Sobre el techo de una iglesia del siglo XVII, en pleno centro de Córdoba, hay algo que parece fuera de lugar: un casco de barco, dado vuelta, hecho enteramente de madera de cedro paraguayo. No hay mar cerca, ni astillero, ni tradición naval. Lo que hay es un jesuita que sabía construir barcos y no bóvedas de piedra, y que resolvió el problema con lo único que sabía hacer bien. Ese techo insólito —hoy una de las joyas del barroco americano— es una buena metáfora de Córdoba: una ciudad que, desde su fundación, resolvió sus límites con ingenio y terminó construyendo algo único.
Córdoba fue fundada el 6 de julio de 1573 por el capitán Jerónimo Luis de Cabrera, gobernador del Tucumán, con el nombre de Córdoba de la Nueva Andalucía. A diferencia de Mendoza o de las ciudades cuyanas, que llegaron desde Chile, Córdoba nació de la corriente colonizadora que venía del norte, desde el Tucumán y el Alto Perú, y se asentó en el valle del río Suquía (hoy río Primero), en tierras habitadas por los pueblos comechingones y sanavirones.
La ubicación no fue casual: Córdoba quedó en el centro geográfico del actual territorio argentino, en la ruta natural que unía el Alto Perú —el corazón económico del imperio español, con la plata de Potosí— con el Atlántico y el Río de la Plata. Esa posición de cruce de caminos convirtió pronto a la ciudad en un punto estratégico de comunicaciones, comercio y, sobre todo, en un centro religioso y cultural que marcaría su destino por los siglos siguientes.
Los jesuitas llegaron a Córdoba a fines del siglo XVI y se establecieron oficialmente hacia 1599. En el corazón de la ciudad levantaron lo que hoy conocemos como la Manzana Jesuítica: un conjunto que reunía su iglesia, su residencia, su colegio y su universidad. Allí, en 1613, fundaron el Colegio Máximo, que dio origen a la Universidad de Córdoba, la primera del actual territorio argentino y una de las más antiguas de toda América. Por esa tradición de estudio y enseñanza, la ciudad ganó su apodo más célebre: 'La Docta'.
El edificio más admirado del conjunto es la Iglesia de la Compañía de Jesús, el templo más antiguo de la ciudad, levantado en el siglo XVII. Su gran maravilla es la bóveda del techo: como no había maestros que pudieran construir una bóveda de piedra, se recurrió a un constructor naval —tradicionalmente identificado como Philippe Lemaire—, que diseñó el cielo raso en madera de cedro paraguayo ensamblada en forma de casco de barco invertido. Es una de las obras cumbre del barroco americano, donde la mano de los artesanos indígenas quedó plasmada en cada detalle.
Los jesuitas sostenían toda esta obra con un sistema económico ejemplar: las estancias jesuíticas del interior de la provincia —Caroya, Jesús María, Santa Catalina, Alta Gracia y La Candelaria— producían la riqueza que financiaba el colegio y la universidad. Pero la obra se vio interrumpida en 1767, cuando el rey Carlos III de España ordenó por decreto la expulsión de la Compañía de Jesús de todos sus dominios. El 12 de julio de ese año los jesuitas de Córdoba fueron reunidos y enviados al destierro; recién en el siglo XIX volverían a la ciudad.
Mientras los jesuitas construían su manzana de saber, la ciudad colonial crecía en torno a su plaza mayor, hoy Plaza San Martín. Allí se levantaron los dos poderes que ordenaban la vida colonial: el civil y el religioso. El Cabildo de Córdoba, sede del gobierno de la ciudad, comenzó como una modesta construcción de adobe hacia 1588 y sumó su piso alto con balcones en 1610; pero el edificio que hoy admiramos, con su elegante galería de quince arcadas, se completó recién a fines del siglo XVIII, durante la gestión del marqués de Sobremonte como gobernador intendente. Hoy funciona como espacio cultural y museo.
Frente a esa misma plaza se alza la Catedral de Córdoba, la iglesia mayor de la ciudad y la más antigua del país en funcionamiento. Su construcción comenzó hacia 1582 y se prolongó durante dos siglos, hasta que sus torres se completaron a fines del siglo XVIII, lo que explica la mezcla de estilos —renacentista, barroco y detalles de inspiración indígena— que la hacen única. Bajo el suelo del centro histórico se conserva además la Cripta Jesuítica del antiguo Noviciado, un espacio subterráneo del siglo XVII que quedó olvidado durante décadas y fue redescubierto en el siglo XX al hacer obras viales sobre la avenida Colón. Estos edificios, junto con la Manzana Jesuítica, forman uno de los conjuntos coloniales mejor conservados de la Argentina.
En 1918, la vieja Universidad de Córdoba volvió a ser protagonista de la historia, esta vez como cuna de un movimiento que transformaría la educación de todo el continente. La universidad seguía gobernada por una élite clerical y conservadora, con cátedras vitalicias y sin participación de los estudiantes. Entre marzo y octubre de ese año, el movimiento estudiantil se rebeló: hubo huelgas, ocupaciones del edificio y enfrentamientos con el sector conservador.
El momento más recordado llegó el 15 de junio de 1918, cuando los estudiantes irrumpieron en la universidad para impedir la elección de un rector que mantendría el viejo orden, y declararon la huelga general. Poco después, la Federación Universitaria de Córdoba publicó su célebre Manifiesto Liminar, redactado en buena parte por Deodoro Roca, titulado 'La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica'. En él reclamaban el cogobierno —que profesores, estudiantes y graduados gobernaran juntos la universidad—, la autonomía universitaria frente al poder político, la libertad de cátedra y el acceso por concurso.
La Reforma del 18 triunfó y sus principios se extendieron como reguero por las universidades de toda la Argentina y de América Latina. Por eso Córdoba no es solo la ciudad de la primera universidad del país, sino también el lugar donde nació una forma moderna y democrática de pensar la universidad, que todavía hoy marca a millones de estudiantes del continente.
A mediados del siglo XX, 'La Docta' sumó otra identidad: la de gran polo industrial del interior argentino. Desde los años cincuenta, la ciudad se llenó de fábricas —la estatal IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado), que llegó a producir aviones y los legendarios autos Rastrojero y Torino en su etapa IKA (Industrias Kaiser Argentina), y más tarde Fiat y otras terminales automotrices— que atrajeron a decenas de miles de obreros y consolidaron sindicatos poderosos y politizados. Esa combinación de fábricas y universidades masivas convirtió a Córdoba en una ciudad de obreros y estudiantes como no había otra en el país.
Esa mezcla explosiva hizo eclosión el 29 de mayo de 1969, durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía. Ese día, columnas de trabajadores mecánicos, de luz y fuerza y de transporte —encabezadas por dirigentes como Agustín Tosco, Elpidio Torres y Atilio López— confluyeron con miles de estudiantes en una protesta que desbordó a la policía y ocupó el centro de la ciudad durante casi dos días, con barricadas y enfrentamientos. La represión dejó muertos —el obrero mecánico Máximo Mena se convirtió en su símbolo— y cientos de detenidos, y el Ejército debió entrar en la ciudad para retomar el control.
El 'Cordobazo' fue mucho más que una pueblada local: debilitó de manera irreversible a Onganía, que cayó un año después, y quedó en la historia argentina como el mayor levantamiento obrero-estudiantil del siglo XX, comparado a menudo con el Mayo Francés de 1968. Para entender la Córdoba actual —contestataria, universitaria, industrial y orgullosa de su identidad— el Cordobazo es una cita ineludible, y su memoria sigue muy viva en la ciudad.
En el año 2000, la Unesco inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial la 'Manzana Jesuítica y Estancias de Córdoba', reconociendo así el valor universal excepcional del legado jesuita en la provincia. La distinción abarca tanto el conjunto urbano del centro de la ciudad —la Iglesia de la Compañía de Jesús, la Capilla Doméstica, el antiguo Rectorado de la Universidad y el Colegio Nacional de Monserrat— como las cinco estancias del interior provincial que sostenían económicamente esa obra: Caroya, Jesús María, Santa Catalina, Alta Gracia y La Candelaria.
La Unesco valoró que estos sitios representan un experimento religioso, social y económico único en su tipo, desarrollado durante más de un siglo y medio, en el que se fusionaron la arquitectura europea, los saberes y la mano de obra de los pueblos originarios y africanos, y un sistema de producción que articulaba la ciudad con el campo. Para Córdoba, la declaración consolidó su identidad como capital cultural e histórica del centro argentino: una ciudad universitaria, joven y vibrante, que conserva en su casco histórico uno de los tesoros coloniales más importantes de América del Sur.