La historia de Catamarca capital empieza, curiosamente, con una ciudad llamada Londres. Fundada en 1558 —apenas cinco años después de Santiago del Estero, lo que la convierte en la segunda ciudad española del actual territorio argentino— y bautizada así en honor a la boda del rey Felipe II de España con María Tudor, reina de Inglaterra, esa Londres del fin del mundo tuvo que mudarse una y otra vez, corrida por la resistencia de los pueblos diaguitas, hasta que sus pobladores terminaron afincándose en el Valle Central en 1683. Pero para entender esa odisea de más de un siglo hay que empezar antes: mucho antes de que existiera ciudad alguna, el Valle Central de Catamarca —el Valle de Catamarca, entre las sierras de Ambato y Ancasti— estaba habitado por pueblos originarios pertenecientes al gran complejo cultural diaguita del noroeste argentino. Estas comunidades de agricultores y pastores aprovechaban las tierras del valle y el agua de los ríos para cultivar, criaban camélidos y desarrollaron una rica producción cerámica y textil.
Todo el actual territorio catamarqueño fue, de hecho, uno de los grandes escenarios de las culturas prehispánicas andinas: desde las culturas tempranas de los valles hasta la cultura santamariana del norte provincial y los pueblos que habitaron la Puna desde tiempos remotísimos. La provincia conserva un riquísimo patrimonio arqueológico —urnas, cerámica, sitios y pucarás— que da cuenta de esa larga y densa ocupación humana, parte del cual se exhibe hoy en los museos de la capital.
Los pueblos del valle, como los demás diaguitas, vivían organizados en señoríos, con poblados, terrazas de cultivo y una compleja vida ceremonial. Hacia el final de la era prehispánica, la región quedó dentro del ámbito de influencia del Imperio inca. Esa raíz indígena profunda es el sustrato sobre el que, tras la conquista, se levantaría la ciudad colonial, y permanece presente en la cultura, las artesanías y la devoción de Catamarca.
La conquista española del noroeste argentino, a partir del siglo XVI, encontró una fuerte resistencia en los pueblos diaguitas, que protagonizaron las prolongadas guerras calchaquíes a lo largo de más de un siglo. La región de Catamarca fue parte de ese escenario de enfrentamientos, que solo concluyeron, con el sometimiento de las comunidades originarias, hacia la segunda mitad del siglo XVII.
Una vez pacificada la región (por la fuerza), las autoridades coloniales decidieron consolidar un centro urbano estable en el Valle Central. Así, el 5 de julio de 1683, el gobernador del Tucumán, Fernando de Mendoza Mate de Luna, fundó la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca en su emplazamiento actual. La fundación implicó, en buena medida, el traslado y reorganización de asentamientos anteriores de la zona —vinculados a la antigua ciudad de Londres y a las villas del valle—, que habían tenido una historia accidentada por los conflictos. La ciudad recibió su nombre en honor al rey Fernando III de Castilla (San Fernando) y a su ubicación en el valle.
La nueva ciudad se organizó según el trazado colonial en damero, con su plaza central, su iglesia matriz y los solares repartidos entre los vecinos. Desde su fundación, San Fernando del Valle de Catamarca se convirtió en el centro administrativo, religioso y comercial de la región, función que mantiene hasta hoy como capital provincial.
No se puede entender la historia de Catamarca sin la devoción a la Virgen del Valle, que está en el corazón mismo de la identidad provincial. Según la tradición, en el siglo XVII la imagen de la Virgen fue hallada por los pueblos originarios en una gruta del cerro Choya, en el cercano Valle Viejo. El relato cuenta que los indígenas veneraban la imagen, y que su devoción fue luego adoptada y difundida por los españoles, en uno de los procesos de sincretismo religioso característicos del NOA.
La devoción a la Virgen del Valle creció hasta convertirla en una de las advocaciones marianas más antiguas y veneradas de la Argentina, patrona de Catamarca y de buena parte del norte. Su imagen fue trasladada y entronizada finalmente en la iglesia matriz de la ciudad, hoy la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle. A lo largo de los siglos, la Virgen del Valle recibió numerosos honores eclesiásticos y se convirtió en el centro de una de las peregrinaciones más multitudinarias del norte argentino.
Las grandes fiestas en su honor —celebradas sobre todo después de Semana Santa (la fiesta grande) y en diciembre— congregan en Catamarca a miles y miles de peregrinos de todas las provincias del NOA, que llegan caminando, en caravanas y por todos los medios para venerar a la 'Morenita del Valle'. Esa fe popular, que atraviesa siglos y une lo indígena con lo cristiano, es uno de los rasgos más profundos y conmovedores de la identidad catamarqueña.
Durante la época colonial, Catamarca formó parte de la gobernación del Tucumán y luego de la intendencia de Salta del Tucumán, dentro del Virreinato del Río de la Plata. La ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca siguió creciendo como centro de una región de economía agrícola, ganadera y minera, con una fuerte impronta religiosa marcada por la devoción a la Virgen del Valle.
Tras la Revolución de Mayo de 1810 y el proceso de independencia, las antiguas jurisdicciones coloniales fueron reorganizándose. Catamarca, que hasta entonces dependía de otras jurisdicciones, alcanzó su autonomía y se constituyó como provincia en 1821, con San Fernando del Valle de Catamarca como su capital. A partir de entonces, la provincia tuvo su propia organización institucional dentro del conjunto de provincias que conformarían la Argentina.
A lo largo del siglo XIX, Catamarca participó —como todo el interior— de las luchas y tensiones entre unitarios y federales y del largo proceso de organización nacional. Su economía siguió girando en torno a la agricultura de los valles, la ganadería, la minería y, de manera muy destacada, la producción artesanal y textil, que ya entonces era reconocida. La capital se afianzó como el centro político, administrativo y religioso de una provincia extensa y diversa, que abarca desde los valles templados hasta la alta Puna.
A lo largo de los siglos XX y XXI, San Fernando del Valle de Catamarca se modernizó y consolidó su rol como capital de una provincia rica en historia, cultura y naturaleza. La ciudad creció, sumó infraestructura (aeropuerto, universidad, servicios) y mantuvo su perfil de capital tranquila del interior, fuertemente marcada por la fe.
La devoción a la Virgen del Valle siguió siendo el eje de la identidad y de la vida religiosa, con peregrinaciones cada vez más multitudinarias que hacen de Catamarca uno de los grandes centros del turismo religioso del país. Al mismo tiempo, la tradición artesanal y textil de la provincia encontró su máxima expresión en la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho, que se celebra cada julio en la capital y se convirtió en una de las mayores ferias de artesanías y folklore de la Argentina, símbolo del orgullo catamarqueño por sus tejidos.
Finalmente, en las últimas décadas, Catamarca capital se afianzó como base del turismo de naturaleza y cultura de toda la provincia. Desde aquí parten los caminos hacia los Valles Calchaquíes (Santa María, Belén), el oeste con Fiambalá y sus termas, las sierras frescas de Ambato y la espectacular Puna catamarqueña, uno de los grandes destinos de aventura y paisajes extremos del país. Así, la capital combina hoy su histórica vocación religiosa y artesanal con su papel de puerta de entrada a una provincia tan diversa como sorprendente.