Bajá a la costanera de Colón un atardecer de verano y vas a escuchar, entre el murmullo del río Uruguay, apellidos que no suenan a pampa ni a llanura: Bousquet, Chapuis, Roulet, Chappuis. Son ecos directos de un experimento migratorio que, hace más de siglo y medio, trajo a este rincón de Entre Ríos a familias enteras desde los Alpes suizos y Saboya para transformar el monte en chacras. Esa mezcla de río, colonos y trabajo de la tierra explica por qué Colón, hoy una ciudad de termas y playas, tiene un aire de pueblo europeo que no se encuentra en otras localidades del litoral. La historia de Colón está íntimamente ligada a la figura de Justo José de Urquiza, el caudillo entrerriano que fue primer presidente constitucional de la Confederación Argentina y luego gobernador de Entre Ríos. Hacia mediados del siglo XIX, Urquiza impulsó un ambicioso proyecto de colonización agrícola: traer inmigrantes europeos para poblar y trabajar las tierras entrerrianas, en un momento en que la Argentina apenas empezaba a organizarse como país y necesitaba desesperadamente mano de obra y arraigo en el territorio.
En ese marco llegaron a la región los primeros colonos suizos, franceses e italianos, que se asentaron con la ayuda y bajo el amparo de Urquiza. Estos pioneros fundaron una de las primeras colonias agrícolas organizadas del país, la Colonia San José, vecina de la actual Colón, y dieron forma a una zona de chacras, viñedos y trabajo de la tierra que cambió el perfil de Entre Ríos. La mayoría de los colonos suizos provenía del cantón del Valais, una región alpina de agricultores y pastores acostumbrados a trabajar suelos difíciles; a ellos se sumaron saboyanos franceses y algunos alemanes, que llegaron tras largas travesías en barco desde Europa y luego en carretas desde el puerto hasta el interior entrerriano. El primer tiempo fue de enorme dureza: hubo que desmontar, abrir picadas, construir viviendas precarias y aprender a convivir con un clima y una tierra completamente distintos a los de origen. Esa herencia inmigrante todavía se respira en la región, en sus apellidos, su gastronomía (los embutidos, los quesos, las recetas de pastelería europea) y sus tradiciones, que conviven hoy con la identidad criolla y entrerriana del resto de la provincia.
Colón nació como el puerto y centro urbano de aquella zona de colonización. Una ley provincial del 9 de mayo de 1862 autorizó a fundar una villa contigua a la Colonia San José, y el 12 de abril de 1863, con la presencia del propio gobernador Urquiza, sus ministros y el párroco Lorenzo Cot, se colocó la piedra fundamental del edificio de la escuela: ese día se considera la fundación de la ciudad. La tradición local conserva una anécdota sabrosa sobre el nombre: uno de los hombres de Urquiza habría comentado 'Temeraria empresa, ésta, mi general... esto es como descubrir tierras por Colón', a lo que Urquiza respondió: 'Usted lo ha dicho: Colón se denominará esta villa'. La ciudad surgió como salida natural sobre el río Uruguay para la producción de las colonias agrícolas del interior, en especial de la Colonia San José: los colonos necesitaban un puerto cercano desde donde embarcar sus cosechas hacia Buenos Aires y Montevideo, y la costa donde hoy se levanta Colón, con buena profundidad de agua y una barranca natural, resultó el sitio ideal.
El río Uruguay fue, desde el comienzo, el eje de la vida de Colón: por allí entraban los inmigrantes y las mercaderías europeas, y salía la producción agrícola —trigo, lino, productos de granja— rumbo a los grandes puertos del Río de la Plata. La ciudad creció ordenada, con un trazado en cuadrícula clásico del urbanismo decimonónico, su costanera y su puerto, conservando ese aire prolijo y apacible de los pueblos fundados por inmigrantes europeos, muy distinto al de las ciudades de fundación colonial española. Con el correr de las décadas, Villa Colón fue afirmándose como cabecera departamental y centro de servicios de toda la microrregión, mientras las colonias del interior seguían produciendo. Con el tiempo, a su rol portuario y agrícola se le sumaría una nueva vocación que terminaría por definir su identidad actual: el turismo, primero ligado al río y las playas, y más tarde, ya en el siglo XX avanzado, a las aguas termales que cambiarían para siempre su economía.
Frente a Colón, del otro lado del río Uruguay, está la ciudad uruguaya de Paysandú. Durante siglos, las dos orillas se miraron a través del agua, unidas por la cultura, el comercio y los lazos familiares, pero separadas por el río: antes del puente, el cruce se hacía en balsa o lancha, un trámite lento y sujeto a los caprichos del clima y de la correntada. Esa distancia se acortó definitivamente en la segunda mitad del siglo XX, en el marco de un ambicioso plan binacional de integración física entre Argentina y Uruguay que también incluyó otros puentes sobre el río Uruguay, como el de Fray Bentos-Puerto Unzué (Libertador General San Martín) y el de Salto-Concordia.
El puente internacional General Artigas, tras varios años de construcción, fue inaugurado el 10 de diciembre de 1975. Con sus más de dos kilómetros de extensión, es uno de los tres cruces viales que conectan la provincia de Entre Ríos con la República Oriental del Uruguay, y unió de manera directa a Colón con Paysandú, separadas por apenas unos kilómetros y unos minutos de viaje. La obra fue, en su momento, un símbolo de modernización y de la voluntad de ambos países de estrechar lazos económicos y sociales en la región del río Uruguay. Desde entonces, ambas ciudades funcionan casi como un par hermanado: muchos cruzan a diario para trabajar, estudiar, comprar, visitar a la familia o disfrutar de las termas y playas de la otra orilla, en un vínculo cotidiano que pocas fronteras internacionales del mundo permiten. Ferias, festividades y hasta equipos deportivos suelen cruzar de una ciudad a la otra, reforzando ese sentido de comunidad binacional que define a Colón y Paysandú.
Con el correr de las décadas, Colón fue dejando de ser solo un puerto agrícola para transformarse en uno de los grandes destinos turísticos de Entre Ríos. Sus playas amplias sobre el río Uruguay, la cercanía del Parque Nacional El Palmar, su tradición de pesca deportiva, sus islas, su Fiesta Nacional de la Artesanía y, sobre todo, la llegada de las termas, la proyectaron como referente del turismo provincial. El punto de inflexión fue la perforación y explotación de aguas termales, que se difundió por toda la costa entrerriana del río Uruguay a partir de fines del siglo XX, siguiendo el modelo que ya habían ensayado con éxito otras localidades de la región, como Federación y Concordia. Colón inauguró su propio complejo termal municipal, hoy uno de los más visitados de la provincia, con una docena de piscinas de aguas que rondan los 32 a 40 grados y un parque acuático que se llena de familias en cada temporada.
Esa apuesta le dio a Colón un atractivo nuevo y poderoso, capaz de convocar visitantes durante todo el año y no solo en el verano de playas: las termas funcionan de otoño a invierno como polo de descanso, y de primavera a verano se suman el río, las playas y la Fiesta Nacional de la Artesanía de febrero, que reúne a artesanos de todo el país. A esto se agrega el enorme atractivo natural del Parque Nacional El Palmar, creado en 1966 a pocos kilómetros de la ciudad para proteger uno de los últimos grandes palmares de yatay del país, con miles de palmeras centenarias, carpinchos y una biodiversidad que atrae a fotógrafos y amantes de la naturaleza de todo el mundo. Hoy la ciudad combina ese costado moderno y termal con su herencia de pueblo de inmigrantes: termas, playas, naturaleza, historia, la cercanía de Uruguay a través del puente Artigas y el río de fondo, una mezcla que muchos resumen llamándola, sencillamente, la capital del turismo del río Uruguay.
Dos hitos, uno natural y otro cultural, terminaron de darle a Colón su fisonomía actual como destino turístico integral. El primero es el Parque Nacional El Palmar, creado por la Ley Nacional 16.802 —sancionada a fines de 1965 y publicada en enero de 1966— sobre la margen del río Uruguay para proteger uno de los últimos reductos importantes del palmar de yatay (Butia yatay), una especie de palmera que hace apenas dos siglos cubría enormes extensiones del litoral entrerriano y correntino y que la agricultura y la ganadería fueron arrasando casi por completo. Hoy el parque protege más de 8.000 hectáreas de sabana con palmeras que pueden superar los 300 años de vida, un paisaje que impresionó a naturalistas y viajeros desde el siglo XIX, entre ellos a Charles Darwin, quien mencionó los palmares entrerrianos en sus escritos sobre el viaje del Beagle.
El segundo hito es cultural: la Fiesta Nacional de la Artesanía, que nació como una pequeña feria local a fines de la década de 1970 y fue creciendo hasta convertirse en uno de los encuentros artesanales más importantes del país, con reconocimiento nacional. Cada febrero, en pleno Parque Quirós, cientos de artesanos de fibra vegetal, cerámica, madera, cuero, textiles y metal exponen y venden sus creaciones, acompañados por una nutrida grilla de música popular y folklore. La fiesta consolidó a Colón como un polo cultural del verano entrerriano, sumado a su ya consolidada fama termal y balnearia. Entre las termas, las playas, El Palmar, la artesanía y el cruce a Paysandú, Colón terminó de construir en pocas décadas una oferta turística completa y diversa, que la distingue incluso dentro de una provincia —Entre Ríos— que vive en gran medida del turismo termal y de río.