular argentina, un nombre que evoca las noches de enero en las sierras y la voz de todo un país.