Cuentan los huarpes que hace mucho tiempo, en el sur de la actual Mendoza, vivía la tribu del cacique Talú. Había quedado a cargo de su pueblo siendo apenas un joven, tras la muerte temprana de su padre, y gobernaba con una sabiduría que sorprendía a los más ancianos. Durante años la vida de la tribu fue plácida, hasta que una sequía feroz cayó sobre la región: el agua escaseó, los animales huyeron, y los más ancianos y los niños más pequeños empezaron a morir de sed. Según la leyenda, Talú se enamoró de una joven de su pueblo y juntos tuvieron un hijo al que llamaron Atuel. Cuando la sequía se volvió insoportable, cada uno de los padres dejó caer una lágrima por el sufrimiento de su gente, y de esas dos lágrimas nacieron fuertes corrientes de agua que rescataron a la tribu de la sed. Así, dice el relato, nació el río que hoy lleva el nombre de aquel hijo: el Atuel.
La etimología real de la palabra 'Atuel' es motivo de discusión entre lingüistas, y las distintas versiones son casi tan evocadoras como la leyenda misma. Una interpretación en lengua huarpe lo traduce como 'aguas claras'. Otra, de raíz mapuche, sostiene que significa 'lamento': según esa tradición, los huarpes de la zona aseguraban escuchar en el sonido del agua rozando las rocas del cañón el llanto de las almas de sus antepasados que todavía no habían llegado al cielo. Un tercer análisis, también mapuche, descompone la palabra en 'la' (muerte), 'tue' (tierra) y 'l' (apócope de leuvú, río), y la traduce como 'río de la tierra de muerte'. Todavía hay una cuarta lectura, de raíz puelche, que le atribuye el significado de 'alma de la tierra'. Sea cual sea la traducción correcta, todas coinciden en algo: para los pueblos originarios de esta región, el Atuel no era un simple curso de agua, sino una presencia cargada de espíritu.
Más allá del mito, la explicación geológica del cañón es, a su manera, igual de asombrosa. A lo largo de millones de años —el cañón se labra sobre una formación precámbrica cubierta por sedimentos del período paleozoico, de entre 250 y 400 millones de años de antigüedad—, el río Atuel, alimentado por el deshielo de la cordillera de los Andes, fue erosionando esas rocas sedimentarias del sur mendocino, abriéndose paso entre las montañas y tallando un profundo desfiladero de paredones. El agua, ayudada por el viento, la actividad volcánica y las lluvias, fue desgastando las distintas capas de roca, de durezas y colores diferentes, hasta esculpir las caprichosas formaciones que hoy asombran al visitante: precipicios profundos y rocas gigantescas de formas curiosas y colores variados.
Esa diferencia entre estratos —más blandos o más resistentes a la erosión— explica los tonos colorados, ocres, grises y amarillentos del cañón, y las formas extrañas que la imaginación popular bautizó con nombres como el Sillón de Rivadavia, Los Monstruos, la Ciudad Encantada o El Mendigo. El río Atuel, de un característico color esmeralda, sigue corriendo encajonado en el fondo, recordándonos que el escultor de todo este paisaje fue, y sigue siendo, el agua: la misma que, según cuenta la leyenda, nació de dos lágrimas.
El Atuel es mucho más que un río escénico: es la vena que da vida al oasis del sur mendocino. Nace en la alta cordillera, del deshielo de glaciares y nieves eternas, y baja hacia las tierras secas de San Rafael, donde su agua, distribuida por canales y acequias, permite el cultivo de viñedos, frutales y olivares. Sin ese río, no existiría el próspero oasis agrícola que rodea a la ciudad.
Por eso, a lo largo de la historia, el Atuel fue celosamente aprovechado y disputado. Su caudal, su distribución y su regulación marcaron el desarrollo de toda la región. El cañón es el tramo donde ese río muestra su cara más salvaje y espectacular, encajonado entre paredones, antes de que sus aguas sean domesticadas por los diques y repartidas para regar el desierto y convertirlo en jardín.
Durante el siglo XX, el aprovechamiento del Atuel para riego y generación de energía transformó el paisaje del cañón. Se construyeron grandes obras hidráulicas que dieron origen a una sucesión de embalses en el curso del río: El Nihuil, Valle Grande y otros aguas abajo. Estas represas regularon el caudal, generaron electricidad y aseguraron el agua para el oasis agrícola de San Rafael y General Alvear, pero además crearon espejos de agua color esmeralda enclavados entre las montañas, que hoy son parte inseparable del atractivo turístico del cañón.
El cañón quedó así enmarcado por dos grandes embalses: El Nihuil, en el extremo superior, inaugurado en 1947-48, y Valle Grande, más cerca de la ciudad. Lo que había sido pura geología pasó a combinarse con la obra humana, y esos lagos artificiales se volvieron, con el tiempo, atractivos turísticos por derecho propio: lugares para la náutica, la pesca, el descanso y, en Valle Grande, los deportes de aventura sobre el río.
Pero esa misma obra de ingeniería que embelleció el cañón para el turismo generó, río abajo, uno de los conflictos ambientales e interprovinciales más largos de la historia argentina. Desde fines del siglo XIX los oasis irrigados del sur mendocino fueron captando progresivamente los caudales de la cuenca del Atuel, y con la construcción de la represa de Los Nihuiles en 1947-48 el río dejó de llegar de forma permanente al territorio de La Pampa, provincia vecina que dependía históricamente de esa misma agua para su propio ecosistema y sus comunidades. El resultado, del lado pampeano, fue la desaparición de humedales, bosques de algarrobo y economías locales enteras que habían vivido del río durante generaciones.
El reclamo de La Pampa llegó dos veces a la Corte Suprema de Justicia de la Nación: una primera demanda presentada en 1979 y resuelta en 1987 —cuando la Corte declaró que el Atuel es un río interprovincial y no exclusivamente mendocino— y una segunda iniciada en 2014, que derivó en el fallo de 2017 que ordenó a ambas provincias fijar un caudal para el río. En julio de 2020 la Corte fijó un caudal mínimo permanente de 3,2 metros cúbicos por segundo que Mendoza debe garantizar en el límite con La Pampa, siguiendo la recomendación técnica del Instituto Nacional del Agua, aunque para 2026 las dos provincias todavía no habían alcanzado un acuerdo definitivo sobre cómo y cuándo se cumple esa manda judicial. Es un dato que rara vez aparece en los folletos turísticos, pero que forma parte ineludible de la historia completa del río: el mismo Atuel que maravilla al visitante en el cañón es, aguas abajo, el centro de una disputa por el agua que todavía no terminó de resolverse.
Con el correr de las décadas, la combinación de geología espectacular, río esmeralda y embalses convirtió al Cañón del Atuel en uno de los destinos turísticos más populares de la Argentina. La ruta provincial 173, que recorre el desfiladero uniendo El Nihuil con Valle Grande, se transformó en un paseo clásico, con miradores en cada formación rocosa y paradores a lo largo del camino.
A la contemplación del paisaje se sumó la aventura: el tramo del Atuel en Valle Grande se volvió uno de los grandes escenarios del rafting y el kayak del país, con campings y operadores que reciben a miles de visitantes cada temporada. Hoy el cañón resume el espíritu turístico del sur mendocino: naturaleza monumental, adrenalina y la cercanía de las bodegas y los oasis de San Rafael, todo en un mismo viaje.