Antes de que existiera un solo médano forestado o una sola cabaña de veraneo, ya existía el nombre: Claromecó, una palabra que los primeros pobladores criollos escucharon de boca de los pueblos originarios y que quedó adherida para siempre a este tramo de costa donde un arroyo se pierde en el mar. Claromecó debe su existencia y su nombre al arroyo homónimo que atraviesa el sudoeste bonaerense y desemboca en el océano Atlántico, en el partido de Tres Arroyos. El topónimo proviene de las lenguas de los pueblos originarios que habitaban la región pampeana antes de la colonización, como tantos nombres geográficos del sur de la provincia de Buenos Aires, herencia de la presencia indígena en estas tierras que hoy sobrevive casi exclusivamente en la toponimia.
Antes del desarrollo turístico, esta franja de costa era un paraje de médanos, arroyo y campo abierto, integrado a la vasta llanura agropecuaria del partido de Tres Arroyos, una de las grandes zonas cerealeras del país. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, la costa atlántica del sudoeste bonaerense fue un territorio marginal desde el punto de vista productivo: la actividad económica se concentraba en el interior, en los campos de trigo y ganadería que dieron fama a Tres Arroyos, mientras la franja costera quedaba relegada a un paisaje agreste de dunas, pastizales y algún puesto de pescadores ocasionales. La desembocadura del arroyo, donde el agua dulce se encuentra con el mar, fue siempre un punto singular del paisaje —un oasis de vegetación y fauna en medio de la aridez arenosa de los médanos— y con el tiempo se convertiría en el corazón del futuro balneario.
La incorporación de estas tierras a la vida productiva y, más tarde, turística de la provincia siguió el ritmo general del sur bonaerense: primero la ganadería y la agricultura sobre la pampa, consolidadas ya a fines del siglo XIX con la llegada del ferrocarril y la subdivisión de las grandes estancias; y luego, ya entrado el siglo XX, el aprovechamiento de la costa para el veraneo, un fenómeno que en toda la Argentina acompañó la extensión de las rutas, el crecimiento de la clase media y la popularización de las vacaciones de verano. Claromecó nacería así como villa balnearia, ligada para siempre a su arroyo y a su mar, en un proceso que replicó, a escala menor, el que dio origen a otros balnearios pampeanos de la costa atlántica.
Uno de los hitos en la historia de Claromecó fue la construcción de su faro, cuya obra comenzó en diciembre de 1921 y que fue librado al servicio el 20 de octubre de 1922. La señalización de esta costa, con sus médanos y su mar abierto, respondía a las necesidades de la navegación de la época, en un litoral peligroso y poco poblado, donde los bancos de arena y la ausencia de referencias visibles habían provocado más de un naufragio a lo largo del siglo XIX. El Estado nacional, a través del entonces Servicio de Faros y Balizas, impulsó en esas décadas un plan de señalización de toda la costa atlántica argentina, y el tramo del sudoeste bonaerense, entre Bahía Blanca y Necochea, era uno de los puntos ciegos que había que cubrir. El Faro Claromecó, una torre de mampostería de 54 metros con franjas horizontales blancas y negras, se alzó entre las dunas y se convirtió pronto en el símbolo del lugar y en un punto de referencia tanto para los marinos como para los visitantes.
Con sus 278 escalones en caracol hasta la cima, el faro es considerado uno de los de estructura cerrada más altos de Sudamérica, una proeza de ingeniería para la época, construida con materiales traídos desde lejos y erigida en un terreno de arena inestable que exigió cimientos especiales. Su luz, de alcance de varias millas náuticas, guió durante décadas a la navegación costera —desde balleneros y buques de cabotaje hasta las embarcaciones pesqueras que empezaron a operar en la zona—, y su silueta, recortada sobre los médanos y el mar, pasó a identificar al balneario en postales, fotografías y en el imaginario de los veraneantes que, año tras año, hicieron del ascenso al faro un ritual casi obligado de sus vacaciones.
Más allá de su función náutica, el faro se transformó en el gran emblema turístico de Claromecó: el lugar al que se sube para contemplar la inmensidad del mar y la costa, el punto de encuentro al atardecer y el ícono que distingue a este balneario del resto de la costa atlántica bonaerense, donde otros faros históricos —como los de Punta Médanos, Recalada a Bahía Blanca o Punta Rasa— cumplen funciones similares pero con historias y paisajes propios.
A lo largo del siglo XX, y al compás del auge del turismo de playa en la Argentina, el paraje fue transformándose en villa balnearia. Se desarrolló la infraestructura turística —hoteles, cabañas, campings, balnearios y servicios— sobre la franja costera, y el pueblo fue creciendo en torno a la desembocadura del arroyo y a la zona del faro, siguiendo un patrón de urbanización espontánea muy típico de los balnearios bonaerenses de mediados de siglo: primero llegaban los pescadores y los primeros veraneantes en carpa, luego las primeras casillas y ranchos, y con el correr de las décadas, calles trazadas, luz eléctrica y los primeros servicios municipales.
Un capítulo decisivo fue la forestación de los médanos con pinos, eucaliptos y otras especies, una obra que buscaba fijar las dunas y frenar el avance de la arena sobre el incipiente pueblo, un problema que amenazaba con sepultar literalmente las primeras construcciones bajo la arena móvil empujada por el viento sudoeste. Esta tarea de forestación, encarada por la comuna de Tres Arroyos y por las autoridades provinciales entre mediados y fines del siglo XX, replicó técnicas ya ensayadas con éxito en otros balnearios de la costa atlántica argentina, donde plantar especies de rápido crecimiento y raíces profundas resultó la única forma efectiva de estabilizar el terreno. De ese esfuerzo nació el bosque que hoy caracteriza a Claromecó, que aporta sombra, paisaje, áreas de recreación y un microclima fresco, y que integró el alojamiento (campings y cabañas) a un entorno verde poco común en los balnearios de la región, muy distinto a la aridez de arena y viento de sus orígenes.
Claromecó se consolidó así, a la par de balnearios vecinos como Reta y Orense, dentro del polo turístico costero del partido de Tres Arroyos, una de las grandes zonas cerealeras del país que encontró en su litoral atlántico una fuente complementaria de actividad y de identidad. A diferencia de Mar del Plata o Necochea, que crecieron como ciudades balnearias de escala metropolitana, estos pueblos del sudoeste bonaerense mantuvieron deliberadamente una escala pequeña y familiar, apostando a un turismo de descanso antes que de espectáculo.
La Claromecó de hoy mantiene la identidad apacible que la distingue: un balneario de perfil tranquilo y familiar, elegido sobre todo por veraneantes del propio partido de Tres Arroyos y del sur bonaerense que buscan un destino sencillo, natural y alejado de las multitudes de los grandes centros turísticos como Mar del Plata o Pinamar. Esa vocación de calma, lejos de ser una carencia, se transformó con el tiempo en su principal atractivo diferencial dentro de la amplísima oferta de la costa atlántica bonaerense.
La combinación de unos 25 km de playas amplias, grandes médanos, el bosque implantado, el arroyo con su sendero de las Siete Cascadas y el faro histórico sostiene su atractivo. A esa base natural se suman tradiciones como la Fiesta del Pescador, que inaugura la temporada en diciembre y rinde homenaje a una de las actividades más arraigadas del lugar —la pesca de costa y de arroyo—, y la cercana Fiesta del Trigo de Tres Arroyos, que reflejan la doble vocación —marítima y agrícola— de la región: un partido que vive tanto del cereal de sus campos como del turismo estival de su litoral.
En los últimos años crecieron las propuestas de turismo de naturaleza y aventura: travesías 4x4 por la playa y los médanos, sandboard en las dunas, avistaje de aves en el arroyo y circuitos para reconocer la flora nativa y forestada, en sintonía con una tendencia más amplia del turismo argentino hacia experiencias de naturaleza y desconexión. Promocionado como una alternativa 'low cost' frente a los grandes balnearios de la costa —una etiqueta que combina precios más accesibles con una experiencia menos masificada—, Claromecó conserva su escala de pueblo y su ritmo sereno, fiel a la imagen del faro recortado sobre el mar que lo identifica desde hace ya más de un siglo, y que sigue siendo, para varias generaciones de veraneantes bonaerenses, sinónimo de vacaciones simples junto al mar.