A más de 4.000 metros de altura, colgadas de cables tendidos sobre el abismo hace más de un siglo, todavía penden las vagonetas oxidadas que bajaban oro del Famatina: pocas postales argentinas condensan tanta historia como la del Cable Carril de Chilecito. La historia de la ciudad está indisolublemente ligada al Nevado del Famatina, la imponente cadena montañosa que la domina —con cumbres que superan los 6.000 metros— y cuyas entrañas guardan yacimientos de oro, plata y cobre conocidos y explotados desde tiempos prehispánicos y coloniales. Los pueblos diaguitas ya conocían estos minerales, y tras la conquista, los españoles intentaron explotar la riqueza del cerro, aunque la dureza del terreno y la altura dificultaron las grandes empresas.
Fue en el siglo XIX cuando la minería del Famatina cobró nuevo impulso. La fama de su oro atrajo a inversores, aventureros y, muy especialmente, a numerosos mineros chilenos, expertos en la actividad, que se asentaron en la zona. De esa fuerte presencia chilena nació el nombre del poblado: 'Chilecito', el pequeño Chile. La localidad creció como centro de servicios y residencia de quienes trabajaban en las minas de altura, en torno a las cuales se organizó toda la vida económica de la región.
Las minas más importantes se ubicaban en La Mejicana, en lo alto del Famatina, a más de 4.000 metros de altura. El gran problema era el transporte: bajar el mineral desde semejante altura, por terreno escarpado, resultaba lentísimo y costoso con mulas. Resolver ese desafío sería la clave del salto que daría Chilecito a comienzos del siglo XX, cuando una obra de ingeniería extraordinaria cambiaría para siempre la fisonomía y la historia de la ciudad.
A principios del siglo XX, para resolver el problema del transporte del mineral desde las minas de La Mejicana, se construyó una de las obras de ingeniería más asombrosas de la Argentina: el Cable Carril Chilecito-La Mejicana. La obra fue autorizada por la Ley Nacional 4.208 de noviembre de 1901, y el contrato se firmó el 31 de julio de 1902 con la firma alemana Adolf Bleichert & Co. de Leipzig, especialista mundial en transporte por cable. Las obras comenzaron en febrero de 1903: los primeros cinco tramos se inauguraron el 29 de julio de 1904, y el sistema completo en diciembre de 1905. El resultado fue un teleférico de carga de 34.328 metros de longitud que salvaba un desnivel de 3.345 metros a través de ocho tramos y nueve estaciones: en su momento, el más largo y el más alto del mundo.
La obra fue una hazaña técnica para su época: cientos de torres y un sistema de cables y vagonetas —con estaciones equipadas con calderas a vapor para la tracción— trepaban la montaña en condiciones extremas de altura y clima, hasta la estación final junto a la mina, a unos 4.400 metros sobre el nivel del mar. El cable carril permitía bajar el mineral extraído (oro, plata, cobre) hacia la ciudad para su procesamiento y despacho —un ramal adicional conectaba con la fundición de Santa Florentina—, y subir hacia las minas el combustible, los insumos y los víveres. Transformó por completo la economía minera, haciendo viable la explotación a gran escala.
El auge minero, sin embargo, no duró para siempre: la caída de los precios, el agotamiento relativo de los filones y los altos costos llevaron a la decadencia de la actividad, y el cable carril dejó de operar en enero de 1927, tras poco más de dos décadas de servicio. Pero la monumental estructura quedó como testimonio de aquella época dorada. Declarado Monumento Histórico Nacional, el Cable Carril —con sus estaciones, torres y vagonetas— es hoy el gran emblema de Chilecito y un atractivo turístico único, que permite asomarse a la epopeya minera del Famatina.
Más allá de la minería, Chilecito desarrolló desde temprano una economía agrícola de oasis, aprovechando el agua de deshielo del Famatina que baja por acequias y canales trazados ya desde tiempos coloniales, en un sistema de riego que los diaguitas habían perfeccionado siglos antes y que los españoles y luego los criollos heredaron y ampliaron. Los viñedos, olivares y nogales encontraron en estos valles de altura, con su marcada amplitud térmica entre el día y la noche, condiciones ideales para una vitivinicultura de calidad, y la región se consolidó como una de las zonas vitivinícolas de La Rioja, célebre sobre todo por el torrontés riojano, cepa emblema de la provincia y una de las variedades blancas más distintivas de la Argentina. La producción de vino, aceite de oliva y nuez sigue siendo, junto con el turismo, motor económico de la zona, con cooperativas como La Riojana —una de las mayores bodegas cooperativas del país— exportando a mercados internacionales.
Chilecito dio también una figura intelectual de primer orden: Joaquín V. González, jurista, escritor, político riojano y varias veces ministro nacional, autor de 'Mis montañas' —un clásico de la literatura argentina inspirado en los paisajes del Famatina, escrito durante su exilio y publicado en 1893— y fundador en 1905 de la Universidad Nacional de La Plata, una de las instituciones académicas más prestigiosas del país. Su quinta de descanso, Samay Huasi ('casa del descanso' en quechua), a las afueras de la ciudad, es hoy un museo, reserva natural y centro cultural dependiente de la UNLP que conserva su espíritu y sus colecciones de ciencias naturales y arqueología, un remanso en un entorno serrano de gran belleza que sigue recibiendo visitantes más de un siglo después.
La Chilecito de hoy es la capital del oeste riojano: una ciudad de tamaño medio, recostada sobre el Famatina, que combina su legado minero (con el Cable Carril como joya), su producción de vinos y olivos, y su papel de base turística para descubrir la Cuesta de Miranda, Villa Unión y el cercano Parque Nacional Talampaya, uno de los grandes íconos paisajísticos de la Argentina. Un lugar donde la historia de la montaña, el esfuerzo humano y la belleza del paisaje se entrelazan en un escenario imponente, y donde cada verano, en febrero, la Fiesta Nacional del Torrontés Riojano —que se celebra en Nonogasta, en el departamento Chilecito— festeja esa identidad vitivinícola que la minería, paradójicamente, ayudó a sembrar.
Cuando la explotación minera del Famatina entró en decadencia hacia las primeras décadas del siglo XX, el Cable Carril fue perdiendo su función productiva. La empresa que lo operaba cesó la actividad y la imponente estructura quedó silenciosa, trepada en la montaña, expuesta a la intemperie y al paso del tiempo. Durante décadas, torres, cables y vagonetas resistieron en su sitio, convertidas en testimonio mudo de una época de auge que ya no volvería.
Con el correr del siglo, el valor histórico y técnico de la obra fue ganando reconocimiento. El conjunto del Cable Carril Chilecito-La Mejicana —con sus nueve estaciones, sus torres y su maquinaria original— fue declarado Monumento Histórico Nacional el 25 de octubre de 1982, y el Estado argentino asumió la responsabilidad de su preservación. La Estación 1, en la ciudad, se acondicionó como museo (hoy Museo Dr. Santiago Bazán) para conservar piezas, documentos y maquinaria, y para contar a los visitantes la epopeya de esta obra.
Desde entonces, distintos esfuerzos de conservación y puesta en valor han buscado proteger el patrimonio y, a la vez, integrarlo a la oferta turística de Chilecito. El Cable Carril es hoy uno de los símbolos de La Rioja y un caso emblemático del patrimonio industrial argentino: una proeza de ingeniería de comienzos del siglo XX que se transformó, un siglo después, en memoria viva del esfuerzo minero del Famatina y en orgullo de toda una comunidad.