La ciudad de Santa Fe no está donde fue fundada: su primera versión nació en 1573 a orillas del río San Javier, en el sitio que hoy ocupa la localidad de Cayastá, y décadas más tarde sus propios vecinos la mudaron entera, unos 80 kilómetros al sur, hasta su emplazamiento actual. En aquel 1573, el conquistador español Juan de Garay plantó la ciudad en este rincón del Litoral. La fundación no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia mayor de la conquista española: la 'apertura de puertas a la tierra', es decir, la necesidad de establecer ciudades que conectaran el Río de la Plata y el Atlántico con el Alto Perú y el corazón del dominio español en Sudamérica. Garay, que partía desde Asunción del Paraguay, buscaba afianzar esa vía de comunicación fluvial y terrestre.
La elección del emplazamiento, a orillas del río, respondía a la lógica de la época: el agua era vía de transporte, fuente de recursos y elemento defensivo. La ciudad se trazó según el modelo colonial español, con su plaza central, sus calles en cuadrícula, los solares repartidos entre los vecinos y los espacios reservados para los edificios religiosos y de gobierno. Se levantaron iglesias y conventos de las órdenes religiosas (franciscanos, dominicos, mercedarios), que eran parte fundamental de la vida colonial.
La región estaba habitada por pueblos originarios, con los que la nueva ciudad mantuvo relaciones de conflicto y, a la vez, de necesaria convivencia. La fundación de Santa Fe fue un paso clave en la consolidación de la presencia española en el Litoral y en la articulación del vasto territorio del Río de la Plata. Garay, pocos años después, fundaría también (o refundaría) la ciudad de Buenos Aires, completando esa estrategia de ocupación del territorio. La primera Santa Fe quedaba así inscripta en los orígenes mismos del poblamiento hispano de la Argentina.
Durante varias décadas, la primera Santa Fe funcionó como una ciudad colonial del Litoral, con su vida religiosa, comercial y administrativa, su población de españoles, criollos, mestizos e indígenas, y su rol en la red de comunicaciones del territorio. Pero el emplazamiento original presentaba problemas crecientes que terminarían sellando su destino. El río, que había sido elegido como aliado, se volvió una amenaza: las inundaciones y la erosión de las barrancas ponían en peligro a la ciudad y comprometían su futuro.
A esos problemas se sumaban otros: el aislamiento relativo, las dificultades de comunicación y los conflictos con poblaciones indígenas de la región. Ante esa situación, las autoridades y los vecinos decidieron, a comienzos del siglo XVII, trasladar la ciudad a un sitio más favorable. Así, Santa Fe fue mudada a su emplazamiento actual (la actual ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz), llevándose consigo a la población y abandonando el sitio original.
El lugar primitivo quedó despoblado y, con el tiempo, fue cubriéndose de vegetación y sedimentos, pasando a conocerse como 'Santa Fe la Vieja'. La ciudad nueva prosperó en su nueva ubicación, mientras que la vieja quedó como un recuerdo y, finalmente, como un sitio perdido bajo la tierra. Lo que parecía el fin de la historia de aquel emplazamiento sería, siglos después, el comienzo de una nueva: la de su redescubrimiento arqueológico, que devolvería a la luz los orígenes de Santa Fe.
Durante siglos, el sitio de la primera Santa Fe permaneció olvidado bajo la tierra en la zona de Cayastá. Hasta que apareció Agustín Zapata Gollán, un personaje singular —historiador, periodista, grabador y arqueólogo santafesino, director del Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales—, quien el 4 de noviembre de 1949 anunció que había encontrado las ruinas de Santa Fe la Vieja en un campo cercano a Cayastá. Lo primero que desenterró fueron los muros de adobe de la iglesia de San Francisco. Las primeras excavaciones estuvieron rodeadas de una intensa polémica sobre la identidad del sitio, pero Zapata Gollán perseveró y la Academia Nacional de la Historia terminó ratificando la autenticidad de las ruinas. Los arqueólogos fueron descubriendo la traza de la ciudad colonial —sus calles, su plaza, los cimientos de las casas y los edificios principales—, en un trabajo que permitió reconstruir cómo había sido aquella ciudad fundacional del siglo XVI.
Entre los hallazgos más notables estuvieron los restos de los templos y conventos (las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y la Merced) y los enterratorios que se conservaban dentro de ellos, una práctica habitual en la época colonial. Las excavaciones revelaron restos humanos, objetos de uso cotidiano, cerámicas y piezas que iluminaron la vida de aquellos primeros pobladores, incluidos los restos de figuras centrales de la conquista, como Hernandarias.
El valor excepcional del hallazgo llevó a la expropiación del predio por el gobierno provincial y a la creación del Parque Arqueológico Santa Fe la Vieja, con su museo de sitio, que protege y exhibe las ruinas y los objetos recuperados. El sitio fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1957 y se convirtió en un destino único: uno de los pocos lugares de la Argentina donde se puede caminar por una ciudad colonial temprana y asomarse, literalmente, a los orígenes del poblamiento hispano del Litoral. Cayastá guarda así, en su suelo, la memoria de la primera Santa Fe y un capítulo fundacional de la historia argentina.
Uno de los aspectos que convierten a Santa Fe la Vieja en un sitio excepcional es que en su suelo reposan los restos de figuras centrales de la historia rioplatense. El más célebre es Hernando Arias de Saavedra, conocido como 'Hernandarias' (c. 1561-1634), el primer gobernante criollo —es decir, nacido en América— del Río de la Plata. Hernandarias gobernó en varias oportunidades, impulsó la división del enorme territorio del Río de la Plata, defendió a las poblaciones indígenas de los abusos y promovió la organización institucional de la región. Murió en Santa Fe en 1634 —antes del traslado de la ciudad— y fue sepultado en la iglesia de San Francisco de la antigua Santa Fe. En las excavaciones de 1949 se halló, junto al altar mayor de ese templo, del lado del Evangelio, un sepulcro con los restos de dos personas: Hernandarias y su esposa, Jerónima de Contreras, hija del propio fundador Juan de Garay. Hoy el sitio exhibe réplicas exactas de esos enterratorios en el lugar del hallazgo.
La identificación de los enterratorios coloniales fue uno de los grandes aportes científicos del sitio. En las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y la Merced, los arqueólogos hallaron decenas de tumbas, muchas con sus ajuares y en posición original, lo que permitió estudiar las costumbres funerarias, la salud, la dieta y la composición de aquella sociedad colonial temprana, integrada por españoles, criollos, mestizos e indígenas.
Estos hallazgos dieron a Santa Fe la Vieja un valor que excede lo monumental: el sitio no solo conserva la traza de una ciudad, sino también la memoria física de sus habitantes. Por eso es considerado un documento arqueológico único para comprender los orígenes de la sociedad rioplatense y un lugar de fuerte carga simbólica para la identidad santafesina y argentina.